Ray se pregunta si el intercomunicador se ha estropeado.
– Disculpa, ¿de qué hablas? -pregunta Nigel.
– Solo estoy contando para vosotros tres. Todos ahí abajo parecían estar esperando también la señal. Me oís todos, ¿verdad? Entonces hagámoslo. Uno. Dos. Tres.
Angus y Nigel se abalanzan contra la puerta. Al tiempo que Ray la empuja con el hombro, Nigel golpea a Angus y choca con parte de la pared.
– Oh, mierda. Maldita estupidez -grita.
– ¿De quién hablas? -pregunta Ray.
– De la idea. No hay espacio para todos.
– Tú pídemelo y os dejaré a los dos solos.
– No ha servido para una mierda, ¿verdad? -se queja Woody-. ¿Qué ha ido mal esta vez?
– Demasiada gente estorbándose -dice Nigel.
– ¿Cuántos forzudos tenemos? Tres no parece una mala cifra.
Un escalofrío recorre a Ray antes de que la rabia vuelva a calentarle. Siente como si sus gestos hubieran atraído a un curioso. Tiene que estar equivocado; Agnes y su carro han llegado al montacargas, que le informa de que se está cerrando. Incluso piensa que la oye dándole una mala contestación, ensordecida por la puerta cerrada.
– Vale, eso es. Ahora es cuando se abre. Asegurémonos de que suceda esta vez. ¿Estáis listos?
Ray apenas oye su propio murmullo, y es voluntariamente ajeno a los de los demás.
– No he oído nada -grita Woody-. Intentémoslo de nuevo. ¿Preparados?
Ray se imagina a Woody con una sonrisa salvaje en su rostro, como si estuviera animando a unos niños rezagados a unirse a un juego navideño.
– Sí -responde con un entusiasmo mayor del que realmente siente; no puede decir lo mismo de Angus y Nigel.
– Aquí vamos, entonces. Uno Fenny Meadows, dos Fenny Meadows, y ahora… ¡tres!
Ray asume que Woody pretende construir tensión en todos y asegurarse de que atacan la puerta con toda su fuerza, pero las pausas son tan largas que empieza a creer que detienen el tiempo, es como estar despierto en medio de la peor oscuridad. Cuando llega el último número trata al menos de mantenerse alejado de Angus mientras tira del picaporte hacia abajo y empuja la puerta. Esta vez es consciente del impacto simultáneo que le agita el cuerpo entero. Por un momento se queda totalmente ciego.
Le aterra que su esfuerzo haya amputado alguna conexión en su interior hasta que Angus se queja.
– ¿Qué hemos hecho?
– No me habéis sacado de aquí -exclama Woody-. Eso está claro.
– Me refiero a que las luces se han apagado.
– Sí, lo he notado. ¿Podéis ver algo, chicos?
– No, nada en absoluto -dice Nigel con una palpable tensión en la voz.
– Entonces supongo que es más fácil que alguien de abajo lo arregle. Connie, ¿puedes comprobar los fusibles? Están bajo las escaleras -dice Woody desde la absoluta negrura del techo.
Al menos los teléfonos no han dejado de funcionar. Ray espera que no sean asaltados por demasiados comentarios distendidos de Woody, pues no ayudan a soportar el opresivo peso de la oscuridad. Percibe que Angus está tratando de permanecer completamente quieto junto a él, quizá para no arriesgarse a rozarlo. No sabe si las oleadas de calor que no paran de chocar con el frío reunido en la oscuridad tienen algo que ver con Angus. En algún lugar cerca de Angus puede oír la respiración de Nigel, sus labios separándose en cada aliento, algunos de los cuales suena como un gemido que cada vez se esfuerza menos en contener. Ray está a punto de decirle que se controle y no moleste a los demás cuando la inmensa voz de Woody y su murmullo de acompañamiento se lo impiden.
– Sigue intentándolo, Connie. Tu tarjeta no debería haber dejado de funcionar.
