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Pisa a fondo el acelerador. La niebla emerge ansiosa para cortarle el paso, pero no es solo niebla. Está precipitándose contra la parte trasera de un camión que avanza a menos de la mitad de la velocidad de su coche. Frena, provocando la ensordecedora reacción de una bocina y una luz cegadora acercándose por el espejo retrovisor. Aparta el pie del pedal y gira el tembloroso volante. Se ha olvidado de poner el intermitente. El coche se está internando en el carril central cuando el camión gira para adelantar.

No puede volver a su carril. Está demasiado cerca del vehículo de delante. Le da a la palanca del intermitente y tuerce para buscar el carril más alejado. El camión de atrás sigue en el retrovisor. Solo intenta pasarle, no es que sea una presa que esté deseando atropellar, ni está aliado con la niebla, la cual no puede estar intentando hacerle daño; es solo niebla. Pero sus pensamientos son inútiles, no pueden prevenir que el camión se precipite sobre él más rápidamente de lo que le es posible acelerar. Afianza las manos en el volante y huye de nuevo al carril central, oyendo un fuerte resollar que indica que ha sorprendido a su perseguidor. Ese sonido, junto a un espasmódico temblor, es todo lo que emite el freno que el conductor al fin ha pisado; pero ya no hace falta. Wilf frena y se interna en el carril interior, detrás del otro camión, para sentirse más seguro.

No ha derrapado. No se ha colocado detrás del otro vehículo demasiado deprisa, a pesar de la escasa visibilidad. Cuando oye un gigantesco y torturado chirrido de metal se dice para sí que no tiene nada que ver con él, y entonces una ola de niebla tan espesa y ancha como los tres carriles juntos se abalanza sobre él desde el espejo. Le recuerda a una respiración expulsada a través de una enorme y alegre risa, hasta que advierte que no es niebla, pues una palabra más alta que su coche está impresa en la pulida superficie que se abalanza sobre él. Durante un instante, no le preocupa entender por qué no puede leer la palabra. Las letras están al revés, por supuesto, las letras del lateral del camión. Toda la parte trasera del vehículo está girando hacia él usando la cabina como eje.

La niebla se encoge, permitiéndole ver como la cabina se empotra contra la mediana, haciendo saltar chispas y deformándola. Un temblor se extiende por sus brazos y hasta el resto de su cuerpo, mientras intenta adueñarse del volante para cambiar el coche al carril central, para distanciarse del objeto que se cierne sobre él como una colosal guadaña. Está casi a punto de adelantar cuando el camión alcanza al Micra y le golpea en el lateral, impulsándolo hacia el otro camión de delante. Un momento después, todo se precipita, y el coche se incrusta allí tan rápidamente que apenas tiene tiempo para entender qué es lo que se ha roto aparte de los cristales y el chirriante metal. Ha sido él mismo. Ha sido su cabeza, que se inunda de ruido y blancura antes de sumergirse en una laguna negra.

Jill

– Mami, ¿de verdad tienes que trabajar toda la noche?

– No te preocupes, Bryony. Estaré bien. Me eché una siesta mientras estabas en el colegio.

– ¿Pero de verdad de verdad te tienes que ir?

– Trabajamos todos. Hay una inspección mañana, ya te lo dije, como las de tu colegio. Sabes las molestias que se toman tus profesores para que todo tenga el mejor aspecto posible. Mientras no se trate solo de guardar las apariencias, está bien, ¿qué opinas?

– Pensaba que te gustaba ayudarme con mis deberes. Me gusta cuando me enseñas palabras nuevas.

– Ya lo haremos. De verdad, cielo. No estaré fuera mucho tiempo, y sabes que no voy a estar muy lejos. ¿Cuál es el problema?

– Me gusta que me leas en la cama antes de dormir.

– ¿No lo hace también papá? Creí que solíais hacerlo.

– Todavía lo hace. ¿Tienes que trabajar porque no te da suficiente dinero?

– Bryony, no sé si eres lo bastante mayor para entenderlo…

– Lo soy. La señorita Dickens dice que soy madura para mi edad.

