– ¿A qué te refieres? -casi se las arregla Wilf para no preguntar.
– Parece que te han hecho jefe de sillas.
Acompaña la broma con un nivel de alegría varios grados por encima del requerido, y lo hace tan cerca de su cara que Wilf siente como su risa lo impulsa hacia atrás.
No puede respirar hasta que Slater termina, y llegado ese punto, su boca parece rebosar niebla pura.
– ¿Quieres mirarme una cosa?
– Tendrás que preguntar en Información. Estoy ocupado.
Slater abre la boca para mostrar una despectiva incredulidad y Wilf comienza a reordenar los libros de la mesa para demostrarlo.
– Este parece tu trabajo ideal -dice Slater-. Ni siquiera tú podrías desordenar esos libros.
– Pensé que buscabas información. Aquí es donde viene la gente a oír hablar al autor.
– Por eso estoy aquí. Estaba seguro de que estarías encantado de que diera mi apoyo a tu tienda -dice Slater, dejando un rato la boca abierta, luego añade-: Tu jefe debería estarlo.
Las manos de Wilf han comenzado a hormiguear y a convertirse en puños; siente su boca cada vez más amarga. Juguetea con los libros, pero sus dedos están tan inseguros que una copia se le resbala y cae al suelo. Al recogerlo, observa que las páginas están sucias. Se la tendrá que llevar a Nigel, es una copia dañada. Wilf se queda mirando a Slater con la intención de echarle la culpa, pero la gente ha empezado a reunirse junto a las sillas.
Se sentiría agradecido por la distracción, si no se tratara de los componentes del grupo de lectura que se vio obligado a abandonar. Antes de poder alejarse de Slater, su portavoz, líder, o lo que sea, se le acerca. Su pelo gris está enredado como una serpiente en su cabeza, y su atuendo es más colorido que nunca.
– ¿Le ha sacado algún sentido ya? -le interroga.
– ¿De qué es incapaz de sacar sentido ahora? -está ávido de oír Slater.
– Tuvo problemas con el final, como el resto de nosotros.
A la mujer, instintivamente, no le gusta Slater, que ahora rebota su reprimenda hacia Wilf.
– Entendiste el resto, ¿verdad?
– Diría que sí.
– ¿De qué trata?
Por una vez parece que Wilf le está dando pie para soltar una broma.
– Tendrás que leerlo tú mismo para averiguarlo -dice Wilf, después duda, pero no lo suficiente para resistirse a decir-: Si puedes.
– No le des a nadie la idea de que soy yo el que no sabe leer, Wiffle.
– No estará sugiriendo que este caballero no sabe -dice la mujer del vestido arcoíris-. No estaría trabajando aquí si no.
Slater solo ha empezado a mover la mandíbula para abrir la boca cuando la mujer le brinda su amplia espalda. Wilf no sabe qué iba a ser capaz de decirle a la mujer, o a él mismo en voz alta para que todos lo oigan, si no hubiera sido por la interrupción. Woody ha regresado más pronto de lo que Wilf pensaba que la niebla permitiría.
– ¿Vas a comprarlo? Bien por ti -dice señalando el libro en la mano de Wilf. Wilf se siente de repente asustado de que Slater le acuse de dañarlo, pero Woody no le da a nadie ocasión de hablar-. Bienvenidos a la primera presentación de un autor en Fenny Meadows. -Sonríe y deposita una pila de vasos de plástico y seis botellas de vino, haciendo un hueco en la mesa-. Nuestro famoso invitado estará con ustedes en un momento -sigue diciendo, con más júbilo si cabe, descorchando una botella de tinto y otra de blanco-. Por favor, tomen un trago. Eso va para todos excepto para los empleados.
