Partridge, Minh Van Canh y Ken O'Hara habían tomado tierra en el aeropuerto Jorge Chávez de Lima a las 13.40. Cuando desembarcaron fue a recibirles Fernández Pabur, colaborador de la CBA en Perú y, en caso necesario, como entonces, empleado fijo.
Les ayudó a pasar los trámites de aduana ignorando la cola -parecía probable que previo pago- y luego les escoltó hasta una furgoneta Ford con chófer.
Fernández era un hombre rechoncho, cetrino y enérgico, de unos treinta y cinco años, con la boca grande y los dientes muy salidos, que mostraba a la menor ocasión en lo que él esperaba resultara una sonrisa deslumbrante. En realidad, como era indudablemente falsa, no deslumbraba en absoluto, pero a Partridge no le importaba. Lo que le gustó de Fernández, con quien ya había tratado en otras ocasiones, era que el colaborador adivinaba instintivamente lo que quería de él y lo conseguía.
Lo primero que había procurado era una suite para Partridge en un elegante hotel de cinco estrellas, el hotel César de Miraflores, y buenas habitaciones para los otros dos.
En el hotel, mientras Partridge se daba una ducha y se cambiaba de ropa, Fernández hizo unas llamadas telefónicas por encargo de Partridge para concretar su primera cita. Se trataba de un antiguo conocido suyo, Sergio Hurtado, editor de informativos de la emisora Radio Andes.
Una hora más tarde, Hurtado y Partridge se reunían en un pequeño estudio de radio habilitado a guisa de despacho.
– Harry, amigo mío, sólo puedo contarte cosas desmoralizantes -le dijo Sergio, respondiendo a su pregunta-. En nuestro país, la ley no existe. La democracia no es ni siquiera una fachada. Estamos en bancarrota en todos los sentidos. Las masacres de inspiración política están a la orden del día. El presidente tiene sus escuadrones de la muerte que hacen desaparecer a la gente impunemente. Te aseguro que estamos al borde de un baño de sangre mayor que ningún otro en toda la historia de Perú. Ojalá fuera todo mentira… Pero por desgracia no lo es.
Aun procedente de un cuerpo grotescamente obeso, la voz profunda y meliflua era tan segura y persuasiva como siempre, advirtió Partridge. No le extrañaba que Sergio controlara la mayor audiencia del país, puesto que la radio era el medio de comunicación más importante, más influyente aún que la televisión. Los telespectadores se reducían a las concentraciones de clases acomodadas de las grandes ciudades.
La butaca de Sergio crujió quejumbrosamente cuando éste movió su masa corporal. Sus papadas eran como dos salchichas gigantes. Sus ojos, que se le habían ido hundiendo en la cara con los años, eran porcinos. Su cerebro, no obstante, funcionaba de maravilla, lo mismo que su distinguida educación norteamericana, que había pasado por Harvard. Sergio apreciaba las visitas de los corresponsales norteamericanos -tenía muchas- en busca de sus bien informadas opiniones.
Después de acordar que el contenido de su conversación tendría carácter oficioso hasta el día siguiente por la tarde, Partridge le puso al corriente de la cronología del secuestro de los Sloane. Luego le preguntó:
– ¿Puedes darme algún consejo, Sergio? ¿Has oído algo que me pueda interesar?
Su interlocutor negó con la cabeza:
– No me he enterado de nada, lo cual no es sorprendente. Sendero Luminoso sabe guardar sus secretos, sobre todo porque mata a quienes cometen indiscreciones. La vida es un buen incentivo para no abrir la boca, pero intentaré ayudarte efectuando un sondeo. Tengo confidentes repartidos por muchos sitios.
– Gracias.
– En cuanto a tu crónica de mañana por la noche, te conseguiré cinta para el satélite y la adaptaré para mi propio uso. Mientras tanto, aquí no nos faltan temas desgraciados. Este país se está yendo al garete política y económicamente y en todos los demás ámbitos.
– La información que nos llega sobre Sendero Luminoso es contradictoria. ¿Están ganando fuerza realmente?
