– ¿Hola? -pregunta-. ¿Quién hay ahí en realidad?
El canto parece estar desintegrándose, hundiéndose de nuevo en la electricidad estática. Las palabras suenan más suaves, medio digeridas por el ruido blanquecino.
– Si no oigo nada más ahora mismo, colgaré el teléfono -dice, como si se estuviera dirigiendo a un niño, quizás a menos que eso. Cuando su amenaza no surte ningún efecto audible, le hace señales a Angus para que se acerque al mostrador-. ¿Oyes algo?
– No lo sé -dice al principio, y tras escuchar unos segundos más, añade-: No mucho.
Recupera el auricular y encuentra poco más que un siseo que pasaría por una voz si la boca de la que proviniera se estuviera licuando.
– Me gustaría que fueras más concreto de vez en cuando -le dice a Angus colgando el teléfono.
No debería enfadarse con él. Corre hacia arriba para alcanzar a Connie, que está rodando el carro dentro del almacén; el montacargas debe de haber tardado.
– ¿Por qué me pasaste esa llamada? -trata de saber Jill.
– Ross, coge este carro ahora que está libre -le dice a Ross, y cuando este obedece, se vuelve hacia Jill-: Pensé que era un niño.
– No soy la única aquí con uno.
– A mí no me mires.
– No pensaba hacerlo. Todavía no me has dado una razón que explique por qué me has pasado la llamada.
– Se suponía que era un crío haciendo una trastada, ¿no era eso? ¿La tuya no se porta mal? Vaya angelito.
– Por supuesto que a veces se porta mal, ¿no lo hacemos todos, Connie? Eso no significa que esa llamada tuviera nada que ver con ella. No tienes ningún derecho a suponer que así era.
– De acuerdo entonces, quizá iba sobre aquellos chicos que dieron problemas en el concurso. No irás a decirme que no tuviste nada que ver.
– Y Mad, y también Wilf.
– No andaban cerca. Tú sí. ¿No pudiste lidiar con el que llamaba? No creí que tuviera que quedarme por si no podías.
– No había nada con lo que lidiar cuando me pasaste el teléfono, ni creo que tampoco antes. Ha sido solo una estúpida e inútil broma.
¿Suena eso a una acusación? Simplemente intenta convencerse a sí misma. La llamada, o la interpretación de Connie, o ambas, la han puesto nerviosa respecto a Bryony, más si cabe porque no sabe la razón. Mientras considera una manera de retirar lo dicho, oye hablar al montacargas. Suena desde más abajo del hueco correspondiente, tan distante que las palabras que le llegan son demasiado parecidas a las de antes en el teléfono. ¿Es una idea infantil? ¿No eran los balbuceos también infantiles?
– ¿Lo dejamos? -sugiere-. Estamos actuando igual que niñas de parvulario.
Los labios de Connie se tensan y se estrechan antes de hablar.
– Me comportaré como una encargada en todo momento. Quizás así recuerdes cómo debes comportarte tú.
El ascensor anuncia su apertura y cumple su palabra, dejando al descubierto un carro vacío.
– Carga todos los libros que puedas y déjalos junto a los estantes a los que pertenecen para que otro puede usar el carro -dice Connie, marchándose camino de la oficina.
Jill atrapa el carro al tiempo que el montacargas comienza a deslizar sus puertas para cerrarse. Mientras acelera hacia el almacén se imagina atropellando a Connie en lo que después de todo sería solo un desgraciado accidente, pero la estancia está desierta. Un libro cae de uno de los montones sobre los estantes, y luego el silencio se torna quedo y denso. Debe de haber sido un libro, aunque ha sonado extrañamente suave y voluminoso. No es de extrañar que sus nervios estén distorsionando sus impresiones, ya que está preocupada por Bryony. Mete libros a montones en el carro hasta llenarlo por completo, y lo empuja de nuevo en dirección al montacargas, el cual se abre tras alzar su quejumbrosa voz. Entra con el carro y aprieta el botón con el pulgar, para luego salir corriendo camino del teléfono junto a la zona de Adolescentes. Durante un momento, gracias a Dios más largo que de costumbre, un imaginario parche en su cerebro cubre el lugar donde debería de estar el número de Geoff; superado ese momento, lo marca.
– Hola. Geoff está, o quizá no está, y por eso estás escuchando esta cinta. Sea lo que sea lo que estoy haciendo, espero que estés pasándolo tan bien como yo. Cuéntame lo que quieras y no olvides decir al menos quién eres y cómo puedo ponerme en contacto contigo.
