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Cuando Kettering colgó el teléfono, Jonathan Mony dijo:

– Pensaba que aprendería algo. Y así ha sido.

– ¿El qué?

– Cómo camelarse a la gente.

Kettering sonrió. Ya había decidido que, puesto que la señora Mortell tenía una voz tan encantadora con aquel deje de invitación, en lugar de telefonearla, iría a verla personalmente. Anotó su dirección, era en la parte alta de la ciudad, no muy lejos de allí. Podía salir decepcionado, por supuesto. Las voces podían engañar, y cabía la posibilidad de que fuera gorda y vieja, aunque su instinto le decía lo contrario. Otra de las cosas que aprendería indudablemente Jonathan en su momento, era una de las ventajas complementarias de trabajar en la televisión: las frecuentes oportunidades que, si uno se lo proponía, podían desembocar en aventuras eróticas muy agradables.

Cogió otro billete de cien.

– Probemos con éste -dijo a Mony, señalando el listín de teléfonos-. Dice Hermanos Nicolini.

Resultó ser una panadería y pastelería, en la Tercera Avenida. El hombre que contestó dio prueba de suspicacia al principio, y al cabo de un par de preguntas pareció inclinado a colgar. Pero Kettering insistió muy cortésmente y le convenció. Al final, consiguió el nombre del banco donde ingresaban regularmente las ganancias de la tienda, billetes de cien incluidos. Se trataba del American-Amazonas Bank, en Dag Hammarskjöld Plaza.

Los dos nombres siguientes no venían en la guía de teléfonos de Manhattan.

El siguiente billete dio mejor resultado, en el sentido de la voluntad de cooperar del director de una tienda de ropa masculina. Les reveló que la tienda trabajaba con el banco Leumi, en la sucursal de la Tercera Avenida con la calle Sesenta y siete.

Hubo otro nombre ilocalizable. El siguiente les condujo a una mujer desconfiada e insultante, a la que Kettering no logró convencer, dándose por vencido.

La quinta llamada les puso en contacto con un anciano de ochenta y seis años, que vivía en un apartamento de la East End Avenue. Estaba demasiado débil para hablar por teléfono, y era su enfermera la que transmitía los recados, aunque se notaba que él estaba perfectamente lúcido. Se le oía cuchichear animadamente que su hijo, que era dueño de varios clubes nocturnos, solía ir muy a menudo a verle y le daba algún billete de cien dólares, que él ingresaba en una cuenta bancaria donde, declaró el octogenario con un cloqueo, metía sus ahorrillos para la vejez. Ah, sí, la cuenta la tenía en el American-Amazonas Bank de Dag Hammarskjöld Plaza.

La siguiente llamada desembocó en un restaurante de especialidades de pescado, cerca de Grand Central, donde Kettering habló largo y tendido con varias personas, ninguna de las cuales quiso asumir la responsabilidad de revelarle nada importante. Al final se puso el dueño del negocio, que declaró con cierta impaciencia:

– ¡Qué demonios! Claro que puedo decirle con qué banco trabajo; a cambio, espero que nos cite usted en el telediario. Bueno, la agencia está en esa maldita plaza que nunca sé cómo se pronuncia… Dag Hammarskjöld, y es el American-Amazonas.

Cuando colgó, Kettering recogió los billetes de cien, diciendo a Mony:

– Jonathan, hemos dado en el blanco. No hace falta telefonear más. Ya tenemos la respuesta.

En contestación a la inquisitiva mirada del otro, añadió:

– Mira, que tres de cinco personas citen el mismo banco es demasiada coincidencia. En cuanto a los otros nombres, los que han pasado por el Citybank y el Leumi, los escribirían anteriormente y luego, vueltos a la circulación, probablemente también llegarían al American-Amazonas.

– Entonces, de allí es de donde salió el dinero con el que Novack-Rodríguez pagó a Godoy sus ataúdes.

– ¡Exacto! -La voz de Kettering se endureció-. Y también apuesto a que esos sinvergüenzas de secuestradores sacaron el dinero de ese mismo banco, donde tenían -y acaso todavía tengan- una cuenta.