– Pues sí. Y no sólo son más fuertes cada día, sino que controlan más el país. Por eso es tan difícil la tarea que te ha traído aquí, casi diría que imposible. Suponiendo que los secuestradores estén aquí, hay miles de sitios donde esconderse. Pero me alegro de que hayas venido a hablar conmigo antes que nada porque te daré un consejo.
– ¿Cuál?
– No acudas a las instancias oficiales, o sea la policía o las fuerzas armadas peruanas. De hecho, evítalos como aliados, porque no son de fiar, si es que lo han sido alguna vez. A la hora de asesinar y mutilar, no son mejores ni menos despiadados que Sendero Luminoso, desde luego.
– ¿Hay ejemplos recientes?
– Montones. Puedo contarte algunos, si quieres.
Partridge ya había empezado a pensar en la crónica que mandaría para Últimas Noticias. Ya había hablado con Rita Abrams de realizar, cuando ésta llegara el sábado con Bob Watson, un reportaje para la edición del lunes. Partridge esperaba disponer de sabrosos bocados proporcionados por Sergio Hurtado y compañía.
– Dices que la democracia no existe -le preguntó-, ¿es una figura retórica o la pura verdad?
– No es sólo verdad. A un gran sector de la población le da exactamente igual la presencia o la ausencia de la democracia.
– Eso es muy fuerte, Sergio.
– Te lo parece, Harry, desde tu punto de vista parcial. Los americanos consideráis la democracia como el remedio para todos los males, el jarabe que hay que tomarse tres veces al día por prescripción médica. En vuestro país funciona ergo debe funcionar para todo el mundo. Pero la ingenua América olvida que, para que funcione una democracia, la mayor parte de la población ha de poseer algo personal que merezca la pena preservar. Y en general, la mayor parte de los latinoamericanos no lo tienen. Y la cuestión siguiente, naturalmente, es ¿por qué?
– Exacto, ¿por qué?
– En las áreas más deprimidas del mundo, incluida la nuestra, hay dos sectores principales de población: la gente razonablemente educada y rica por un lado; y por otro, los ignorantes y los desgraciados, generalmente condenados al paro. El primer grupo se reproduce moderadamente, el segundo como conejos, creciendo de manera inexorable… como una bomba humana dispuesta a destrozar al primer grupo, con el tiempo -explicó Sergio gesticulando-. No tienes más que salir a la calle y esperar a que ocurra.
– ¿Y hay alguna solución?
– Podría tenerla tu país. No distribuyendo armas o dinero, sino invadiendo el mundo de equipos de educadores para controlar la natalidad, igual que el Peace Corps de Kennedy. Bueno, tardarían varias generaciones, pero el control de natalidad podría salvar al mundo.
– ¿No se te olvida una cosa? -inquirió Partridge.
– Si te refieres a la Iglesia Católica, te recuerdo que yo soy católico. Y también tengo muchos amigos católicos, de categoría, educación y buena posición. Curiosamente, casi todos tienen familias poco numerosas. Y yo me pregunto: ¿es que han reprimido sus inclinaciones sexuales? Conociéndoles, estoy seguro de que no. De hecho, algunos confiesan sin rodeos su total oposición al dogmatismo de la Iglesia acerca de la contracepción, que, dicho sea de paso, es un dogma humano. Con ayuda de los Estados Unidos -añadió-, las voces de protesta contra ese dogma se harían cada vez más fuertes.
– Hablando de confesiones -intervino Partridge-, ¿accederías a repetir ante las cámaras lo que hemos estado discutiendo?
Sergio levantó las palmas de las manos.
– Bueno, querido Harry, ¿por qué no? Quizá una de las cosas que me ha inculcado tu país es el amor a la libertad de expresión. Aquí hablo con toda libertad por la radio, aunque algunas veces me pregunto cuánto tiempo más me dejarán seguir haciéndolo. Lo que digo disgusta tanto al gobierno como a Sendero Luminoso, y ambos tienen armas y municiones. Pero uno no puede vivir eternamente, así que, sí, Harry, lo haré por ti.
Bajo toda aquella grasa, reconoció para sí Partridge, había una persona valerosa y de principios.