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CRIMEN PASIONAL DE UN DIPLOMÁTICO

Kettering echó un vistazo al reportaje, comprobó la fecha del diario, publicado el domingo de la semana anterior, hacía diez días. Cuando leyó las referencias a los dos muertos -Helga Efferen, empleada del American-Amazonas Bank, y José Antonio Salaverry, miembro de la delegación peruana ante las Naciones Unidas-, comprendió los motivos del disgusto del banquero. Lo que no vio demasiado claro era la relación del incidente con el asunto que le había llevado hasta allí.

Kettering tendió el recorte a Mony y centró la atención en Armando, aguijoneándole:

– Ha hablado usted de cabos sueltos, creo.

El director del banco asintió:

– El artículo recoge la interpretación de la policía. Personalmente, no creo que sucediera así.

Sin perder la esperanza de encontrarle alguna relación, Kettering le preguntó:

– ¿Le importaría decirme por qué?

– Todo ese desgraciado asunto era demasiado complejo para una explicación tan sencilla.

– Obviamente, conocía usted a su empleada. ¿Y al hombre, a Salaverry, le conocía?

– Por desgracia, tal y como acabaron las cosas, sí.

– ¿Quiere usted explicármelo?

Armando vaciló antes de contestar.

– Señor Kettering, me siento inclinado a ser sincero con usted. Sobre todo porque creo que lo que hemos descubierto en el banco durante los diez últimos días acabará saliendo a la luz pública de todos modos, y porque sé que usted nos hará justicia en su reportaje. Sin embargo, el banco me impone unas obligaciones. El nuestro es un establecimiento sólido y respetado en América Latina, además de poseer éste y otros trampolines en los Estados Unidos. ¿Puede usted esperar un día o dos para que me dé tiempo a consultar con el consejo de administración?

¡Había alguna relación! Por instinto una vez más, Kettering negó con la cabeza rotundamente.

– No podemos esperar. La situación es muy crítica y están en juego varias vidas humanas.

Decidió que ya era el momento de poner las cartas boca arriba.

– Señor Armando -prosiguió-, en la CBA tenemos razones para creer que su banco está implicado de alguna manera en el secuestro, hace dos semanas, de la esposa de Crawford Sloane y otros dos miembros de su familia. Estoy seguro de que habrá oído hablar de ello. Por lo tanto se plantea esta pregunta: ¿Guarda este otro episodio, la muerte de Efferen y Salaverry, alguna relación con el secuestro?

Si Armando parecía preocupado hasta entonces, la declaración de Kettering cayó como un bombazo. Como desbordado, apoyó los codos en la mesa y apoyó la frente en las manos. Al cabo de unos segundos levantó la vista.

– Sí, es posible -dijo en un susurro-. Ahora lo comprendo. No es sólo posible, es más que probable. -Luego continuó cansadamente-: Es una reacción muy egoísta, ya lo sé, pero voy a retirarme dentro de unos meses y lo único que se me ocurre es: ¿Por qué no podía haber sucedido todo esto después de que me hubiera jubilado?

– Comprendo su situación. -Kettering intentó dominar su impaciencia-. Pero el hecho es que usted y yo estamos aquí, y estamos metidos en ello. Evidentemente, las informaciones que poseemos no son las mismas y, evidentemente también, los dos adelantaremos mucho si las juntamos.

– De acuerdo -accedió Armando-. ¿Por dónde empezamos?

– Déjeme a mí. Sabemos que una buena suma de dinero, por lo menos diez mil dólares en efectivo y probablemente mucho más, ha llegado a manos de los secuestradores a través de su banco.

El director asintió gravemente.

– Reuniendo sus datos y los míos, muchísimos más, definitivamente. -Hizo una pausa-. Si le ayudo a atar cabos, ¿es imprescindible que me cite usted directamente?

Kettering reflexionó.

– Probablemente no. Existe un acuerdo llamado «fuentes sin especificar». Si le parece bien, podemos dialogar sobre esa base.