Mantiene su sonrisa hacia la reunión hasta encontrarse cerca de la sala de empleados, pero Wilf se pregunta si está ocultando su decepción por el escaso público. Dos personas más se unen a la reunión, quizás atraídas por el vino; un hombre con un chubasquero de hule amarillo y una mujer vestida con prendas vaqueras de los pies a la cabeza. La mayoría de los escritores se acercan a la mesa para que Wilf les sirva. Slater coge el tinto y se llena un vaso hasta el borde, luego se sienta en primera fila. Woody aparece con Oates y su publicista. El autor se detiene de repente y alarga un brazo hacia su público, como si comprobara si está o no lloviendo.
– ¿Eso es todo?
– Creo que es culpa de la niebla -dice Connie.
– Culpa de la niebla, ¿no? -dice mirando fijamente a Fiona-. No de la publicidad, claro.
– Pusimos folletos por todas partes -le asegura Connie.
Un murmullo recorre a los asistentes, poniendo a Wilf nervioso, pues teme que alguien mencione el fallo de impresión. Quizás a Oates le suena como si estuvieran mostrando su apoyo a Connie.
– ¿No merezco una silla? -le ladra a Wilf.
Wilf coge una solitaria silla vacía de la primera fila.
– No se puede esperar de él que sepa tratar a un escritor -comenta Slater.
Wilf pone la silla tras la mesa y se retira a la última fila para huir de la vergüenza; Connie permanece junto a Oates. Cuando le describe como el autor de una de las novelas más comentadas del año, Oates le dedica un ceño descontento y se echa un segundo vaso de vino, que merece otro ceño.
– ¿Estáis ya lo bastante jodidos? Yo no sé si lo estoy -dice cuando Connie termina, vaciando lo que queda de botella en su vaso-. He oído que alguno de ustedes no entendió el final.
– Ninguno de nosotros -dice la mujer arcoíris desde la primera fila.
– Bueno… -está a punto de protestar Connie a su espalda, pero Oates las ignora a ambas.
Abre una copia de Vestir bien, vestir mal y luego otra, y sostiene la segunda delante de su cara.
– Veamos si tienen espacio en sus cabezas huecas para esto.
Wilf debería ser capaz de relajarse si no es él el que lee. No hay duda de que Woody está pendiente del resto del turno de tarde, aunque eso debería ser trabajo de Nigel. Seguramente Woody no está espiando la sala de ventas desde su despacho, y por lo tanto Wilf no tiene razones para sentirse observado mientras escucha cómo un detective de la época Victoriana se quita la ropa, revelando que es un ladrón de joyas, que a su vez se desnuda para mostrar que es una sargento del ejército, salvo que bajo su uniforme es una cantante de club nocturno que realmente es un detective, o, más bien, simplemente un hombre desnudo delante de un ordenador en una habitación observando Edimburgo desde su ventana. El personaje levanta la vista, escudriñando a su público e igualmente lo hace Oates (¿acaso hay alguna diferencia?), y señala los distintos disfraces.
– Es su turno -dice-. Su elección. Pruébenselo.
Se echa más vino antes de que Wilf pueda juzgar por su expresión si esa última frase era una broma y, si así era, a quién iba dirigida. Cuando los escritores comienzan a murmurar, Wilf cree compartir sus sospechas.
– No es eso lo que dice en el libro -dice la mujer arcoíris para dar forma a sus dudas.
– En este sí.
La mujer eleva las cejas como simulando dos signos de interrogación que formularan una silenciosa pregunta. Mientras Oates se ocupa de descorchar otra botella de tinto, la mujer exclama:
– ¿Nos está diciendo que hay más de un final?
– Sí, diferentes páginas al final. El resto del libro no indica cuál te va a tocar. Creo que no deberías saber lo que vas a encontrar hasta que llegues, igual que yo al escribirlo. Espero que estén de acuerdo, siendo escritores.
– Suena más bien a que quiere que compremos dos copias del libro.
– ¿Acaso no lo haría?
Ella le mira como si no le importara el significado de su pregunta, entonces Slater asoma la cabeza sobre su hombro.
– ¿Cuál tienes tú? -le pregunta a Wilf.
– No podría decírtelo así de pronto.
– Estoy interesado en saberlo -dice Oates, vaciando su copa para dejar espacio para llenarla de nuevo-. ¿Cuál es?