– Es toda esta zona de aquí. -Acevedo señaló un área de la provincia de San Martín, rayada en rojo-. Hasta hace unas tres semanas tuvimos aquí un equipo médico completo, a cargo de un programa de asistencia que realizamos todos los años. Se encargan sobre todo de vacunar a los niños. Es muy importante porque es una zona de selva, donde abundan las enfermedades tropicales, algunas de las cuales pueden ser mortales. En fin, hace tres semanas, Sendero Luminoso, que controla el área, insistió en que nuestra gente se marchara. Protestaron, pero tuvieron que irse. Y ahora queremos volver a llevar allí al equipo, pero Sendero Luminoso se niega.
Partridge estudió la zona delimitada. Había tenido la esperanza de que fuera pequeña. Pero era inmensa, por desgracia. Leyó los nombres de las poblaciones, muy alejadas unas de otras: Tocache, Uchiza, Sión, Nueva Esperanza, Pachiza. Los anotó, sin muchas esperanzas. En la remota probabilidad de que los prisioneros estuvieran en alguno de aquellos pueblos, no sería nada conveniente presentarse en la zona sin saber en cuál. Efectuar un rescate ya era muy difícil, en cualquier parte, y tal vez imposible. La única posibilidad era valerse de la sorpresa.
– Sospecho que he adivinado lo que estás pensando -le dijo Acevedo-. Te preguntas si tus rehenes están en esa zona.
Partridge asintió con la cabeza.
– No lo creo. En tal caso, habríamos oído algún rumor. Yo no me he enterado de nada. Pero la Iglesia tiene una extensa red de contactos. Haré correr la voz y te pondré al corriente de lo que salga.
Partridge comprendió que era lo más que podía hacer. Pero sabía que el tiempo apremiaba y él no había sacado nada en claro acerca del paradero de los Sloane en los días que llevaba allí.
Ese pensamiento le deprimió en el palacio del Arzobispado.
Luego, en su habitación del hotel, recordando todos los acontecimientos del día, le embargó una sensación de frustración y fracaso por el estancamiento de sus indagaciones.
De repente, sonó el teléfono de su mesilla de noche.
– ¡Harry! ¿Eres tú?
Partridge reconoció la voz de Don Kettering.
Después de los saludos, Kettering le dijo:
– Han ocurrido muchas cosas que debes conocer…
Rita, que también se alojaba en el hotel César, contestó al teléfono de su habitación a la segunda llamada.
– Acabo de hablar con Nueva York -le dijo Partridge, y le repitió lo que le había contado Don Kettering acerca del descubrimiento de la casa de Hackensack y los teléfonos inalámbricos-. Don me ha dado un número de Lima con el que hablaron los secuestradores. Quiero averiguar quién es su titular y a qué dirección pertenece.
– Dámelo -le instó Rita.
Él se lo repitió: 28-9427.
– Voy a intentar localizar a Víctor Velasco, de Entel, y ponerlo a trabajar. Te llamaré en cuanto sepa algo. Tardó un cuarto de hora.
– He conseguido encontrar a Velasco en su casa. Dice que no es competencia de su departamento y que le costará bastante conseguir la información, pero cree que la tendrá mañana.
– Gracias -le dijo Partridge.
Poco después se quedaba dormido.
9
Hasta el miércoles a media tarde no pudieron identificar el número de teléfono de Lima que les proporcionó Don Kettering. El director internacional de Entel-Perú se disculpó por la tardanza:
– Son datos confidenciales, por supuesto -explicó Víctor Velasco a Partridge y Rita.
Se hallaban en la cabina de montaje de la CBA en Entel, donde habían estado trabajando con Bob Watson en otro de los reportajes para Nueva York.
– Me ha costado mucho persuadir a uno de mis colegas para que me diera la información, pero al final la he conseguido -prosiguió Velasco.
– ¿Pagando? -preguntó Rita.
Cuando el otro asintió, añadió rápidamente:
– Se lo reembolsaremos.
La información venía en una hoja de agenda arrancada: Calderón, G. Calle Huancavelica 547, 10 F.
– Necesitamos a Fernández -dijo Partridge.
– Ya viene para acá -le informó Rita.
