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Kettering indicó a Partridge y Mony que se acercaran. Los billetes que les enseñó eran todos de cien dólares.

– Mucha gente -les dijo- toma precauciones con los billetes de cien dólares, por si son falsos. Así que anotan en cada billete su procedencia. Por ejemplo, si alquilas un coche y pagas en billetes de cien dólares, la compañía anota el número del contrato en los billetes, para seguirte la pista si hay algún problema. Por la misma razón, en algunos bancos, los cajeros escriben el nombre del cuentacorrentista o el número de su cuenta en los billetes de cien dólares que entregan.

– Lo había visto en algunos billetes -dijo Partridge- y me preguntaba el motivo.

– Yo no -intervino Mony-, no suelen pasar demasiados por mis manos.

– Quédate en la tele, muchacho -le dijo Kettering, sonriendo- y los tendrás.

– Todas estas marcas en los billetes -prosiguió el experto en temas financieros- son ilegales, por supuesto. Deteriorar la moneda en circulación puede ser un delito, aunque rara vez es perseguido. En cualquier caso, en este montón de billetes hay nombres anotados, y en el otro, números. Si te parece, Harry, mostraré los grupos de cifras a mis amigos de la banca, que pueden reconocer quién los utiliza, y luego intentaré llegar hasta ellos a través de las computadoras. Y en cuanto a los nombres, buscaré en los listines de teléfonos, a ver si consigo localizar a los usuarios de estos billetes.

– Entiendo lo que quieres decir, Don -dijo Partridge-. Pero explícame exactamente adonde quieres ir a parar.

– A los bancos. Todos los datos que reunamos deben conducirnos a los bancos que negociaron esos billetes en un momento dado. Algún empleado habrá escrito en ellos los números o los nombres que has visto. Y después, con mucha suerte, podremos identificar el banco que manejó realmente todo ese dinero e hizo entrega de él.

– Claro -dijo Mony-. El que se lo entregó a los secuestradores, que lo usaron para comprarle los ataúdes al señor Godoy.

– Exactamente- asintió Kettering-. Desde luego, será un disparo a ciegas, pero si sale bien, sabremos qué banco utilizaron los secuestradores y probablemente dónde tenían una cuenta. -El periodista se encogió de hombros-. Y cuando sepamos todo eso, Harry, tu investigador puede proseguir a partir de ahí.

– Fantástico, Don -exclamó Partridge-. Y no creas que se nos dan tan mal los tiros a ciegas.

Al ver el ejemplar de Semana que les había conducido hasta allí, recordó las palabras del tío Arthur, cuando iniciaron la búsqueda en los anuncios por palabras: «Lo bueno de los disparos a ciegas es que, aunque no se descubra exactamente lo que se andaba buscando, siempre acaba uno tropezando con otra cosa que resulta útil por algún motivo».

9

La tensión se relajó en el despacho de Alberto Godoy.

Ahora que había satisfecho las exigencias de sus visitantes de la televisión, disipando la amenaza pendiente sobre su cabeza, el director de pompas fúnebres se tranquilizó. Al fin y al cabo, se dijo Godoy, no había hecho nada ilegal vendiendo los tres ataúdes a Novack o como se llamara. ¿Cómo iba a saber él que aquellos malditos ataúdes estaban destinados a fines criminales? Oh, claro, había sospechado de Novack las dos veces que estuvo allí, y no se había creído ni una palabra de sus explicaciones. Pero a ver quién conseguía demostrar una cosa así. ¡Imposible!

Las dos cosas que más le habían preocupado de todo ese jaleo eran las tasas municipales de los dos primeros ataúdes, que cobró pero no había declarado, y el hecho de haber amañado sus libros para que no apareciera por ninguna parte el ingreso de diez mil dólares de Novack. Si la inspección de hacienda se enteraba, le meterían en un buen lío. Bueno, pero los plumíferos de la tele le habían prometido no revelar sus trapicheos y él creía que cumplirían su palabra. Según tenía entendido, los periodistas utilizaban ese tipo de tratos para conseguir información. Y ahora que había pasado todo, él tenía que admitir que había sido muy instructivo verles trabajar. Pero desde luego, no diría ni una puñetera palabra de lo que le había ocurrido si aquel maricón de Semana andaba por ahí.

