La elección era entre Bob Watson, el montador de vídeo, el ingeniero de sonido, Ken O'Hara, o Tomás, su silencioso guardaespaldas.
Fernández abogaba por Tomás, argumentando:
– Es fuerte y sabe pelear.
– ¡Lléveme a mí, Harry! -decía Bob Watson, fumando uno de sus puros apestosos-. Si hay follón, sé valerme solito. Lo demostré en los disturbios de Miami.
– Yo tengo verdaderas ganas de ir -se limitó a decir O'Hara.
Al final, Partridge eligió a O'Hara, porque le conocía bien, le había demostrado que sabía reaccionar en situaciones de tensión y era un hombre de recursos. Además, aunque no se llevarían el equipo de sonido -Minh usaría una Betacam con la grabadora de sonido incorporada-, Ken O'Hara era muy hábil con cualquier artilugio mecánico, cualidad siempre muy útil.
Partridge dejó a Fernández la tarea de organizar la cuestión del material, que fueron acumulando en el hotel, bajo su dirección: hamacas ligeras, mosquiteras y repelente para insectos, alimentos deshidratados para dos días, botellas de agua, tabletas para esterilizar el agua, machetes, brújulas, binoculares, bolsas de plástico. Como cada cual llevaría su propio equipo en una mochila, hubo que ajustar las necesidades al peso.
Fernández insistió en que cada cual portara un arma y Partridge aceptó. En realidad, algunas veces, los equipos de televisión iban armados en ciertas misiones en el extranjero, aunque no exhibían sus armas. Las emisoras no alentaban ni condenaban tal práctica, y dejaban la elección al buen criterio del equipo. En ese caso, la necesidad parecía ineludible, con la particularidad de que los cuatro habían tenido experiencia con armas de fuego en algunas ocasiones de su carrera.
Partridge decidió llevar su Browning de nueve milímetros con silenciador. También llevaba un cuchillo Fairburn Commando, que le había regalado un comandante de las SAS británicas.
Minh, que había de llevar la cámara además de un arma, pidió una potente pero muy ligera. Fernández le comunicó que podía conseguir un subfusil ametrallador israelí UZI. O'Hara dijo que le daba igual; le tocó un fusil automático norteamericano, un M-16. Por lo visto, en Lima se podía comprar toda clase de armas sin tener que dar explicaciones.
Desde el miércoles en que supo que su destino era Nueva Esperanza, Partridge se preguntaba si debía informar a las autoridades peruanas, en concreto a las fuerzas antiterroristas. El jueves acudió incluso a consultárselo a Sergio Hurtado, su colega de la radio que le había aconsejado que no buscara apoyo en las fuerzas armadas ni la policía. Durante su primera entrevista en Lima, Sergio le había dicho: «Evita su colaboración, porque no son de fiar, si es que lo fueron alguna vez. A la hora de asesinar y torturar, no son mejores ni menos despiadados que Sendero Luminoso».
A título confidencial, Partridge informó a Sergio de las últimas novedades y le preguntó si seguía aconsejándole lo mismo.
– Por supuesto, y más, si cabe -le respondió Sergio-. En este tipo de situaciones, las fuerzas gubernamentales emplean siempre un gran despliegue armamentístico. No quieren arriesgarse. Se cargan a todo el mundo, inocentes y culpables, y después hacen las preguntas. Luego, si se les acusa de haber matado sin discriminación, dicen: «¿Cómo íbamos a advertir la diferencia? Era su vida o la nuestra».
Partridge recordó que el general Raúl Ortiz le había dicho poco más o menos lo mismo.
– Y además -prosiguió Sergio-, te estás jugando la vida en esa expedición.
– Ya lo sé -admitió Partridge-. Pero no tengo otra alternativa.
Era a primera hora de la tarde. Durante los últimos minutos, Sergio jugueteaba con un papel de su mesa. Al final le preguntó:
– ¿Te había llegado alguna noticia antes de venir a verme, Harry? Quiero decir hoy.
Partridge negó con la cabeza.
