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Partridge recordó que en 1986, la NBC había conseguido una entrevista, buscadísima pero controvertida, con el terrorista palestino Mohammed Abul Abbas. Después hubo una avalancha de críticas contra la NBC, no sólo por hacer la entrevista, sino por el pacto previo -que la emisora cumplió- de no desvelar su paradero. Participaron en el revuelo incluso algunos profesionales de los medios de comunicación, aunque fue claramente por pura envidia. Mientras proseguían las discusiones, el portavoz del Departamento de Estado norteamericano bufaba y echaba humo y el Departamento de Justicia amenazó con citaciones e interrogatorios a todo el equipo de televisión, pero al final no pasó nada. (El secretario de Estado, George Shultz, sólo comentó sobre el particular: «Yo creo en la libertad de prensa».)

El hecho es que las emisoras de radiotelevisión, y todo el mundo lo sabe, tienen su ley dentro de la ley. Por una sencilla razón: pocos departamentos del gobierno y pocos políticos quieren atacarlas a nivel legal. Además, el periodismo del mundo libre en conjunto representa la denuncia, la libertad y la integridad. Desde luego, hay excepciones; no se respetan los valores tanto como sería deseable porque los periodistas también son humanos. Pero quien se opusiera inexorablemente a los ideales del periodismo tenía todas las posibilidades de estar en el lado «sucio», en lugar del lado «limpio».

Mientras Harry Partridge reconsideraba esos fundamentos de su oficio, Minh Van Canh se estaba preparando para filmar la entrevista de Alberto Godoy, que sería llevada a cabo por Don Kettering.

Partridge sugirió que Don Kettering hiciera la entrevista, en parte porque el comentarista económico deseaba a ojos vistas seguir participando en el tema del secuestro de los Sloane; al fin y al cabo, era un asunto que les tocaba a todos de cerca en la división de informativos. Además, había otros aspectos de la historia que Partridge pretendía manejar personalmente.

Ya había decidido ir a Bogotá en cuanto le fuera posible. Aunque compartía la opinión de su colega colombiano de la radio acerca de que Ulises Rodríguez no se hallaba en el país, Partridge creía que había llegado el momento de empezar su propia búsqueda en América Latina, y Colombia era, evidentemente, el mejor sitio para empezar.

Minh Van Canh anunció que estaba listo para rodar.

Minutos antes, cuando le llamaron y penetró en el establecimiento, Minh decidió filmar la entrevista en el sótano, junto a la exposición de ataúdes. Debido a la toma en contraluz, se vería poca cosa de la sala; sólo la pared del fondo, a la espalda de Godoy, estaría iluminada por los focos. Sin embargo, junto a la silueta de Godoy se dibujaba la de un ataúd, produciendo un ingenioso efecto visual, muy macabro. La distorsión de la voz del empresario de pompas fúnebres se efectuaría más tarde, en el laboratorio de sonido de la CBA-News.

Ese día no les acompañaba ningún técnico de sonido y Minh utilizaba un equipo individual, una Betacam con cinta de media pulgada que incorporaba imagen y sonido. También había llevado un pequeño monitor de visionado y lo colocó de forma que Godoy pudiera ver en todo momento lo que enfocaba la cámara: era un procedimiento calculado para que el entrevistado se sintiera más relajado en circunstancias especiales como ésta.

Godoy no sólo se tranquilizó, estaba divertidísimo:

– ¡Oye…! Sois la monda los de la prensa -dijo a Kettering, que estaba sentado a su lado, fuera del campo visual.

Kettering, que tenía sus propias ideas acerca de cómo iba a conducir la entrevista, le devolvió una ligerísima sonrisa mientras repasaba las notas que acababa de garabatear. Cuando Minh se lo indicó con la cabeza, empezó, dejando unos minutos para la introducción, que escribiría después, para encabezar lo que iban a grabar en ese momento.

– La primera vez que vio usted al hombre que hemos identificado como el terrorista Ulises Rodríguez, ¿cuál fue la impresión que le causó?

– Pues ninguna en especial, me pareció una persona corriente.

