Era una distinción semántica que solían emplear las emisoras para hacer exactamente lo contrario de lo que afirmaban, pero a los realizadores de Nueva York les gustaba respetar las formas.
A juzgar por el agradecimiento de Dolores, ésta no entendió o no dio importancia a la explicación. Partridge estaba seguro de que, en cuanto se fueran, la botella de ginebra vacía sería sustituida por otra llena.
Su mente quedó en libertad para dedicarse a lo esenciaclass="underline" planear una expedición de rescate a Nueva Esperanza cuanto antes. La idea le entusiasmó; su vieja adicción al riesgo, las armas y las batallas se reavivó.
10
Durante todos esos días de espera, Crawford Sloane tenía el impulso de telefonear a Harry Partridge a Perú y preguntarle si había alguna novedad. Pero se reprimía, sabiendo que le comunicarían en seguida cualquier descubrimiento. Se hacía cargo, además, de que era importante dejar a Partridge en paz, con libertad para trabajar a su aire. Sloane seguía teniéndole más confianza a Partridge que a cualquier otro que hubiera sido destinado a esa misión en Perú.
Otro de sus motivos para no insistir era que Harry Partridge había hecho gala de consideración, llamando a Sloane a su casa a cualquier hora, por la noche o por la mañana, para ponerle al corriente de sus progresos.
Sin embargo, llevaba varios días sin noticias y, pese a su decepción, Crawford Sloane suponía que no tendría nada que comunicarle.
Estaba equivocado.
Lo que Sloane no sabía, no podía saber de ninguna manera, era que Partridge había decidido que las comunicaciones entre Lima y Nueva York -por teléfono, vía satélite o por correo- no eran seguras. Después de su entrevista con el general Ortiz, el jefe de las fuerzas antiterroristas, tenía muy claro que estaban espiando todos sus movimientos, y le parecía posible que los teléfonos estuvieran intervenidos y tal vez incluso que violaran su correspondencia. Las transmisiones vía satélite estaban al alcance de cualquiera que dispusiera del equipo apropiado y la utilización de una línea telefónica distinta de la habitual no suponía ninguna garantía.
Otro motivo de precaución era que Lima estaba atestada de periodistas, incluidos los equipos de televisión de otras emisoras, que competían en la obtención de noticias sobre el secuestro de la familia Sloane y en la búsqueda de nuevas pistas. Hasta el momento, Partridge había conseguido eludir a la masa de reporteros. Pero, debido a los éxitos de la investigación de la CBA, sabía que despertaban interés tanto sus movimientos como las personas que se entrevistaban con él.
Por todas esas razones, Partridge decidió no comentar, sobre todo por teléfono, su visita al piso de la calle Huancavelica y todo lo que había averiguado allí. Ordenó a sus compañeros de la CBA que observaran la misma norma, previniéndoles que mantuvieran en el más absoluto secreto la expedición a Nueva Esperanza que estaban preparando. Ni siquiera se lo comunicarían a Nueva York, de momento.
Por tanto, el jueves por la mañana, en Nueva York, Crawford Sloane, sin saber una palabra de los descubrimientos de la víspera en Lima, se dirigió a las oficinas de la CBA, adonde llegó poco después de las 10.55.
Le acompañaba un joven agente del FBI, llamado Ivan Ungar, que había dormido en la casa de Larchmont esa noche. El FBI seguía en guardia contra un posible intento de secuestro de Sloane y corría el rumor de que también estaba protegiendo a los presentadores de otras cadenas de televisión. Sin embargo, desde que tuvieron noticias de los secuestradores, la vigilancia de la casa, el despacho y los teléfonos de Crawford Sloane no era tan exhaustiva.
El agente especial Otis Havelock seguía a cargo del caso. Tras el descubrimiento del cuartel general de los secuestradores en Hackensack, acaecido el martes, el FBI había centrado sus esfuerzos allí. Otro de los lugares objeto de investigación, averiguó Sloane, era el aeródromo de Teterboro, a causa de su proximidad con Hackensack. Estaban llevando a cabo un estudio de las hojas de vuelo, durante un período que abarcaba desde el momento del secuestro hasta el día en que se supo que los rehenes estaban en Perú. Pero la progresión era lenta debido al gran número de vuelos realizados en esos trece días.
