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– ¿No te lo oí decir el día que la trajiste?

Jill no lo recuerda. Se siente derrotada por Connie. Al girarse, su boca se inunda de mal sabor y de palabrotas.

– Estarán esperándote cuando vuelvas -oye prometer a Connie.

Se refiere a los libros, los que ha pedido de más y ahora carga a Jill. Dos hombres que parecen llevar ocupando los dos sillones desde que Jill recuerda, la observan escabullirse. Le enseña la tarjeta al lector de la pared y a punto está de propinarle una patada a la puerta. Al final se abre, y sube las escaleras hacia la sala de empleados perseguida por el sonido de su propia respiración.

Ross y Mad están sentados uno a cada lado de la mesa, Agnes se sienta en medio de ambos. Tiene una expresión seria, como una reacia carabina, y no habla más que ellos. Los tres parecen alegrarse de ver a Jill, aunque puede que solo sea porque es algo diferente a lo que mirar. Al pasar su ficha por el reloj, Woody sale disparado de su guarida.

– Estás aquí. Pensé que habíamos perdido a otro miembro del equipo.

Jill no sabe si el enrojecimiento de sus ojos aumenta el efecto de su desconsiderado comentario o simplemente sugiere que está demasiado cansado para pensar. Ross se pone rígido para no torcer el gesto, y Agnes abre la boca en su lugar, mientras Mad parece estar a punto de darle unas palmaditas reconfortantes en la espalda.

– La autopista está cortada. Tuve que utilizar la antigua carretera -dice Jill para disminuir la tensión reinante.

– Ya me lo dijo Connie -dice Woody, seguramente sobre lo de la autopista, pero el nombre amarga la expresión de Jill-. ¿Queréis oír las buenas noticias?

Su sonrisa es tan fiera que atrae la atención de todos.

– Si hay alguna -musita Ross.

– Eh, ¿por qué no veo ninguna sonrisa? ¿Qué es esto, un velatorio? -Todos salvo Agnes se esfuerzan en mostrar buena voluntad-. Bueno, las buenas noticias. Ya las habéis oído. Vuestra autopista está cortada.

– ¿Eso es bueno? -rompe Mad el desconcertante silencio.

– Ahora mismo lo es. Por esta vez podemos vivir sin clientes que entren en la tienda a desordenarlo todo. Supongo que necesitamos hasta mañana para despejar el almacén. Recibimos un pedido grande esta mañana y nos falta un empleado.

– No paras de sacar ese tema -protesta Agnes-. ¿No te das cuenta de que Ross…?

– Oh, lo siento. No os lo había dicho aún. Tuvimos que deshacernos de Wilf.

– Wilf -dice Agnes, simulando un ladrido-. ¿A qué te refieres con «deshacernos»?

– Dejar ir. Echar. Despedir.

– ¿Cómo puede ser eso? En el funeral dijo… perdón, quiero decir que le dijo a Ross que trabajaría esta noche.

– Estaba aquí, antes, por eso ahora ya no está.

– Pero no puedes echar a nadie de esa manera. ¿Qué se supone que ha hecho?

– Atacar a un cliente e intentar ahogarlo. Supongo que ni siquiera tú contratarías a un tipo capaz de hacer eso.

– ¿Quién dice que Wilf ha hecho tal cosa? -interviene Mad.

– Yo lo hago. Todo el mundo presente en la firma del autor. Los vídeos de seguridad también.

– Me gustaría verlos -dice Agnes.

– Cuando tengas alguna autoridad podrás. Si no han sido borrados para. entonces.

Agnes abre la boca, y Angus hace de ventrílocuo:

– Encargado llama al trece, por favor. Encargado llama al trece.

– He ordenado las existencias en los estantes para que os pongáis directamente a trabajar. Colocad vuestros libros y luego decidiremos quién se encarga de los de Wilf -dice Woody, y vuelve a su oficina a toda mecha.

Agnes apoya los antebrazos en la mesa con un golpe sordo.

– No sé qué cree poder esperar de nosotros después de hablarnos así.

– No creo que a mí me dijera nada especialmente malo -dice Mad.

– Oh, ¿solo somos un equipo cuando nos conviene?

Mira a todos con tal fiereza que nadie se atreve a contestar.

– No veo por qué tenemos que seguir trabajando aquí si puede echarnos cuando quiera si le da la gana.

– No es tan simple, ¿no? -dice Ross-. Parecía tener una razón para hacerlo.