Godoy decidió que aun anónimamente, no pensaba admitir sus sospechas sobre el tal Novack alias Rodríguez.

– Entonces, ¿no le pareció raro que quisiera comprarle dos ataúdes primero y más tarde un tercero?

La silueta se encogió de hombros:

– ¿Por qué? Es mi negocio.

– Ha dicho usted por qué. -Repitiendo las palabras de Godoy, Kettering les infundió un tono de escepticismo-. ¿No es una venta bastante inusual?

– Bueno, tal vez… un poco.

– Y usted, como empresario de pompas fúnebres, ¿no suele vender más bien el servicio completo, con todo incluido?

– En general, sí.

– De hecho, antes de realizar esas dos ventas al terrorista Rodríguez, usted nunca, nunca, había vendido ataúdes sueltos, ¿no es cierto?

Kettering estaba especulando, pero pensó que Godoy no lo sabía, y en una grabación no mentiría.

– Pues no -murmuró Godoy.

La entrevista estaba tomando un cariz inesperado. En la media luz miró a Kettering, pero el periodista volvió a la carga.

– En otras palabras, su respuesta es que usted nunca había vendido ataúdes por ese procedimiento.

– Yo pensé -el empresario de pompas fúnebres alzó la voz- que no era asunto mío lo que hiciera con ellos.

– ¿Se le ocurrió a usted en algún momento comunicárselo a las autoridades, a la policía, por ejemplo, y decirles: «Miren, me han hecho una petición muy extraña, una cosa que nunca me habían encargado hasta ahora, y me he preguntado si ustedes querrían investigar»? ¿Llegó a plantearse tal cosa?

– Pues no. No tenía motivos.

– ¿Porque no le pareció sospechoso?

– Exacto.

Kettering arremetió contra éclass="underline"

– Entonces, si no le pareció sospechoso, ¿por qué, en la segunda ocasión en que Rodríguez le visitó, anotó usted furtivamente el número de matrícula del coche fúnebre que llevó para recoger el ataúd? ¿Y por qué ha ocultado esa información hasta hoy?

– ¡Oiga usted! -rugió Godoy-. No se crea que porque le he revelado una información confidencial…

– Perdón, señor director funerario. Usted no ha dicho que fuera confidencial.

– Bueno, pero se sobreentendía.

– No es exactamente lo mismo. Y por cierto, tampoco dijo usted que fuera confidencial, antes de esta entrevista, la información respecto al precio de esos tres ataúdes, a saber la módica suma de diez mil dólares; ¿no era un precio exagerado para esa clase de ataúdes?

– El comprador no se quejó. ¿Por qué se queja usted?

– Tal vez no se quejara porque tenía sus razones. -La voz de Kettering se hizo glacial y acusadora-. ¿No será que pidió usted esa elevada suma porque sabía perfectamente que el hombre se la pagaría, y se aprovechó de aquella situación tan irregular y tan sospechosa para sacar tajada?

– Mire, no tengo por qué aguantar todo esto. ¡Olvídense! ¡Se acabó!

Furioso, Godoy se levantó de su asiento y se alejó, tirando del hilo del micrófono. Su dirección le obligó a acercarse a la Betacam, y Minh, enfocándole por acción refleja, tomó un primer plano de su cara plenamente iluminada, con lo cual Godoy violó su propia confidencialidad. Más tarde se planteó la discusión de si debían utilizar esa secuencia o no.

– ¡Hijo de tu madre! -espetó Godoy a Kettering.

– A mí tampoco me cae usted demasiado bien -replicó el comentarista económico.

– Oiga -Godoy se dirigió a Partridge-, anulo el trato. No usen ustedes esto, ¿entendido? -dijo señalando la Betacam.

– Le he entendido perfectamente -le contestó Partridge-. Pero no puedo garantizarle que no lo usemos. Es una decisión de la emisora.

– ¡Fuera de aquí ahora mismo!

Alberto Godoy echaba chispas mientras el cuarteto de la CBA desmontaba los trastos de filmación y salía a toda prisa de su establecimiento.