– Bueno, entonces trata de entender que no quiero depender de tu padre ni de nadie, no más de lo absolutamente necesario. Mientras más gane por mi cuenta, más feliz seré.

– Quiero que seas feliz.

– No necesitas que te diga que deseo lo mismo para ti, y lo serás si puedo comprar más cosas para nosotras, ¿verdad? Si me esfuerzo en mi trabajo tendré posibilidades de ascender. Así funciona.

– Ya me lo has contado.

– ¿Tienes algo que decirme antes de que venga tu padre, entonces? ¿Qué es lo que de verdad te preocupa?

– A lo mejor no puedo dormir.

– ¿Por qué no? ¿Hay alguna razón por la que no te guste dormir en casa de tu padre? Si pasa cualquier cosa debes decírmela, no debes tener miedo. ¿Pasa algo, Bryony?

– Podría tener una pesadilla.

– ¿Por qué ibas a tenerla? ¿Por qué solo allí?

– Tuve una anoche.

– ¿Te despertaste? Lo siento, Bryony. Debía de estar muy dormida para no enterarme. ¿De qué trataba, cielo?

– Papi y yo no te encontrábamos en la tienda.

– Quizá era mi día libre.

– No, era esta noche y estaba preocupada por ti porque estaba muy oscuro.

– No lo estará. La tienda está siempre iluminada, y si te acuerdas, también hay unas grandes farolas fuera.

– No podíamos ver nada. Estoy segura de que estaba oscuro. Podía oírte gritar, pero no podía llegar a ti, y luego tampoco encontraba a papi.

– Sería por la niebla, ¿no? Eso debió de ser lo que provocó la pesadilla. Espero que papi te encontrara y yo también, pero de todas formas ya estás despierta.

– No, estaba buscando a la otra mujer.

– ¿Qué otra?

– La que va vestida de cuero.

– ¿Te refieres a Connie? ¿Qué sabes sobre ella?

– La oí hablar con papi cuando estuve en la tienda para el concurso.

– ¿Y te la has encontrado en algún otro lugar?

– No, mami, solo aquella vez.

– Me pregunto por qué se te quedó tan grabada entonces -dice Jill, y el timbre parece responder con un sonido tan lacónico como una palabra de cuatro letras.

Bryony baja de un salto del chirriante sofá de mimbre y posa en el suelo sus pies descalzos.

– Voy al cuarto de baño -dice mientras corre escaleras arriba, como siempre que está a punto de irse.

Jill siente la tentación de tomarse su tiempo antes de responder a la llamada, que ha sonado más apremiante de lo que tenía derecho a sonar, pero en realidad quiere tener unas palabras con Geoff en privado. Se apresura a través del corto pasillo decorado con dibujos de niñas montadas en ponis, obra de Bryony y sus lápices de colores; ponis que Jill no para de decirle a su hija que no le gustaría poseer ni alquilar ni siquiera aunque pudieran permitírselo. Abre el pestillo, y empuja la puerta hacia sí, hasta la mitad, como si una invisible barrera la detuviera. Entonces la abre por completo, y se encuentra a Geoff agachado, cogiendo un puñado de dientes de león de una grieta del camino.

– No hace falta que hagas eso -le dice.

– Parece que está todo descuidado.

– Déjalos, a Bryony le gusta esparcir las semillas -le apremia. Las cejas de su ex se mueven lo justo para animarle a añadir-: Supongo que simpatizas con esa actividad.

– No sabía que aún te importara dónde acaban mis semillas.

– ¿Me estás diciendo que debería haberme importado cuando estábamos juntos? No me lo digas, no quiero oírlo -dice Jill, solo para alterarse al tener que arreglarlo-. A no ser que sea alguien que conozco.

– ¿Por qué piensas eso, Jill? Lo dices como si yo quisiera hacerte daño.

Sus profundos ojos marrones la miran heridos, pero ese truco ya no funciona.

– Bryony piensa que hay alguien que ambos conocemos.