– ¿Habíais oído hablar alguna vez del síndrome de Estocolmo, Angus? ¿Nicky…?
– Yo sí -respondió Angus-. Me parece…
– ¿Y tú, Nicky?
– Yo no, mamá. ¿Qué es eso?
El guardián de turno era uno que solía traer tebeos para pasar el tiempo; en ese momento parecía sumergido en su lectura e indiferente a su conversación. Además, Jessica sabía que no hablaba inglés.
– Os lo voy a contar -les dijo.
Podía oír en su memoria las palabras del general Wade explicando a su pequeño grupo de alumnos:
– Una de las cosas que pasan en casi todos los secuestros, de bandas terroristas o no, es que al cabo de cierto tiempo algunos de los rehenes toman simpatía a los terroristas. Algunas veces, llegan a considerar a sus secuestradores como amigos suyos, y a la policía y las fuerzas que están intentando rescatarles como enemigos. Esta reacción se ha denominado síndrome de Estocolmo.
Y era cierto, confirmaron a Jessica sus posteriores lecturas. Le había picado la curiosidad y había investigado por su cuenta el origen de la expresión.
Sucedió en Estocolmo (Suecia), el 23 de agosto de 1973.
Esa mañana, en la céntrica plaza Norrmalmstorg, un convicto huido, Jan-Erik Olsson, de treinta y dos años, penetró en el Sveriges Kreditbanken, uno de los principales bancos de Estocolmo. De debajo de una chaqueta doblada, Olsson sacó un subfusil ametrallador, que disparó al techo, creando el pánico bajo una rociada de cristales y escayola.
La dura prueba que se originó entonces duró seis días.
Durante ese tiempo, ninguno de los participantes tenía ni idea de que durante años, y tal vez siglos, la repetición de la experiencia que compartían se conocería en todo el mundo como «síndrome de Estocolmo», una expresión médica y científica destinada a ser tan familiar entre los estudiantes y los facultativos del mundo entero como la cesárea, la anorexia o la enfermedad de Alzheimer.
Tres mujeres y un hombre, los cuatro empleados del banco, fueron retenidos por Olsson y su cómplice, Clark Olofsson, de treinta y seis años. Los rehenes se llamaban: Birgitta Lundblad, de treinta y un años, rubia y guapa; Kristin Ehnmark, de veintitrés, alegre y morena; Elisabeth Oldgren, de veintiuno, menuda, rubia y amable; y Sven Säfström, un administrativo alto y delgado, de veinticinco años. Durante la mayor parte de esos seis días, el sexteto permaneció confinado en la cámara acorazada de la oficina bancada, desde donde los criminales comunicaron sus exigencias por teléfono: tres millones de coronas suecas en efectivo (unos siete millones de pesetas), dos pistolas y un coche para escapar.
Durante el secuestro, los rehenes sufrieron lo indecible. Les obligaron a permanecer en pie, con cuerdas al cuello, que les habrían estrangulado si se hubieran dejado caer al suelo. De vez en cuando les golpeaban con el fusil ametrallador en las costillas, amenazándoles de muerte. Pasaron cincuenta horas sin probar bocado. Su único aseo eran las papeleras. En la caja fuerte, la claustrofobia y el miedo les invadieron a todos.
Sin embargo, se fue desarrollando una extraña intimidad entre los rehenes y sus secuestradores. En una ocasión, Birgitta podía haber escapado, pero no lo hizo. Kristin logró pasar cierta información a la policía y después admitió: «Me sentí como una traidora». El único varón, Sven, calificó a los criminales de «amables», lo mismo que Elisabeth.
La policía de Estocolmo, que libró una batalla de desgaste para liberar a los prisioneros, tropezó con su hostilidad. Kristin dijo por teléfono que confiaba en los secuestradores y añadió: «Quiero que nos dejen marcharnos con ellos… Han sido muy buenos». Sobre Olsson, declaró: «Nos protege de la policía». Cuando le dijeron que la policía no les haría daño, Kristin replicó: «No lo creo».
