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Le recuerda tanto a una película de vaqueros o de policías que Wilf casi piensa que Woody y su sonrisa están gastándole una broma.

– No puedes creer en serio que nunca fui capaz de leer -dice Wilf-. ¿Cómo he colocado entonces todos mis libros?

– Comprobé tu sección -le dice Woody haciendo un gesto que indica la intensidad de esa comprobación-. Gracias a Dios tenemos tiempo de arreglarlo antes de mañana. No me has dado aún tu tarjeta.

Wilf se la quita y la deja en el escritorio. Se siente despojado de todo lo que merece tenerse, como si todo lo que poseía hubiera ido desprendiéndose poco a poco de él desde que empezó a trabajar en Textos. Se está dando la vuelta para lidiar él solo con su vacío existencial cuando Woody vuelve a hablar:

– ¿Has rellenado el parte de bajas?

Un último e inútil ataque de orgullo mueve ahora a Wilf.

– No tengo que hacerlo. No tuve una migraña -admite.

– También nos engañaste en eso, ¿no?

– Me obligaste a leer a toda prisa el final de ese libro para que pudiera hablar con los escritores, y no me dio tiempo. De ahí viene todo esto, por no ser capaz de terminar un libro.

– Debería afrontar parte de la culpa, ¿verdad que sí? -reacciona Woody con una sonrisa que parece sangrarle por los ojos-. Te creí cuando dijiste que eras un lector asiduo. Nunca se me ocurrió comprobarlo.

– Sé leer. Es lo que más disfruto haciendo. Pero no puedo leer aquí.

– Bien, ahora tendrás ocasión de hacerlo en otro lugar -dice Woody como si Wilf le hubiera insultado a él o a la tienda, o a ambos-. ¿Has fichado la salida?

– No pensé que hubiera necesidad.

– Vale, déjame hacerlo por ti -dice animadamente. Salta de su silla y enfila hacia la puerta tan rápido que Wilf apenas tiene tiempo de apartarse de su camino. Coge la tarjeta de Wilf del montón de «entradas» y la pasa bajo el reloj, para luego partirla en dos y poner los pedazos en el escritorio de Ray.

– Todo tuyo, Ray. El señor Lowell va a dimitir ahora mismo.

– Dios santo -dice Ray alternando una mirada perpleja del uno a otro-. ¿Qué diantre pasa aquí?

– Yo lo llamaría deshacerse de un invasor -dice Woody torciendo su sonrisa hacia Wilf-. ¿Todavía aquí? No deberías. Quizá has olvidado que dice «solo empleados» en la puerta de abajo.

– No he pagado el libro aún -dice Wilf, seguramente inducido por una beligerancia desesperada.

– Ray te lo descontará del sueldo que no te pagaríamos si de mí dependiese. Vete.

Wilf aprecia como Ray trata de decidir el grado de simpatía que puede mostrarle.

– Está bien -se siente inclinado a decirle Wilf, aunque no se convence ni a sí mismo y se siente incapaz de mirar a ninguno de los dos a la cara. Coge el abrigo de su taquilla y se lo va poniendo mientras baja midiendo cada paso y abre la puerta por última vez. Como parece que nadie lo mira, se pasa por su sección. Cuanta mayor es la intensidad con la que mira sus libros, menor es la certeza del orden en el que están; los títulos y los nombres de los autores bien podrían estar en una lengua extranjera, o en ninguna en absoluto. Se siente mareado por forzar la vista y la mente.

– El señor Lowell ya no pertenece a la tienda -proclama la voz de Woody por el altavoz.

La mirada de Brodie Oates se encuentra con la de Wilf en el momento en el que comenta que le lleva un año imaginar una novela y seis semanas escribirla. El resto de la congregación se vuelve para mirar a Wilf, que se pregunta si están proyectando sobre él la desaprobación que en otras circunstancias hubiera merecido Brodie Oates. En cualquier caso, sus miradas le hacen sentir más excluido que el anuncio de Woody. En su procesión hacia la salida, Connie alza una mano a modo de poco convincente despedida; junto a la puerta, Greg le ofrece una sonrisa torcida y un meneo de cabeza desde detrás del mostrador. Ya no importa lo que Wilf pueda decirle, pero las únicas palabras que vienen a su mente son tan lacónicas como un gruñido. Se estancan y le dejan un sabor amargo en su boca, mientras deja la tienda para siempre.

