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– Es tan peligroso, cariño… Van todos al revés.

Afortunadamente, como no lograba adaptarse a conducir por la izquierda, Gemma no tuvo el menor deseo de conducir su coche y cuando estaba sola se desplazaba a pie, en metro o en taxi.

La National Gallery fue uno de los muchos museos que visitaron, aunque también saborearon otros espectáculos, convencionales u originales, desde el cambio de guardia del palacio de Buckingham hasta las ventanas ciegas de los edificios de principios del siglo xix, cuando se decretó un impuesto sobre las ventanas para financiar la guerra contra Napoleón.

Un día contrataron a un guía, que les mostró una estatua de la reina Ana que, según él, tuvo diecinueve embarazos y fue enterrada en un ataúd de cuatro metros cuadrados. Ante New Zealand House, el antiguo hotel Carlton, les contó que Ho Chi Minh había trabajado allí como portero, anécdotas que Gemma adoraba e iba garabateando en un cuaderno cada vez más voluminoso.

Uno de sus pasatiempos dominicales favoritos era acercarse al Speakers' Comer junto a Marble Arch donde, según explicaba Partridge, los profetas, los fanfarrones y los lunáticos gozaban de igualdad».

– Pues yo no veo qué tienen de extraordinario -le dijo Gemma un día, después de escucharles-. Algunos de los discursos que dais en la tele no son mucho mejores que éstos. Tendrías que hacer un reportaje sobre Speakers' Comer para la CBA.

Poco después, Partridge mandó dicha sugerencia a Nueva York y la Herradura la aprobó en seguida. Realizó un reportaje en tono de humor, que colaron al final del noticiario del viernes por la noche y fue muy alabado.

Otro de sus hitos fue su visita al Brown's Hotel, fundado por el mayordomo de Lord Byron, donde tomaron el té, la más británica de las experiencias, con un servicio impecable, emparedados exquisitos, tortas, mermelada de fresa y crema cuajada de Devonshire.

– Es un ritual sagrado, mio amore -declaró Gemma-. Como la comunión, pero más rico.

En resumen, todo lo que hacían juntos se convertía en una experiencia dichosa. Y entretanto, el embarazo de Gemma progresaba, prometiendo mayor felicidad para el futuro.

Durante el séptimo mes de embarazo de Gemma, Partridge se fue a París, a una misión de veinticuatro horas. La oficina parisina de la CBA-News estaba escasa de personal y necesitaba cubrir las acusaciones a una película americana que hacía un retrato crítico -y al parecer erróneo- sobre la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Partridge realizó el reportaje, que se envió a Nueva York vía satélite desde Londres, aunque él dudaba que fuera lo bastante importante para el boletín nacional de la noche. Y al final, no lo fue.

Luego, en las oficinas de París, cuando estaba a punto de irse al aeropuerto, le pasaron una llamada telefónica:

– Harry, te llaman desde Londres. Es Zeke.

Zeke era Ezekiel Thompson, el jefe de la oficina de Londres, un hombretón duro, austero y negro. Para quienes trabajaban con él, parecía insensible. Lo primero que advirtió Partridge al coger el teléfono fue la turbación y la angustia de la voz de Zeke.

– Harry, nunca había tenido que hacer una cosa como ésta… no sé cómo decírtelo… pero… -logró articular.

Luego, Zeke consiguió contarle el resto, como pudo.

Gemma había muerto. Se disponía a atravesar una calle en un cruce con mucha circulación, en Knightsbridge, y, según todos los testigos, había mirado a la izquierda en lugar de a la derecha. ¡Oh, Gemma! Mi querida, maravillosa Gemma, cabeza de chorlito, que creía que en Gran Bretaña todo el mundo conducía por la mano contraria, que todavía no había aprendido a qué lado había que mirar para cruzar la calle… Un camión, que venía por su derecha, la había atropellado. Los que lo presenciaron dijeron que no fue culpa del conductor del camión, que no pudo evitarlo…

Su hijo -un varón descubrió Partridge más adelante- no había podido salvarse.

Partridge regresó a Londres y, cuando terminó de hacer todos los trámites y se quedó solo en el piso que habían compartido, lloró. Se encerró solo durante días, negándose a ver a nadie, derramando todas las lágrimas no sólo por Gemma, sino todas las que no había derramado a lo largo de los años.

Lloró al fin por los niños galeses que murieron en Aberfan, cuyos patéticos cuerpecitos había visto rescatar de aquel mar inmundo de escoria. Lloró por los niños que morían de hambre en África mientras las cámaras filmaban y Partridge, con los ojos secos, escribía en su cuaderno. Lloró por todos los muertos de todos los lugares trágicos que había visitado, por todos los desamparados que había visto, cuyos gemidos había oído y cuyos sufrimientos había descrito, cuando no era más que un periodista realizando su trabajo.

Y en medio de todo aquello, recordó las palabras de la psiquiatra que le había dicho una vez: «Estás almacenando, guardando tus emociones en tu interior. Pero algún día estallará todo, saldrá a la superficie, y llorarás. ¡Oh, sí, llorarás, y no sabes cuánto!».

Después, sin saber cómo, recompuso su vida. La CBA-News le ayudó manteniéndole ocupado, negándole un momento de introspección, mandándole de una misión difícil a otra más difícil que la anterior. Al cabo de poco tiempo, Partridge estaba siempre en los lugares de mayor conflicto y peligro. Corrió toda clase de riesgos, de los que salía siempre ileso, tanto que se hubiera dicho -él mismo lo pensaba- que era cosa de magia. Y así fueron pasando los meses, y luego los años.

Últimamente, había épocas de su vida en que, si no conseguía olvidar a Gemma, por lo menos no pensaba tanto en ella. Y también había épocas -como durante las dos últimas semanas, desde el secuestro de los Sloane- en que la tenía siempre presente.

En cualquier caso, desde los días de desesperación siguientes a la muerte de Gemma, no había vuelto a llorar.

De nuevo en el Learjet, a una hora de Bogotá, volvía a vencerle el sueño y la mente de Harry Partridge confundía el pasado y el presente… Gemma y Jessica se fundían en una sola… Gemma-Jessica… Jessica-Gemma. Daba igual cómo se le pusieran las cosas, la encontraría y la rescataría. Tenía que salvarla. Se durmió.

Cuando despertó, el Lear estaba aterrizando en Bogotá.

2

Los contrastes de Lima, pensó Harry Partridge, eran tan absolutos y patentes como las crisis y los conflictos, políticos y económicos, que dividían amarga, a veces salvajemente, todo Perú.

La capital, una ciudad inmensa, árida y desperdigada, estaba dividida en varios segmentos, que ostentaban opulencia unos y miseria otros, con odios como flechas envenenadas entre ambos extremos. A diferencia de otras muchas ciudades que conocía, en Lima no había término medio. Caserones palaciegos rodeados por jardines primorosamente cuidados, edificados en la mejor tierra de la zona, se codeaban con barriadas infectas.

La multitud de desposeídos, los habitantes de los arrabales, la mayor parte hacinados en inmundas chabolas de cartón, eran tan desgraciados y el odio que brillaba en sus ojos tan feroz, que en sus anteriores visitas a Perú Partridge había tenido una sensación de revolución latente. En ese momento, por lo que había averiguado durante su primer día de estancia, se cocía alguna forma de insurrección a punto de estallar.