– Tú precisamente deberías ser la última persona en desear que perdamos a alguien más. ¿Qué decís los demás?

– Ahora estamos aquí. Dices que somos un equipo. No quieres decepcionarnos -responde Jill cuando se recupera de la sorpresa de oír lo que Agnes le acaba de decir a Ross.

Ha bajado la voz. Al principio piensa que está intentando mantener la discusión lejos de los oídos de Woody, ¿pero es probable que este escuche algo cuando no para de repetir la pregunta «¿quién es?» al teléfono? De repente tiene la sospecha de que la discusión ha atraído a un curioso al almacén; incluso cree oír un rostro apoyándose en la pared para escuchar, pero el sonido viene de tan abajo que quien sea debe de estar a cuatro patas. Da un respingo cuando alguien entra en la sala, pero es solo Ray saliendo de su oficina.

– Jill, está bien -murmura-. Hagámoslo bien esta noche y enseñémosles a los jefes que somos unos trabajadores fiables, después de esto hablaré con Woody de lo que queráis, lo prometo. Si queréis les diré algo a los jefazos mientras estén aquí.

– Es suficiente, ¿no? -dice Mad a Agnes, que la mira como si no tuviera derecho a hablar. Jill está a punto de mostrar su acuerdo con Mad, sobre todo porque siente que todos están hundidos hasta el cuello en la corriente ¿e sus emociones.

– Jill al escaparate, por favor. Jill al escaparate -suena la voz de Connie.

Eso le recuerda a Jill que no hay ventanas en el piso superior. No es de extrañar que se sienta tan asfixiada. Escapa de la sala aliviada, a pesar de ir en busca de Connie, y sigue así al menos hasta que la ve. Connie está de pie frente al escaparate, martilleando con sus uñas el borde del carro con un ritmo infantil inspirado en el Vivaldi de los altavoces.

– Pensé que ya habrías terminado -dice-. Mejor pongamos de momento estos libros en el suelo junto a la estantería. Esta noche vamos a necesitar todos los carros.

Es una pena que esperaras a que lo hiciera, está a punto de decir Jill.

– ¿Vas a querer estos? -pregunta Connie.

Señala tres versiones del libro de Brodie Oates con sus caras zapatillas deportivas multicolor.

– Te dejo decidir dónde quieres ponerlos -dice Jill con la más dulce de sus sonrisas.

Por un momento casi espera oír la voz de Woody por megafonía felicitándola por ello, pero entonces le distrae una mancha en el exterior de la ventana. Algo ha surcado el cristal más o menos a un metro de altura, bien podría ser un niño marcando su territorio como un caracol con sobrepeso dejando un rastro grisáceo descolorido. La irregular franja está marcada por huellas parecidas a besos de una boca grande, ancha y torcida. No va a llamar la atención de Connie al respecto; podría hacerle limpiarlo. Mientras Jill vacía el carro y coloca los libros de Oates al principio de un pasillo, Connie recoge del suelo las imágenes del autor y, arrugándolas con un placer visible, las mete cuidadosamente en la papelera de detrás del mostrador. Se frota las manos, bien para secárselas o bien en señal de triunfo, y el teléfono suena por toda la tienda.

Cualquiera está más cerca de ellos que Jill, quien se ocupa en ordenar libros para que Connie conteste.

– ¿Perdón? -dice Connie al auricular, y lo repite tras una pausa. Jill levanta la vista y se encuentra sus ojos. Algo parecido a un gesto divertido asoma a su rostro, sin soltar el teléfono-. ¿Es para ti, Jill?

Si es así, a Jill no le gusta su reacción. No le arrebata el aparato de las manos, pero espera hasta que Connie va camino del almacén para hablar.

– ¿Hola?

Al principio no puede oír a nadie. Está a punto de devolver el teléfono a su lugar cuando una voz parece formarse entre la emisión de ruidos.

¿Intenta decirle algo concreto? No puede distinguir los sonidos. Jill se tensa para intentar descifrar el monótono murmullo que parece abalanzarse sobre ella. Le duelen los oídos del esfuerzo por entender la frase que se repite como un ensalmo. Quizá «pequeño» o «pequeños». El sonido parece salido de una vieja grabación estropeada por el tiempo y a punto de comenzar a detenerse poco a poco. Debe de ser una broma, ¿pero de quién y para quién? Se enfada consigo misma por quedarse allí esperando una respuesta a esa pregunta, concentrándose por completo en ello como si significara algo en absoluto.