– Así que -exclamó Mony-, a Dag Hammarskjöld Plaza.

Kettering apartó su silla de la mesa y se levantó.

– ¿Adónde si no? Vamos.

10

Don Kettering fue reconocido inmediatamente cuando entró en el American-Amazonas Bank, y tuvo el presentimiento de que su presencia no les cogía por sorpresa.

Cuando preguntó por el director, una secretaria con aspecto de matrona le informó.

– En este momento tiene una visita, señor Kettering, pero le comunicaré que está usted aquí. -Luego miró a Jonathan Mony-. Estoy segura de que no les hará esperar, caballeros.

Mientras esperaban, Kettering echó un vistazo a la agencia bancaria. Se hallaba en la planta baja de un antiguo bloque de ladrillo, junto a la parte norte de la Plaza; desde el exterior, la entrada de pizarra del banco no parecía demasiado imponente. Su interior, no obstante, aun reducido para un banco de Nueva York, era atractivo. Sobre el convencional suelo de baldosas había una alfombra con motivos de colores cereza, rojo y naranja en tonos apagados que cubría de lado a lado toda la zona reservada al público; un pequeño letrero con letras doradas decía que procedía de Amazonas, Brasil.

Aunque la decoración de la oficina era convencional, una hilera de ventanillas de caja en uno de los lados, y tres mesas en el otro, la artesanía de madera era de la mejor calidad. En una de las paredes, en lugar bien visible para los clientes, un fresco muy llamativo, con una revolucionaria escena de caballos al galope con las crines al viento, montados por soldados de uniforme.

Kettering estaba contemplando el mural cuando les llamó la secretaria:

– El señor Armando ya puede recibirles. Pasen por aquí, por favor.

Mientras penetraban en un despacho con uno de los paneles acristalado, que daba a la zona externa de operaciones, el director salió a recibirles con la mano extendida. La placa de la puerta le identificaba como Emiliano W. Armando Jr.

– Señor Kettering, encantado de conocerle. Le veo con mucha frecuencia y admiro su trabajo. Aunque supongo que eso se lo dirá todo el mundo.

– De todos modos, se lo agradezco -respondió el periodista, y después presentó a Mony.

Armando les indicó que se sentaran, y cuando ocuparon sus asientos, quedaron frente a un tapiz en tonos azules y amarillos muy vivos, siempre dentro de la temática decorativa del banco.

Kettering observó al director, un hombre pequeño, con la cara arrugada y evidentes señales de cansancio, el pelo blanco más bien escaso y las cejas hirsutas. Armando se movía con nerviosa agilidad, expresión preocupada y, en conjunto, recordó a Kettering a un viejo terrier, incómodo con los cambios que se producían a su alrededor. Instintivamente, empero, el hombre le cayó bien… en contraste con su reciente entrevista con Alberto Godoy.

El banquero se reclinó en su butaca giratoria y suspiró:

– Ya me figuraba yo que el día menos pensado aparecería uno de ustedes por aquí. Ha sido un asunto muy doloroso, desconcertante, la verdad, como me imagino que comprenderán.

Kettering se inclinó hacia delante. El director del banco daba por hecho que él sabía algo que desconocía. Le siguió la corriente con precaución:

– Pues sí, son cosas que pasan.

– Por curiosidad, ¿cómo se han enterado ustedes?

El periodista reprimió la pregunta «¿De qué?» y sonrió.

– En la televisión tenemos nuestras fuentes de información, aunque a veces no podemos revelarlas.

Advirtió que Mony atendía con gran interés a la conversación, pero manteniendo una expresión imperturbable. Bueno, aquel joven ambicioso estaba tomando lecciones de periodismo a destajo.

– Me preguntaba si habría sido el artículo del Post -dijo Armando-. Dejaba muchos cabos sueltos.

Kettering frunció el entrecejo:

– Es posible que lo haya leído. ¿No ha guardado usted ningún recorte?

– Sí, claro.

Armando abrió un cajón de su mesa y sacó un recorte de prensa guardado en una funda de plástico. El titular rezaba: