– …para que nos suelten, sólo debéis seguir, a la mayor brevedad posible y con toda exactitud, las instrucciones que acompañan esta grabación…
Inmediatamente después de pronunciar la palabra «grabación», Jessica se humedeció los labios con la lengua. Sabía que se la jugaba, tanto ella como Nicky, pero pensó que su gesto parecería natural y pasaría inadvertido. La ausencia de objeciones le demostró que estaba en lo cierto; había confirmado a Crawf y los demás que el sentido de esas palabras le era ajeno. A pesar de todo lo que había sucedido, sintió un estremecimiento de satisfacción mientras seguía leyendo el texto de las pancartas que sostenía Gustavo.
– …pero tened bien presente una cosa: si no obedecéis estas instrucciones, no volveréis a vernos a ninguno de nosotros, nunca. Os suplicamos que no lo permitáis…
¿Qué instrucciones serían ésas… el precio que pedían sus secuestradores a cambio de su liberación? Jessica se lo preguntaba en silencio, sabiendo que era mejor no intentar averiguar nada. Entretanto, le quedaba poco tiempo para el otro mensaje. Debía elegir: ¿La oreja derecha o la izquierda? ¿Cuál?
Desde luego, aquella gente estaba armada, y quizás bien organizada, pero algunas veces se relajaba la seguridad y muchas noches sus guardianes se quedaban dormidos… algunas veces les oían roncar. Jessica tomó una decisión y se rascó la oreja derecha. ¡Ya estaba! ¡No se habían dado cuenta! Acabó de recitar su texto.
– Esperaremos, contamos con vosotros, deseamos desesperadamente que toméis la decisión acertada y…
Segundos más tarde todo había concluido. Jessica cerró con alivio los ojos, Miguel apagó los focos y retrocedió, con una sonrisita de satisfacción en la cara.
Socorro tardó una hora en acudir, una hora de dolor para Nicky y de angustia para Jessica y Angus, que oían los gemidos del niño desde su cama, pero no podían acercarse a él. Jessica había pedido al guardián -con palabras y gestos- que la dejara entrar en la celda de su hijo. Pero el hombre, aun sin saber su lengua, la había entendido y le había contestado, negando con la cabeza:
– No se permite*
Un arrollador sentimiento de culpabilidad embargó a Jessica.
– Oh, cariño -le gritó a través de los barrotes-, lo siento, lo siento muchísimo… De haber sabido lo que pensaban hacerte, habría grabado el vídeo en seguida. Nunca llegué a imaginarme…
– No te preocupes, mamá. -Nicky, con todo su dolor, intentaba consolarla-. No ha sido culpa tuya.
– Quién se iba a figurar que esos salvajes harían algo así, Jessie… -le dijo Angus desde su celda-. ¿Todavía te duele, valiente?
– Sí, bastante.
Se le quebró la voz.
– ¡Llame a Socorro! -gritó Jessica al guardia una vez más-. ¡La enfermera! ¿Me entiende? ¡Socorro!
El hombre no se dio por aludido. Estaba sentado, leyendo una especie de tebeo, y no levantó la mirada.
Por fin se presentó Socorro, al parecer por propia iniciativa.
– Por favor, atienda a Nicky -le rogó Jessica-. Sus amigos le han quemado.
– Probablemente se lo merecía.
Socorro indicó al guardián que abriera la puerta de la celda de Nicky y luego se coló dentro. Cuando vio las cuatro quemaduras profirió un chasquido con la lengua. Luego se levantó y salió de la celda; el vigilante cerró el candado.
– ¿Piensa volver? -llamó Jessica.
Por un momento, pareció que Socorro iba a soltarle otra de sus bruscas respuestas. Pero asintió con la cabeza antes de salir. A los pocos minutos regresó con una palangana, una jarra de agua y un paquete, del que sacó unas gasas y unas vendas de tela.