– Entonces, lamento mucho tener que comunicarte ésta. -Le tendió la hoja-. Ha llegado poco antes que tú.
Era un despacho de la agencia Reuters que describía la recepción de los dedos de Nicholas Sloane en las oficinas de la CBA de Nueva York, y la pena desconsolada de su padre.
– ¡Oh, Dios mío…!
Partridge sintió que le invadía una oleada de angustia y reproche. Se lamentaba de no haber emprendido antes su acción.
– Me imagino lo que estarás pensando -le dijo Sergio-. Pero no había medio de evitarlo, con la limitación de tiempo y la escasa información de que disponías.
Partridge le dio la razón mentalmente. Pero sabía que durante mucho tiempo le atormentarían las cavilaciones acerca de la lentitud de sus progresos.
– Ya que estás aquí, Harry, una cosa más. ¿Verdad que tu compañía, la CBA, pertenece a Globanic Industries?
– Sí.
El periodista abrió un cajón del que sacó varias hojas prendidas con un clip.
– Tengo muy diversas fuentes de información y una de ellas, acaso te sorprenda, es Sendero Luminoso. Me odian, pero me utilizan. Sendero Luminoso tiene simpatizantes e informadores en muchos sitios y uno de ellos me ha mandado esto hace poco, esperando que lo difunda.
Partridge cogió los papeles y empezó a leer.
– Como verás -le dijo Sergio-, afirma que existe un acuerdo entre Globanic Financial Services -otra de las filiales de Globanic Industries- y el gobierno peruano. Se trata de una operación financiera de canje.
Partridge sacudió la cabeza:
– La verdad es que no es mi especialidad.
– Pues tampoco es tan complicado. Como parte del trato, Globanic recibirá una inmensa extensión de territorio, incluyendo dos importantes zonas turísticas, por un precio irrisorio. A cambio, Globanic condonará parte de la deuda externa de Perú, que ha adquirido por una miseria.
– ¿Y la operación es legal?
Sergio se encogió de hombros:
– Digamos que bordea el límite, pero sí, es probable que sea legal. Lo más significativo es que para Globanic es un negocio redondo y para el pueblo peruano, un expolio.
– Si lo crees así -le preguntó Partridge-, ¿por qué no lo has publicado?
– Pues por dos motivos. En primer lugar, nunca acepto nada procedente de Sendero Luminoso sin confirmar, y quería asegurarme de que la información es cierta. Ya lo he hecho y lo es. Y en segundo lugar, para que Globanic obtenga una perita en dulce como ésta, tiene que haber sobornado a algún miembro de la administración. Estoy investigándolo y tengo intención de revelarlo la semana próxima.
Partridge señaló los papeles:
– ¿Podrías darme una copia?
– Quédate esos mismos, tengo otra copia.
Al día siguiente, viernes, Partridge pensó que necesitaba comprobar otra cosa antes de ponerse en marcha el sábado. Cabía la posibilidad de que alguien más hubiera averiguado el número de teléfono que había conducido al grupo de la CBA al piso de la calle Huancavelica, domicilio del ex médico llamado Baudelio, y en el presente, de Dolores. En tal caso, era probable que alguien más conociera la importancia de Nueva Esperanza.
Como le había explicado Don Kettering por teléfono el miércoles por la noche, el FBI tuvo acceso a los teléfonos portátiles descubiertos en Hackensack poco después que el grupo de la CBA-News. Por tanto, parecía probable que el FBI investigara las llamadas realizadas desde esos aparatos y hubiera averiguado el número de Lima que le había dado Kettering. A partir de ahí, el FBI podía haber pasado la información a la CIA, aunque tampoco era seguro, porque la rivalidad entre las dos agencias era notoria. Por otra parte, el FBI podía haber pedido a algún organismo de la administración peruana que investigara ese número de teléfono.
A petición de Partridge, Fernández efectuó otra visita a Dolores el viernes por la tarde. La encontró ebria, pero lo bastante serena para asegurarle que no había ido nadie a su piso a hacerle preguntas. Así pues, por el motivo que fuera, nadie aparte de la CBA había seguido la pista del número telefónico.