Ray se la imagina pasándola a ciegas por el lector, pero luego piensa que la sala de ventas tiene alguna iluminación del exterior, una idea que parece una promesa de recuperar su visión. Asume que la infeliz y distante voz femenina es de Connie, ¿o es de Agnes desde el montacargas? ¿Ha fallado la energía también en él? Antes de que pregunte a sus compañeros si han reconocido la voz en apuros, Nigel habla:
– Tienes un móvil, ¿verdad, Ray?
– Lo tenía.
– No me estarás diciendo que te lo has dejado abajo. ¿Qué sentido tiene tenerlo si no lo llevas encima?
– Está en mi bolsillo, pero no vale para nada. Agnes lo sacó a la niebla y se lo cargó.
– ¿No has vuelto a intentar hacerlo funcionar? -La voz de Nigel suena rígida, forzada para no resultar estridente-. ¿Podrías hacerlo ahora?
– ¿A quién crees que debería llamar, Nigel? ¿A la compañía eléctrica para que venga a arreglar los fusibles?
– A nadie.
– Te diré algo entonces, Nigel, a nadie es precisamente a quien voy a llamar.
– Creo que sé lo que quiere decir Nigel -admite Angus.
– ¿Entonces quién me va a dar a conocer vuestro secretito? -pregunta Ray, inducido no solo por el cálido y húmedo aliento de Angus, demasiado cercano a su cara.
– ¿No sale luz cuando se enciende? -sugiere Nigel.
Su tono insistente hace que a Ray le den ganas de abofetearlo. Ray se siente tan estúpido por no darse cuenta de que el teléfono puede suministrarles iluminación, que al sacarlo torpemente de su bolsillo desea dejar por mentiroso a Nigel, lo cual es incluso más estúpido. En el momento que Ray toca la tecla de encendido, Woody dice a los cuatro vientos:
– Connie no puede entrar. Uno de vosotros tendrá que bajar a abrir.
Ray aprieta un botón, y el teclado se ilumina con una luz verde. Ve a Angus comenzando a sonreír al tiempo que el brillo adhiere su distorsionada sombra gris a la puerta blanca. Nigel se inclina sobre él, su expresión de pánico comienza a relajarse, alejándose de la máscara que debió de ser en la oscuridad. Un momento después, la luz parpadea y muere, y no va a revivir por mucho que aporree el teclado. Ray oye a Nigel gimiendo por lo bajo, como alguien que no puede despertar de una pesadilla, y esta vez tiene que evitar dejarse llevar por la desesperación de Nigel. Sabe que es irracional, lo cual debería salvarle de ser afectado por ella, pero incluso tras meterse de nuevo el pedazo de plástico inservible en el bolsillo, se siente aislado de Sandra y el bebé de una manera que no había experimentado nunca antes. Hasta que puede espantar de su cabeza esa idea, comienza a creer que la cegadora oscuridad significa que nunca va a volver a verlos, que la chispa de energía restante en su móvil era su última oportunidad de llegar a ellos.
Nigel
Es solo oscuridad. No es sólida, por mucho que ejerza presión sobre sus ojos. No puede provocar que deje de respirar; hay metros y metros de oxígeno disponible en la oficina y el resto de estancias, aunque no entrará ninguna bocanada de aire más por las inexistentes ventanas para sustituirlo una vez que se gaste. Hay suficiente para él, Ray, Angus y Woody. Debería estar contento de no estar solo además de ciego; no debería estar deseando poder haber escogido a sus acompañantes. A Woody apenas se le puede considerar uno, pues está detrás de la inamovible puerta; Ray parece incluso menos presente, después del asunto de la luz del teléfono móvil, ese ridículo haz al que los ojos de Nigel trataron de aferrarse hasta que al esfumarse volvió a sumirlos en la oscuridad. Respecto a Angus, parece estar esforzándose por no llamar la atención, pero no puede escapar de la oscuridad; Nigel no debe dejar que esa clase de pensamientos lo dominen. De todas maneras, le lleva un rato reconocer al insecto que revolotea cerca de él; es Ray intentando conseguir algo de luz. Entonces se detiene, y Nigel aprieta sus labios para no implorarle que lo intente de nuevo.
– Parece que vamos a tener que ser tú o yo, Nigel. ¿Qué hacemos?
La oscuridad parece responder a la pregunta agitando algo lento y gris, pero seguramente solo es cosa de Nigel.