¿Y si Slater le está esperando fuera? Ojalá, podrá oír todas las palabras que Wilf se ha guardado, y quizá no habrá solo palabras. La niebla que oculta la hora del día se retira un poco para dejar espacio a su respiración, y cree ver a alguien observándolo en la distancia, hasta que se da cuenta de que solo era la pareja de árboles y su tullido compañero.

Sin embargo, al doblar la esquina de la tienda, tiene la total certeza de que alguien lo está siguiendo, aunque de modo invisible y silencioso.

– ¿Por qué no das la cara? -grita, y eso empeora el regusto de su boca-. Tienes lo que querías. Vamos, muestra tu cara.

Para cuando llega al Micra, no ha conseguido aún hacer salir a Slater. Cierra la puerta con la fuerza que hubiera usado si su atormentador estuviera en medio. Después de meter la hebilla del cinturón en su ranura, coloca las temblorosas manos sobre el volante. La niebla helada y su reacción a los acontecimientos del día le han provocado este tembleque. Se queda mirando el vacío muro trasero de Textos hasta recuperar el control suficiente como para acertar con la llave en la ignición.

Debido a la niebla, conduce lentamente hacia la salida. Le parece estar escabullándose, temeroso de hacerse notar. La luz de los escaparates se funde con la niebla causando un brillo fantasmal, los árboles pasan por su lado, reptando entre las tinieblas, y delante advierte algo alumbrado por sus faros que no es asfalto. ¿Y si es Slater? ¿Cómo reaccionaría si viera a Wilf sonriendo sobre ellos y acelerando hacia él? Las esquinas de la boca de Wilf están comenzando a alzarse por iniciativa propia, pero de repente se acuerda de Lorraine. Cierra las manos con fuerza sobre el volante, sintiendo una oleada de odio hacia sí mismo. Ni siquiera sabe si Slater le hubiera creído tan descerebrado. Quizá no merece trabajar en Textos después de todo.

El supermercado aparece delante de él antes de desaparecer en las grises profundidades del retrovisor. Si esta es la última visión que va a tener de Fenny Meadows, no está seguro de cómo sentirse. Llega a la rotonda y sube la rampa camino de la autopista. Aunque está ascendiendo al encuentro del sol, tiene la sensación de estar siendo retenido por el inestable, pálido y gélido vacío. Al llegar al borde la autopista baja la ventanilla para oír venir los coches de su carril. En el momento justo en el que decide arriesgarse a acelerar, un denso sabor a niebla asalta su boca.

La autopista es reacia a mostrarse, y frena un poco para adecuarse al paso de la niebla. Al poco rato, muestra síntomas de retirada, y avista el sol, un objeto plateado sobre el que alguien no cesa de echar su aliento. Pronto la senda estará despejada, una perspectiva similar a una liberación de Fenny Meadows. No obstante, eso no va a ser posible hasta que no afronte lo que ha hecho. No quiere pensar en ello mientras intenta concentrarse en conducir, y no es esa la razón por la que agarra el volante con mayor fuerza si cabe. Su mente está tan sobrecargada por el enfrentamiento con Slater y sus secuelas que no se ha detenido a pensar en las cosas que vio y dijo.

El sol brilla como recién bruñido, luego desaparece mientras Wilf trata de no dejar su mente volar. ¿Vive Woody en la tienda? ¿Por qué es incapaz de leer allí? Las preguntas parecen incapaces de alejarse de su mente lo bastante para no tenerlas presentes. Incluso tiene la rara impresión de que no debería arriesgarse a formularlas hasta no haber escapado de la niebla, es absurdo, pero tensa sus nervios. Pisa el acelerador, la niebla deja ver solo los siguientes cuatrocientos metros de carretera. Aunque no tiene sensación de ir a mucha velocidad, la flecha del velocímetro está en posición vertical cuando la niebla se detiene abruptamente delante de su coche. Al frenar, la grisura inunda el espejo. De repente la oscuridad es tan cerrada por todas partes que a pesar de la calefacción, el frío entra en el coche y cala en Wilf. Está luchando por no dejar a sus escalofríos dominar el volante cuando la niebla a su espalda se torna de un blanco gélido y prorrumpe en un atronador sonido. Viene un camión, y ni puede ni va a frenar.