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Después de dejar a Kettering y Mony en cuanto cruzaron el puente Queensboro, Harry Partridge y Minh Van Canh se detuvieron a almorzar en el Wolf’s Delicatessen de la calle Cincuenta y siete oeste, junto a la Sexta Avenida. Con sendos bocadillos gigantes de pastrami caliente, Partridge miró a Minh, que ese día parecía pensativo, inusualmente preocupado, aunque ello no había afectado la eficacia de su tarea en la casa de pompas fúnebres de Godoy. Desde el otro lado de la mesa, la cara cuadrada de Minh, picada de viruelas, le devolvía una mirada impasible entre bocado y bocado de pastrami chorreando mostaza.

– ¿Qué te pasa, viejo camarada? -le preguntó Partridge.

– Unas cuantas cosas.

La respuesta era típica de Van Canh y Partridge no quiso seguir insistiendo. Sabía que Minh le contestaría con más detalle a su aire, cuando tuviera ganas.

Entretanto, Partridge confió a Minh sus intenciones de irse a Colombia, acaso al día siguiente. Añadió que no sabía si le acompañaría alguien; se lo consultaría a Rita. Pero si necesitaba un cámara, el día siguiente o cuando fuese, quería que fuera Minh.

Van Canh lo meditó, sopesando la decisión. Luego asintió.

– De acuerdo, Harry. Lo haré por ti. Y por Crawf. Pero será la última vez, nuestra última aventura.

Partridge se quedó de piedra.

– ¿Quieres decir que te vas?

– Se lo he prometido a mi familia. Lo hemos hablado anoche. Mi mujer quiere que pase más tiempo en casa. Nuestros hijos me necesitan, mis asuntos también. Así que en cuanto volvamos, me marcho.

– ¡Pero así, tan de repente…!

Van Canh le dedicó una de sus escasas sonrisas:

– ¿Tan de repente como una orden, a las tres de la madrugada, de salir zumbando hacia Sri Lanka o Gdansk?

– Te comprendo. Aunque te voy a echar muchísimo de menos. Sin ti, esto no volverá a ser lo mismo.

Partridge sacudió tristemente la cabeza, aunque la decisión no le sorprendía. Como vietnamita trabajando al servicio de la CBA-News, Minh había sobrevivido a peligros extraordinarios durante la guerra de Vietnam. Poco antes de que acabara, consiguió sacar a su esposa y sus dos hijos en un avión antes de la caída de Saigón, lo cual no le impidió tomar unas imágenes soberbias del suceso.

En los años que siguieron, la familia Van Canh se adaptó al modo de vida norteamericano; sus hijos, como tantos otros inmigrantes vietnamitas, estudiaron de firme, terminaron la segunda enseñanza y en ese momento asistían a la universidad. Partridge les conocía y les admiraba, a veces incluso envidiaba la solidaridad de la familia. Entre otras cosas, vivían con austeridad mientras Minh ahorraba e invertía la mayor parte del jugoso salario que ganaba en la CBA. Tanto es así que entre sus colegas corría el rumor de que Minh era millonario.

Partridge sabía que esto último entraba dentro de lo posible, porque durante los últimos cinco años Minh había adquirido varios comercios modestos de fotografía en los suburbios de Nueva York, cuya explotación, con ayuda de su esposa, Thanh, había incrementado notablemente su capacidad económica.

También era razonable que Minh, en ese estadio de su vida, decidiera que ya estaba harto de tanto viajar y de sus prolongadas ausencias, y que ya había corrido bastantes riesgos, incluyendo cuando acompañaba a Harry Partridge a sus peligrosas misiones.

– Por cierto, ¿qué tal van tus negocios? -preguntó Partridge.

– Muy bien. -Minh volvió a sonreír y añadió-: Pero se han desarrollado tanto que Thanh no puede llevarlos sola cuando yo no estoy.

– Me alegro -dijo Partridge-, porque nadie se lo merece más que tú. Y espero que nos sigamos viendo de vez en cuando.

– Puedes contar con ello, Harry. En nuestra casa encabezas la lista de los invitados de honor.

Cuando terminaron de almorzar, después de dejar a Van Canh, Partridge entró en una tienda de artículos deportivos, donde compró varios pares de calcetines gruesos, un par de botas de excursionista y una buena linterna. Sospechaba que los necesitaría muy pronto. Llegó a la CBA a media tarde.

