En el momento del incidente, un periodista del Chicago Tribune se hallaba en la embajada norteamericana en Lima. Siguió de cerca toda su evolución y fue el primero en cubrir la historia, que incluía el nombre de la víctima. El reportaje del Tribune fue recogido en seguida por las agencias, la televisión, la radio y toda la prensa, llegó en primer lugar a los Estados Unidos y de allí se difundió al mundo entero.
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El plan de rescate de Nueva Esperanza ya estaba listo.
El viernes por la tarde resolvieron los últimos detalles y terminaron de reunir el equipo que les faltaba. El sábado, al alba, Partridge y su equipo embarcarían en una avioneta, rumbo a la provincia de San Martín, junto al río Huallaga.
Desde que averiguó la localización de los rehenes, el miércoles de esa misma semana, Partridge se debatía de impaciencia. Tuvo el impulso de partir de inmediato, pero los argumentos de Fernández Pabur, más su propia experiencia, le convencieron para esperar.
– La selva puede ser una aliada, pero también una enemiga -le señaló Fernández-. Por ella no se puede ir de paseo, como por una ciudad. Tendremos que pasar una noche en la jungla, como mínimo, tal vez dos, y debemos llevar algunas cosas imprescindibles para la supervivencia. También hemos de elegir cuidadosamente algún medio de transporte, con una persona digna de confianza. Que nos lleve y luego regrese a recogernos, todo bien coordinado, en los plazos acordados. Nos harán falta dos días para los preparativos, y aún así, es muy justo.
El «nosotros» indicó desde el principio que el eficaz colaborador estaba dispuesto a formar parte de la expedición.
– Me necesitaréis -declaró simplemente-. He ido muchas veces a la selva. La conozco bien.
Como Partridge se sintió obligado a señalar que correrían muchos riesgos, Pabur se encogió de hombros.
– La vida en sí misma es un riesgo. Hoy día, en mi país, levantarse cada mañana es uno de ellos.
La cuestión más delicada era encontrar una avioneta. Fernández desapareció durante parte de la mañana del jueves y a la vuelta condujo a Partridge y Rita a una edificación de ladrillo de una sola planta, no muy lejos del aeropuerto de Lima. La construcción albergaba varias oficinas pequeñas. Se dirigieron a una de ellas, que ostentaba el rótulo «ALSA-AEROLIBERTAD S.A.». Fernández les precedió y presentó a sus acompañantes al dueño del servicio de aerochárter, también piloto, Oswaldo Zileri.
Zileri, con la treintena bien cumplida, tenía buen aspecto y una constitución física atlética. Su actitud era reservada, aunque formal y directa.
– Si no he entendido mal, pretende usted hacer una visita sorpresa a Nueva Esperanza y eso es todo lo que debo y deseo saber -dijo el piloto a Partridge.
– Exactamente -repuso Partridge-. Pero hay una cosa más: esperamos embarcar a otros tres pasajeros en el viaje de vuelta.
– Iremos en un Cheyenne II. El aparato lleva dos tripulantes y tiene plazas para siete pasajeros. Es asunto suyo cómo los distribuya. Bien. Ahora podemos hablar de dinero, si le parece.
– Eso conmigo -intervino Rita-. ¿Cuál es el precio?
– ¿Me pagará en dólares USA? -inquirió Zileri.
Rita asintió.
– Bueno, por cada trayecto serán mil cuatrocientos dólares. Si hay que esperar en destino, volando en círculo o lo que sea, se paga un recargo. Además, por cada aterrizaje en la zona de Nueva Esperanza, que es territorio de droga controlado por Sendero Luminoso, se carga un suplemento de peligrosidad de cinco mil dólares. Necesito un depósito de seis mil dólares en efectivo antes del sábado.
– De acuerdo -respondió Rita-. Lo necesito todo por escrito, original y copia. Se lo firmaré y me quedaré una copia.
– Se lo daré antes de que se vayan. ¿Quieren algún detalle técnico sobre mi compañía?
– Pues, sí -dijo Partridge por cortesía.