– Lo preferiría. -Armando hizo una pausa para ordenar sus pensamientos-. En este banco tenemos varias cuentas de las delegaciones de las Naciones Unidas. No voy a profundizar en el tema. Tan sólo decirle que nuestro banco mantiene estrechos vínculos con algunos países; por eso mismo está esta agencia tan cerca de la sede de la ONU. Varias personas de las diferentes delegaciones tienen autoridad sobre esas cuentas, y una de ellas en particular estaba controlada por el señor Salaverry.

– ¿Una cuenta de la delegación peruana?

– Sí, relacionada con la delegación peruana. Aunque no estoy seguro de cuántas personas tenían conocimiento de la existencia de dicha cuenta aparte de Salaverry, que tenía potestad para firmar y utilizarla. Comprenderá usted que cada delegación ante la ONU puede tener varias cuentas, algunas con propósitos específicos.

– Sí. Pero centrémonos en la que nos interesa.

– Bien. Durante los últimos meses han estado entrando y saliendo de esa cuenta unas sumas muy sustanciales. Todos esos movimientos eran absolutamente legales, sin ninguna irregularidad por parte del banco, excepto por una cosa extraordinaria.

– ¿Cuál?

– La señorita Eneren, que tenía unas atribuciones bastante amplias como secretaria de dirección, se las arregló para manejar personalmente esa cuenta, ocultándome a mí y a los demás empleados la existencia de la cuenta y el resto del proceso.

– En otras palabras, manteniendo en secreto el origen del dinero y su destinatario.

– Exactamente -asintió Armando.

– ¿Y quién era su destinatario?

– En todas las oportunidades, José Antonio Salaverry, contra su firma. No hay ninguna otra firma autorizada en esa cuenta y todos los pagos se hicieron en efectivo.

– Retrocedamos un poco -dijo Kettering-. Nos ha dicho usted que no acepta la versión de la policía acerca de la muerte de Efferen y Salaverry. ¿Por qué?

– Cuando empecé a descubrir cosas la semana pasada, se me ocurrió que el último responsable de la utilización de esa cuenta, suponiendo que Salaverry fuera un intermediario, que es lo más probable, era asimismo responsable de las dos muertes, y que el asesinato y el posterior suicidio pasionales eran sólo una tapadera. Pero ahora que me ha dicho usted que tiene algo que ver con los secuestradores de la familia Sloane, parece probable que hayan sido ellos.

Aunque el ajado director se hallaba bajo grandes presiones y estaba a punto de retirarse, Kettering pensó que su capacidad de deducción era impecable. Se dio cuenta de que Mony estaba nervioso y le dijo:

– Si tienes alguna pregunta, Jonathan, adelante.

Mony dejó a un lado unas notas que había estado tomando y se adelantó un poco en la silla:

– Señor Armando, en su opinión, ¿por qué mataron a esas dos personas?

El director se encogió de hombros:

– Pues porque sabían demasiado, me figuro.

– ¿El nombre de los secuestradores, por ejemplo?

– Pues, por lo que me ha dicho el señor Kettering, entra dentro de lo posible.

– ¿Y qué me dice del origen del dinero que sacaba Salaverry? ¿Sabe usted de dónde procedía?

Por vez primera, el banquero tuvo un momento de vacilación.

– Desde el lunes lo he estado discutiendo con los miembros de la delegación peruana ante la ONU. Están realizando una pequeña investigación por su cuenta. Lo que han podido descubrir hasta ahora, me ha sido comunicado confidencialmente.

– No le vamos a citar directamente -le interrumpió Kettering-, hemos quedado en ello. Así que díganoslo, por favor. ¿De dónde procedía el dinero?

Armando suspiró.

– Señor Kettering, le voy a hacer una pregunta: ¿Tiene alguna noticia de una organización llamada Sendero Luminoso?

La cara de Kettering se crispó mientras le contestaba fríamente:

– Sí, claro.

– No tenemos absoluta seguridad -dijo el banquero-, pero cabe la posibilidad de que fueran ellos quienes alimentaran esa cuenta.