Más tarde se averiguó que Kristin y el secuestrador más joven, Olofsson, se daban la mano. Ella misma confesó a uno de los investigadores: «Clark me daba ternura». Y tras la liberación de los rehenes, mientras la trasladaban en camilla a una ambulancia, Kristin gritó a Olofsson: «¡Clark, volveremos a vernos!».
Los técnicos de laboratorio que inspeccionaron la cámara acorazada encontraron restos de semen. Tras una semana de interrogatorio, una de las mujeres, después de negar que hubiera tenido relaciones sexuales, confesó que una noche, mientras los demás dormían, había ayudado a Olsson a masturbarse. Los investigadores, aun escépticos respecto a su afirmación, dejaron de lado ese tema.
Durante sus charlas con los psiquiatras, los rehenes liberados se referían a la policía como «el enemigo» y creían que debían la vida a los criminales. Elisabeth acusó a uno de los médicos de intentar «lavarle el cerebro» con respecto a su opinión de Olsson y Olofsson.
En 1974, casi un año después del drama en el banco, Birgitta fue a visitar a Olofsson a la cárcel y conversó con él durante media hora.
Los doctores de la investigación declararon finalmente que la reacción de los rehenes era la típica de cualquier persona en una «situación crítica de supervivencia». Citaron a Anna Freud, que describe tales reacciones como una «identificación con el agresor». Pero a raíz del drama del banco sueco se consolidó una expresión y memorable: el síndrome de Estocolmo.
– ¡Qué bárbaro, mamá! -exclamó Nicky.
– No lo sabía, Jessie -añadió Angus.
– ¿Sabes algo más? -preguntó Nicky.
– Sí, un poco -contestó Jessica, halagada.
Buceó de nuevo en sus recuerdos del cursillo del general Wade.
– He de daros dos consejos -les dijo un día-. Primero: si sois retenidos como rehenes contra vuestra voluntad, ¡Ojo con el síndrome de Estocolmo! Segundo, en el trato con los terroristas, tened bien presente que la expresión «amad a vuestros enemigos» es una estupidez mayúscula. Y en cuanto al otro extremo, no perdáis tiempo ni esfuerzos odiando a los terroristas, el odio es un sentimiento inútil y agotador. Simplemente, no confiéis en ellos ni un momento, ni les toméis simpatía, y nunca dejéis de considerarles enemigos.
Jessica repitió la advertencia de Wade a Nicky y Angus. Continuó describiéndoles algunos secuestros aéreos, cuyos rehenes acabaron desarrollando sentimientos amistosos hacia sus secuestradores. Tal hecho se produjo en ocasión del famoso secuestro de vuelo 847 de la TWA, en 1985, algunos de cuyos pasajeros expresaron simpatía por los atacantes chiítas y difundieron las opiniones propagandísticas de sus secuestradores.
Más recientemente, les explicó Jessica, un rehén liberado de Oriente Medio -una figura patética, evidentemente víctima del síndrome de Estocolmo- llegó incluso a entregar un mensaje de sus secuestradores al Papa y al presidente de los Estados Unidos, haciéndoles muchísima publicidad. La naturaleza del mensaje no fue revelada, aunque según fuentes oficiosas se consideró banal y sin sentido.
Mayor preocupación produjo el caso de otra víctima de secuestro: Patricia Hearst. Desgraciadamente para ella, que fue arrestada en 1975 y juzgada al año siguiente por los presuntos crímenes que cometió impulsada por sus brutales secuestradores, el suceso de Estocolmo no era aún lo suficientemente conocido para depararle simpatía o justicia. En una de las conferencias antiterroristas de Wade, un abogado americano declaró:
– En términos legales e intelectuales, el juicio de Patty Hearst podría compararse al de las brujas de Salem en 1692. Con nuestros conocimientos actuales, y recordando que el presidente Cárter le conmutó su pena de prisión reconociendo el error, sería una vergüenza para nuestro país que Patricia Hearst muriera sin ser perdonada.