Con tono de orgullo, Zileri les recitó de memoria la lección: -El Cheyenne II, tenemos tres, es un bimotor de hélice. Es un aparato muy seguro, capaz de aterrizar en un espacio muy reducido, detalle importante en la selva. Todos nuestro pilotos, incluido yo, hemos sido adiestrados en los Estados Unidos. Conocemos todas las regiones de Perú y las balizas aéreas, civiles y militares. Los controladores también nos conocen a nosotros. Por cierto, en este viaje les llevaré yo personalmente.
– Estupendo -reconoció Partridge-. También nos convendría algún consejo.
– Fernández me lo ha dicho -dijo Zileri, dirigiéndose a una mesa cartográfica donde había desenrollado un mapa a gran escala de la parte meridional de la provincia de San Martín.
Los otros le siguieron.
– Supongo que quieren aterrizar a cierta distancia de Nueva Esperanza para no despertar sospechas.
– Supone usted bien -asintió Partridge.
– Entonces, en el viaje de ida, propongo que aterricemos aquí -dijo Zileri señalando un punto del mapa con un lápiz.
– ¿Eso no es una carretera?
– Sí, es la pista principal de la selva, pero tiene muy poca circulación. Además, los narcotraficantes la han ensanchado, asfaltándola en algunos puntos para que aterricen sus avionetas. Ya he aterrizado allí otras veces.
Partridge se preguntó con qué propósito. ¿Transportando droga o traficantes? Sabía que en Perú había pocos servicios aéreos que no estuvieran implicados en el tráfico de drogas, aunque fuera a nivel muy secundario.
– Antes de tomar tierra -continuó Zileri- comprobaremos que no haya nadie circulando por la carretera. Desde allí sale un camino hacia Nueva Esperanza.
– Tengo un mapa de ese camino -intervino Fernández.
– Bueno. Y en cuanto a la vuelta con sus nuevos pasajeros… -dijo Zileri- ya lo hemos discutido Fernández y yo, y les sugiero lo siguiente…
– Adelante -le alentó Partridge.
Siguieron hablando y discutiendo, confirmando algunos puntos e ideando otros.
Había tres sitios posibles de recogida. En primer lugar, la misma carretera donde habían previsto aterrizar. Segundo, la pista de aterrizaje de Sión, adonde se podía llegar por el río desde Nueva Esperanza y recorriendo luego seis kilómetros a pie por la selva. Y tercero, una pequeña pista de aterrizaje que utilizaban los narcotraficantes, casi desconocida, a mitad de camino entre las otras dos y a la que también se llegaba por el río.
Fernández explicó el motivo de la diversidad de opciones:
– No sabemos qué pasará en Nueva Esperanza. Ni cuál será el camino menos peligroso o más fácil para escapar.
La avioneta que fuera a recogerles podía sobrevolar los tres puntos en busca de alguna señal desde tierra. El grupo expedicionario llevaría un lanzabengalas con bengalas rojas y verdes. El verde significaría: Puede aterrizar tranquilamente, no hay problema. Y el rojo: Aterrice rápido. Peligro.
Convinieron en que si el piloto advertía tiroteos o ametralladoras en tierra en las inmediaciones, no aterrizaría y regresaría a Lima.
Como no sabían exactamente el momento en que necesitarían que les recogieran, iría una avioneta el domingo por la mañana, a las ocho, y si no recibía ninguna señal volvería otra el lunes a la misma hora. A partir de ahí, todo quedaría en manos de Rita, que permanecería en Lima durante la expedición, en contacto con Nueva York, cuestión que Partridge consideraba esencial.
Cuando terminaron de coordinar los planes, firmaron el contrato Rita, en nombre de la CBA-News, y Oswaldo Zileri. Mirando a los ojos a Partridge, el piloto le dijo:
– Cumpliremos con nuestra parte del plan y haremos todo lo posible por usted.
Partridge tuvo la sensación que así sería.
Tras ultimar los detalles del vuelo, todo el grupo de la CBA se reunió con Harry Partridge en el hotel César, para determinar quiénes irían a Nueva Esperanza. Había ya tres candidatos definitivos: Partridge, Minh Van Canh, puesto que era esencial la presencia de un buen cámara, y Fernández Pabur. Como debían prever espacio para tres pasajeros más a la vuelta, sólo otra persona podía acompañarles.