Cuando Sloane penetró en el vestíbulo de la planta baja de la CBA-News, un guardia de seguridad de uniforme le saludó informalmente, pero no había rastro de agente alguno de la policía neoyorquina, que había permanecido apostada allí durante más de una semana desde el secuestro.
Ese día entraba y salía del edificio el habitual río de gente, y aunque los que entraban eran filtrados en el mostrador de recepción, Sloane se preguntó si la seguridad de la CBA no se estaba relajando un poco, como en los viejos tiempos.
Escoltado por el agente Ungar, tomó el ascensor hasta el cuarto piso y luego se dirigió a su despacho adjunto a la Herradura, donde estaban trabajando varios colegas suyos, que levantaron la cabeza y le saludaron. Sloane dejó abierta la puerta de su despacho y Ungar se sentó fuera, cerca de la puerta.
Mientras colgaba su gabardina en el perchero, Sloane advirtió sobre su mesa un paquetito de polietileno, parecido a los de reparto de comida preparada. Había varios establecimientos de esa clase en el vecindario, que hacían buen negocio con la CBA, sirviendo desayunos o almuerzos que les encargaban por teléfono. Como Sloane no había encargado nada y solía almorzar en la cafetería, pensó que se lo habrían llevado por error.
Le sorprendió, pues, que el paquete, cuidadosamente atado con un cordelito blanco, luciera la inscripción «C. Sloane». Sin prestarle demasiado interés, cogió las tijeras del cajón, cortó el cordel y abrió la cajita. Hubo de sacar unas cuanta hojitas de papel blanco antes de descubrir su contenido.
Tras contemplarlo con incredulidad durante unos segundos, petrificado, Sloane profirió un alarido angustioso y ensordecedor. Sus compañeros de trabajo levantaron la cabeza. El agente Ungar se levantó de un brinco y penetró en el despacho a todo correr, empuñando su pistola. Pero encontró a Sloane solo, gritando a más y mejor, mirando el paquete con los ojos desorbitados y enloquecidos y la cara cenicienta.
Los demás se levantaron y acudieron también a su despacho. Algunos llegaron a entrar y una docena o más se quedó bloqueando la puerta. Una realizadora se inclinó sobre la mesa de Sloane y vio el contenido de la cajita blanca.
– ¡Dios mío! -murmuró, sintiendo que se mareaba y retrocediendo.
El agente Ungar examinó la cajita, vio dos dedos humanos salpicados de sangre negra y, superando su revulsión, se hizo cargo rápidamente de la situación. Ordenó a los que se atropellaban en el despacho y ante la puerta:
– ¡Todo el mundo fuera, por favor!
Luego descolgó el teléfono, pulsó el botón de la centralita y dijo: -Póngame con Seguridad, ¡rápido! -Cuando le contestaron, recitó de un tirón-: Soy el agente Ungar del FBI y esto es una orden. Avise a todos los guardias que no dejen salir a nadie del edificio desde este momento. Sin excepción. Si alguien se resiste, que utilicen la fuerza. Después de dar esta orden, llame a la policía municipal. Voy a bajar al vestíbulo. Quiero que algún encargado de Seguridad se reúna allí conmigo.
Mientras Ungar hablaba por teléfono, Sloane se derrumbó en su butaca. Como comentaría alguien más tarde, «como muerto».
El director de realización, Chuck Insen, se abrió paso a codazos hasta la mesa, preguntando:
– ¿Qué pasa aquí?
Al reconocerle, Ungar le señaló la cajita blanca y le instruyó:
– No toquen absolutamente nada. Le sugiero que se lleve al señor Sloane a otra parte y cierre esta puerta con llave hasta que yo vuelva.
Insen asintió. Ya había visto el contenido del paquete y había advertido, como los demás, que los dedos eran pequeños y delicados, evidentemente de un niño. Miró a Sloane a los ojos, con un interrogante.