En la sala de conferencias del equipo especial, Rita Abrams le llamó con la mano:

– Un desconocido lleva todo el día intentando localizarte. Ha telefoneado tres veces desde esta mañana. No ha querido dar su nombre, pero ha dicho que era esencial que hablara contigo hoy mismo. Le he dicho que antes o después pasarías por aquí.

– Gracias. Me gustaría discutir una cosa contigo. He decidido irme a Bogotá.

Partridge se calló al oír unos pasos precipitados que se acercaban a la sala de juntas. Al instante apareció Don Kettering, seguido de Jonathan Mony.

– ¡Harry! ¡Rita! -dijo Kettering sin aliento por la carrera-. Creo que hemos destapado la lata de gusanos.

Rita echó un vistazo a su alrededor, consciente de los oídos que se tendían en la sala.

– Vamos a uno de los despachos -dijo, abriendo camino hacia el suyo.

Kettering tardó veinte minutos, ayudado ocasionalmente por Mony, en describir todas sus averiguaciones. Les enseñó el artículo del New York Post sobre el supuesto asesinato de Efferen seguido del suicidio de Salaverry, en una fotocopia que les dio el director del American-Amazonas Bank antes de marcharse. Ambos corresponsales y Rita sabían que, en cuanto acabara su reunión, la CBA-News conseguiría rutinariamente toda la información relativa a ese tema.

Cuando Rita leyó el recorte de prensa, preguntó a Kettering:

– ¿Crees que debemos investigar esas dos muertes?

– Quizá sí, aunque ahora eso ya es secundario. La auténtica historia es la conexión con Perú.

– Totalmente de acuerdo -dijo Partridge-, y además Perú ya había salido a relucir.

Recordó su conversación con Manuel León Seminario, editor y propietario de la revista limeña Escena, dos días atrás. Aunque no había sacado en claro nada específico, Seminario le había dicho: «Hoy en Perú, los secuestros están a la orden del día».

– Aunque hayamos descubierto alguna relación con Perú -señaló Rita-, no olvidemos que no tenemos la seguridad de que hayan sacado del país a las víctimas del secuestro.

– No se me olvida -dijo Partridge-. ¿Tienes alguna otra cosa, Don?

Éste asintió:

– Sí. Antes de irnos del banco he conseguido que el director accediera a dejarse entrevistar ante las cámaras, tal vez hoy, a última hora. Sabe que se está jugando el cuello ante los dueños del banco, pero es un tipo mayor, una persona muy íntegra, y dice que se arriesgará. Si te parece bien, Harry, puedo entrevistarle yo mismo.

– Me parece muy bien. Además, la historia es tuya. -Partridge se dirigió a Rita-: Retiro lo dicho acerca de Bogotá. Me voy a Lima. Quiero estar allí mañana por la mañana.

– ¿Qué vamos a informar y cuándo?

– Todo lo que sabemos y cuanto antes. El momento exacto lo discutiré con Les y Chuck, pero, de ser posible, quisiera contar con veinticuatro horas de libertad en Perú antes de que se presente un ejército de corresponsales, lo cual ocurrirá en cuanto comuniquemos lo que tenemos.

– Bueno -prosiguió-, pues empecemos ahora mismo. Esta noche lo organizamos todo. Convoca a todo el equipo especial a una reunión -Partridge consultó su reloj; las tres y cuarto- a las cinco en punto.

– ¡A la orden!

Rita sonrió, encantada con la acción.

En ese momento sonó el teléfono de su mesa. Contestó ella misma y, tapando el receptor con la mano, susurró a Partridge: -Es ese hombre… el que lleva todo el día intentando localizarte.

Él cogió el aparato:

– Diga, soy Harry Partridge.

– No se le ocurra mencionar mi nombre durante esta conversación. ¿Está claro?

La voz de su interlocutor sonaba amortiguada, acaso deliberadamente, pero Partridge reconoció a su contacto, el abogado criminalista.

– Sí, muy claro.

– ¿Sabe quién soy?

– Sí.

– Le llamo desde una cabina telefónica, para que no se pueda localizar la llamada. Y otra cosa: si revela usted alguna vez mi nombre como fuente de lo que voy a contarle, juraré que es usted un mentiroso y lo negaré todo. ¿Lo ha entendido bien?