– Si me da un papel -le dijo Don Kettering señalando los dos montoncitos de billetes que había sobre la mesa-, le firmaremos un recibo por el dinero que nos vamos a llevar.

Godoy abrió un cajón de su mesa donde guardaba el material de escritorio y sacó un folio. Cuando iba a cerrar el cajón, advirtió una página arrancada de una libreta, con una inscripción de su puño y letra. La había metido allí hacía más de una semana y se le había olvidado hasta entonces.

– ¡Eh, aquí hay algo…! La segunda vez que vino Novack…

– ¿Qué es? -inquirió Partridge con brusquedad.

– Les dije que vino en un coche fúnebre, un Cadillac, con un chófer, en el que se llevó el ataúd.

– Sí.

Godoy enarboló la hojita de papeclass="underline"

– Es la matrícula del coche fúnebre. La anoté, la metí ahí y se me olvidó.

– ¿Por qué se le ocurrió hacer tal cosa? -le preguntó Kettering.

– No sé, una corazonada… -Godoy se encogió de hombros-. ¿Qué más da?

– Desde luego -repuso Partridge-. Pero gracias, de todos modos. Lo investigaremos.

Dobló el papel y se lo metió en un bolsillo, aunque no tenía mucha fe en la pista. Recordó que la matrícula de la furgoneta Nissan que explotó en White Plains no había conducido a ninguna parte. De todas formas, había que seguir todas las pistas, sin despreciar ninguna.

Los pensamientos de Partridge se centraron más en sus cometidos periodísticos. Razonó que parte de lo que habían descubierto, incluyendo la intervención de Ulises Rodríguez, tendría que salir al aire antes o después, seguramente durante los próximos días. Había unos límites para la retención de información en la CBA; aunque les había acompañado la suerte hasta el presente, en cualquier momento podía cambiar la situación. Además, trabajaban en un medio de comunicación. Partridge se entusiasmó ante la perspectiva de informar de sus progresos y decidió empezar ya mismo a considerar su planteamiento.

– Señor Godoy -le dijo-, tal vez hayamos empezado con el pie izquierdo, pero ha sido usted muy amable con nosotros. ¿Le gustaría grabar una secuencia repitiendo todo lo que acaba de contarnos?

La idea de salir en la tele, y en una gran emisora nada menos, resultó muy atractiva para Godoy. Luego pensó que la publicidad le expondría a toda clase de preguntas, incluidas las relativas a los impuestos que tanto le habían preocupado hacía un momento.

– No, gracias -repuso, sacudiendo la cabeza.

Como si hubiera leído sus pensamientos, Partridge añadió:

– No es imprescindible dar su nombre, ni que se le vea la cara. Podemos hacerle una entrevista en contraluz para que los espectadores vean sólo su silueta. Incluso podríamos distorsionar su voz.

– Sonará como si saliera de un molinillo de café -le dijo Kettering-. No le reconocería ni su propia esposa. Venga, Godoy, no tiene nada que perder… Tenemos un cámara en la calle, un auténtico experto, y usted nos habrá ayudado a rescatar a los rehenes…

– Bueno… -vaciló el empresario de pompas fúnebres-. ¿Me prometen ustedes que guardarán mi nombre en secreto, y no se lo revelarán a nadie?

– Se lo prometo -dijo Partridge.

– Yo también -añadió Kettering.

– Lo mismo digo -terminó Mony.

Kettering y Partridge se miraron brevemente, conscientes de que la promesa que acababan de hacer y que pensaban mantener -como todos los periodistas honrados, en cualquier circunstancia- podía llegar a acarrearles problemas. El FBI, por ejemplo, entre otros, podía poner objeciones a su secreto, exigiendo que revelaran la identidad del sujeto de la silueta. Bueno, de eso se encargarían los abogados de la compañía; ya habían sucedido conflictos parecidos otras veces.