El dinámico colaborador aceitunado llegó a los pocos minutos. Había seguido trabajando con Partridge desde su llegada al aeropuerto de Lima con Minh Van Canh y asistía a Rita en multitud de asuntos. Cuando le explicaron la importancia de la dirección de la calle Huancavelica, Fernández Pabur asintió rápidamente.
– Sé dónde está. Es un antiguo edificio de apartamentos, cerca de la encrucijada con la avenida Tacna, y no puede decirse que sea un barrio -vaciló buscando la palabra apropiada- residencial.
– Sea lo que sea -intervino Partridge-, vámonos ahora mismo para allá. -Luego se dirigió a Rita-: Me gustaría que tú, Minh y Ken me acompañarais, pero primero dejad que entre yo a ver lo que encuentro.
– Pero solo no -objetó Fernández-. Podrían atacarte y robarte, o acaso algo peor. Tomás y yo te acompañaremos.
Tomás era su taciturno y fornido guardaespaldas.
La furgoneta que habían alquilado y que utilizaban regularmente les esperaba frente a la puerta de las oficinas de Entel. Se apretujaron los siete en su interior, pero el trayecto sólo duró diez minutos.
– Ya hemos llegado -dijo Fernández señalando por la ventanilla.
La avenida Tacna era ancha y estaba muy concurrida, y cortaba en ángulo recto la calle Huancavelica. El barrio, no tan siniestro como las barriadas*, había conocido tiempos mejores. El número 547 era un edificio pardusco, grande, con desconchones. Un grupito de hombres, algunos sentados en los escalones de la entrada y otros de pie ociosos a su alrededor, les observaron apearse a los tres del vehículo. Rita, Minh Van Canh y el ingeniero de sonido, Ken O'Hara, se quedaron dentro, con el conductor.
Al ver la expresión poco amistosa y calculadora de los espectadores, Partridge se alegró de que Fernández hubiera insistido en que no fuera solo.
Dentro del edificio, les asaltó un hedor a orines y a descomposición general. Había basura por el suelo. Como era previsible, el ascensor no funcionaba. Y no tuvieron más remedio que subir a pie los nueve pisos por una mugrienta escalera de cemento.
El apartamento F estaba al fondo de un sombrío corredor sin alfombrar. Partridge llamó a la sencilla puerta con los nudillos. Oyó movimiento en el interior, pero no salió nadie a abrir, así que volvió a llamar. Entonces se entreabrió unos centímetros la puerta, sujeta por una cadena. Al mismo tiempo, una aguda voz femenina soltó una parrafada en español, demasiado deprisa para que Partridge la entendiera, aunque captó las palabras animales… asesinos… diablos*.
Sintió que una mano le tocaba el brazo y la rechoncha figura de Fernández se le adelantó. Pegando la boca a la abertura, Fernández habló con idéntica velocidad, pero en un tono razonable y tranquilizador. La voz del interior de la casa perdió brío y enmudeció y por fin se abrió la puerta tras el tintineo de la cadena.
La mujer que tenían delante rondaría los sesenta años. Habría sido guapa en su juventud, pero los años y las penalidades la habían vuelto desastrada y ordinaria. Tenía la piel manchada y el pelo desaliñado, teñido de varios colores. Bajo sus pestañas pegoteadas de restos de maquillaje tenía los ojos enrojecidos e hinchados de llorar y la cara toda llena de churretes. Fernández penetró en el piso, seguido por los otros dos. Ella cerró la puerta poco después, al parecer más serena.
Partridge echó un rápido vistazo a su alrededor. La habitación era pequeña, estaba amueblada modestamente con unas sillas de madera, un sofá con la tapicería bastante gastada, una mesa sencilla cubierta de cosas y una burda estantería de obra y tablas. Curiosamente, estaba llena de libros, sobre todo de grandes volúmenes.
– Por lo visto -dijo Fernández a Partridge-, hace apenas unas horas ha muerto, asesinado, el hombre que vivía con ella. Ella no estaba en casa y al volver lo encontró muerto. La policía se ha llevado el cadáver. Ella nos ha tomado por sus asesinos, creyendo que volvíamos a por ella. La he convencido de que éramos amigos.