Observándola a través de los barrotes, Jessica vio cómo Socorro lavaba con delicadeza las quemaduras del niño con agua. Nicky se encogía, pero no profirió una queja. Después de secarlas, Socorro taponó las heridas con unas gasas que sujetó con esparadrapo.
– Gracias -le dijo Jessica con cautela-. Es usted experta. ¿Podría decirme…?
– Son quemaduras de segundo grado. Se le curarán. Le quitaré los vendajes dentro de unos días.
– ¿No tiene nada para el dolor?
– Esto no es un hospital. Tendrá que aguantarse. -Luego se volvió hacia Nicky, seria y con voz cortante-: Quédate en la cama, niño. Mañana te dolerá menos.
Jessica decidió hacer otro intento:
– Por favor… ¿puedo estar un poco con él? Tiene once años y soy su madre. ¿Me deja estar un poquito con él, sólo estas primeras horas?
– Ya se lo he preguntado a Miguel y me ha dicho que no.
Y Socorro se fue.
Se produjo un silencio y luego Angus dijo, bajito: -Me gustaría poder hacer algo por ti, Nicky. La vida no es justa. No te merecías todo esto.
Silencio.
– Abuelo…
– ¿Sí, nieto?
– Sí que puedes hacer algo…
– ¿En serio? Pídemelo.
– Cuéntame cosas de tus viejas canciones. Y cántame una, si puede ser.
A Angus se le cuajaron los ojos de lágrimas. Su petición no necesitaba más explicaciones.
Las canciones fascinaban a Nicky. Algunas noches de verano, en la casa que tenían los Sloane a orillas del lago, en Johnstown, al norte del estado de Nueva York, abuelo y nieto charlaban y escuchaban las canciones de la Segunda Guerra Mundial que, dos generaciones atrás habían sostenido a Angus y a muchos otros como él. Nicky no parecía cansarse nunca de ellas y Angus se esforzó en recordar las palabras y las frases que había empleado en el pasado.
– Todos los pilotos de las Fuerzas Aéreas, Nicky, teníamos un cariño tremendo a nuestras colecciones de discos de setenta y ocho revoluciones por minuto. Estos discos desaparecieron hace mucho tiempo. Apuesto a que tú nunca has visto ninguno.
– Sí, una vez. El padre de un amigo mío tenía varios.
Angus sonrió. Como Nicky sabía muy bien, habían mantenido un diálogo idéntico hacía tan sólo unos meses.
– Bueno, en cualquier caso, llevábamos aquellos discos personalmente de base en base, ya que, como eran tan frágiles, nadie dejaba que otro se encargara de transportarlos. Y todas las residencias de oficiales vivían al son de las bandas de Benny Goodman, Tommy Dorsey, Glenn Miller, y los solistas eran los jóvenes Frank Sinatra, Ray Eberle, Dick Haymes. Escuchábamos sus canciones y luego las cantábamos en la ducha.
– Cántame alguna, abuelo.
– Dios mío, no sé si… con los años me estoy quedando sin voz.
– ¡Inténtalo, Angus! -le pidió Jessica-. Si puedo, te haré coro.
El anciano buceó en su memoria. ¿Tenía Nicky alguna preferida? Sí, recordó, la tenía. Tomó aliento y empezó, tras echar un vistazo al guardián, preguntándose si le permitiría infringir las estrictas normas de silencio. Pero el hombre no pareció preocuparse de que estuvieran hablando y siguió pasando las páginas de su tebeo.
En sus buenos tiempos, Angus tenía buena voz; ahora, como el resto de su persona, estaba gastada e insegura. Pero tenía la letra muy clara en la cabeza, su recuerdo persistía…
I'll be seing you
In all the familiar places
That this heart of mine embraces all day thru…
Jessica le acompañó, sin saber muy bien de dónde recordaba la canción. Poco después, la vocecita de tenor de Nicky se les sumaba.
In that small cafe,
The park across the way,
The children's carousel,
The chestnut trees, the wishing well.
I'll be seing you
In every lovely summer's day,
In everything that's light and gay.
I'll always think of you that way,
I'll find you in the morning sun;