– Soy Jill. Es mami, Bryony, si estás escuchando -añade Jill, pero no obtiene respuesta-. Pensé que estaríais en casa ya, supongo que habéis ido a algún sitio a cenar, ¿verdad? No os molestéis en decirme que soy idiota por hacer una pregunta sabiendo que no voy a obtener respuesta. Solo quería decir que estoy en el trabajo y que estoy bien, Bryony, así que asegúrate de dormir por mí. Si tienes ganas de darme las buenas noches, puedes llamar a este número -está lo bastante desesperada para sugerir, leyéndolo entonces del plástico pegado a la terminal-. Deberías decir tu móvil en el mensaje, Geoff, y así podría hablar ahora con ella.
Eso último alcanza a otro destinatario. Connie ha arrastrado un cargamento de libros a la sala de ventas y espera con monolítica paciencia a que Jill repare en ella. Cuando se vuelve, una vez que ha acabado con el teléfono, Connie abre las manos.
– Encontré esto en el ascensor. ¿Ya te has cansado de trabajar?
– Por supuesto que no. Iba a ir a recoger mis libros. Solo intentaba hablar con mi hija. No me ha sido posible, quizá lo hayas oído.
– No sé qué pretendes que haga yo al respecto.
Lo sabe perfectamente, y por eso dice lo contrario.
– Tienes el móvil de Geoff, ¿verdad? Yo lo tenía, pero lo ha cambiado hace poco -le lleva a decir la ansiedad por hablar con Bryony.
– Es posible que lo tenga en alguna parte.
– Entonces podrías dármelo.
– No lo creo.
– ¿Por qué no? -su pregunta suena tan pueril como considera el comportamiento de Connie-. ¿Por qué no?
– Deberías de saber por qué.
– Porque disfrutas no haciéndolo.
– No, Jill -dice tan lapidariamente que casi convence a Jill de que está diciendo la verdad-. Porque a nadie le está permitido hacer llamadas personales salvo en caso de emergencia, y no me parece que estemos ante una, y eso sin mencionar lo que cuesta llamar a un móvil. Me sorprende que necesites que te lo diga, pero no esperarías que no lo hiciera, ¿verdad? Hace unos pocos minutos me pedías que actuara como una encargada.
– No pensé que fueras a tener en cuenta mis deseos.
– Correcto, tengo que tener en cuenta los de la tienda, y espero que eso es lo que hagamos todos.
– Eh, dejadme ver vuestras sonrisas. No hay motivo para que no tengamos que divertirnos esta noche -dice la voz de Woody desde los cielos, antes de que Jill pueda pensar en una excusa o un modo de retirar lo dicho para renovar su plegaria.
– ¿Le vas a llevar la contraria? -dice Connie exhibiendo una sonrisa que, Jill está segura, da muy bien en cámara-. Olvídate de tu hija un rato. Como dijiste antes, la están cuidando.
Le acerca el carro a Jill y se aparta de él. Las palabras se agolpan en la boca de Jill, pero se las arregla para contenerse de gritarle a Connie que algún día sabrá lo que es tener un hijo. En vez de eso, lleva su carro hasta sus estanterías.
Los libros bien podrían ser cajas sin nada útil dentro, o incluso podrían estar vacíos. Esto es lo que significan los libros para ella mientras los ordena dentro del carro y los coloca en su lugar en los estantes apropiados. ¿Cómo es que se siente así si ella ama los libros y entró a trabajar en Textos por esa circunstancia? Quizá la novela de Brodie Oates la ha enemistado con la lectura, pero tampoco ha leído mucho desde que entró a trabajar en la tienda; de hecho, no recuerda haber visto a ninguno de sus colegas haciéndolo. Ahora no tiene tiempo para pensar en ello, porque sabe qué se está interponiendo entre ella y los libros, y es su preocupación por Bryony. Al regresar de dejar el carro junto al montacargas, contempla la niebla iluminada por los focos del exterior, pesada como una capa de terciopelo podrido, una gigantesca cortina grisácea que se agita alejándose torpemente de ella cuando se acerca a la ventana. ¿Y si hubiera una emergencia? ¿Cuánto tiempo le llevaría conducir a través de esa oscuridad hasta llegar a donde esté Bryony? Tiene que convencerse de que su hija está sana y salva, no tiene razones para pensar lo contrario. Archiva y mueve libros por los estantes, y de estante en estante, causando ruiditos sordos tan tontos y repetitivos como sus pensamientos. Woody ha descargado un carro en la sección de Wilf y coloca libros con unos movimientos rápidos y bruscos que ella no puede evitar tomarse como una aparentemente ilimitada crítica a su propio ritmo. Bryony debe de estar a punto de llegar a casa, más bien a la de Geoff, y cuando oigan el mensaje de Jill, seguramente llamarán. No obstante, cuando un coche aparece entre la niebla y se detiene cerca de la entrada, espera que ellos vayan dentro.