– En este mundo, Margot, quienes realmente cuentan son las personas como nosotros. ¡Somos los agentes! Los que hacemos que sucedan las cosas todos los días. Por eso podemos comprar a los escritores cuando y como queramos. ¡No lo olvides! Dan trece en una docena, como vulgarmente se dice. Así que, cuando te hartes de algún resabiado como ese Partridge, busca otro nuevo, recién salido de la universidad, como si fuera una col.
Margot sonrió; era evidente que lo peor de la rabieta de su jefe había remitido.
– Es un punto de vista interesante.
– Pues aplícalo. Y otra cosa.
– Dime.
– No te creas que los consejeros de Globanic, incluido yo, no estamos al tanto de los manejos de León Ironwood, Fossie Xenos y tú misma por ocupar este sillón en el futuro. Bueno, pues la verdad, Margot, te diré que esta mañana Fossie te lleva varias cabezas de ventaja.
El presidente hizo un ademán de despedida.
– Eso es todo. Llámame en cuanto hayas arreglado todo el asunto de Perú.
Había transcurrido buena parte de la mañana cuando Margot, ya en su despacho de Stonehenge, mandó recado a Leslie Chippingham de que acudiera «inmediatamente» a verla.
No le había gustado nada que la citaran esa mañana, y le agradó invertir la situación.
La referencia de Elliott a que Fossie Xenos le llevaba «varias cabezas de ventaja» no le había hecho la más mínima gracia. Si eso era cierto, pensó, debía ponerle remedio cuanto antes. Margot no estaba dispuesta a que su carrera se truncara por lo que consideraba ya una cuestión secundaria de organización, que podía resolverse rápida y decisivamente.
Por tanto, cuando Chippingham se presentó poco después de las doce del mediodía, le trató tan expeditivamente como la había tratado a ella Theo Elliott.
– Voy a darte una orden que no admite discusión- declaró-. El contrato de Harry Partridge en la CBA debe ser rescindido en este mismo momento. Mañana tiene que estar fuera de la compañía. Ocúpate de las gestiones legales necesarias. Haz lo que haga falta. Además, ha de salir de Perú cuanto antes, a ser posible mañana, y en ningún caso después del domingo. Si eso significa fletar un avión especial, lo fletas.
Chippingham se la quedó mirando con la boca abierta de incredulidad.
Al final, sin saber qué decir, logró pronunciar:
– ¡No lo dirás en serio!
– Absolutamente en serio -repuso Margot con firmeza-. Y he dicho que no admite discusión.
– ¡Y una mierda! -Chippingham levantó la voz, irritadísimo-. No pienso contemplar cruzado de brazos cómo echáis tranquilamente a la calle a uno de nuestros mejores corresponsales, que lleva veintitantos años en la CBA, sin una explicación.
– La explicación no es de tu incumbencia.
– Soy el director de informativos, ¿no? ¡Margot, por favor…! ¿Qué ha hecho Harry, por los clavos de Cristo? ¿Algo malo? Tengo derecho a saberlo.
– Si quieres saberlo, se trata del estilo de sus crónicas.
– ¡Que es fantástico! Honesto. Sin prejuicios. Fiable. ¡Pregúntaselo a quien te dé la gana!
– No me hace falta. En cualquier caso, no todo el mundo está de acuerdo con eso.
Chippingham le dedicó una mirada suspicaz:
– Esto es cosa de la Globanic, ¿verdad? ¡Tu amiguito, el tiránico Theodore Elliott! -exclamó impulsivamente.
– ¡Cuidado con lo que dices! -le advirtió ella.
Decidió que la conversación ya había durado bastante.
– No pienso dar más explicaciones -concluyó Margot fríamente-, pero oye bien lo que te digo: si hoy, cuando acabe la jornada, no ha sido cumplida mi orden, considérate en la calle tú mismo. Mañana designaré a un nuevo director de informativos que me dé satisfacción.
– Serías capaz, ¿no es cierto?
Él la miraba con una mezcla de asombro y odio.
– Sí, no lo dudes. Y si decides conservar tu empleo, notifícame a última hora de la tarde que ya está hecho lo que te he pedido. Y ahora, puedes irte.
Cuando Chippingham salió, Margot pensó satisfecha que, cuando era necesario, sabía ser tan dura como Theo Elliott.
De vuelta en su despacho de la CBA-News y sabiendo que era una dilación, Les Chippingham atendió a otros asuntos de rutina antes de ordenar a su secretaria, poco antes de las tres de la tarde, que no quería que le molestara nadie y no le pasara ninguna llamada telefónica hasta nuevo aviso. Necesitaba tiempo para pensar.
Se encerró en su despacho, se sentó en la zona de reunión, lejos de la mesa, frente a una de sus pinturas favoritas: un desolador paisaje de Andrew Wyeth. Aunque Chippingham no estaba para cuadros; lo único que le preocupaba era la decisión crucial que debía tomar.
Sabía que era una situación crítica.
Si hacía lo que Margot le había exigido y despedía a Harry Partridge sin causa aparente, se sentiría despreciable. Sería una acción vergonzosa e injusta con un ser humano decente, respetado y digno, amigo y colega suyo, sólo para satisfacer el capricho de otra persona. Quién sería esa otra persona y cuál sería su capricho era algo que Chippingham desconocía, aunque estaba seguro de que los demás acabarían averiguándolo. De momento, lo único que suponía era que tenía que ver con Theodore Elliott, por la reacción de Margot ante su insinuación.
¿Cómo podría vivir Chippingham con esa losa sobre él? Con los valores que habían dirigido su vida hasta entonces, no sería capaz.
Por otra parte -todo tenía sus pros y sus contras-, si él, Les Chippingham, no despedía a Partridge, lo haría otro. Margot se lo había dejado muy claro. Y no tendría dificultad en encontrarle sustituto. Había demasiados ambiciosos en ese mundo, incluso en la propia CBA, para ello.
Así que Harry Partridge estaba en la calle de todos modos… por lo menos para la CBA.
Ésa era una cuestión importante: para la CBA.
Cuando corriera la voz, y no tardaría en correr, de que Harry Partridge se iba de la CBA y estaba disponible, no estaría parado ni quince minutos. Las demás emisoras se lo rifarían. Harry era una estrella, un «veterano», con una reputación magnífica a nivel profesional y humano.
Nada había, absolutamente nada, que pudiera perjudicar seriamente a Harry Partridge. De hecho, con un contrato nuevo en una compañía distinta probablemente mejoraría su situación.
¿Pero qué pasaría con un director de departamento despedido y hundido? Ésa era una historia completamente distinta, y Chippingham sabía lo que se le avecinaba si Margot mantenía su palabra -y sabía que lo haría si él no cumplía sus deseos.
Como director de los servicios informativos, Chippingham también tenía su contrato, que le garantizaba cerca de un millón de dólares de indemnización, lo cual parecía mucho dinero, pero en realidad no era tanto. Una suma sustancial se esfumaría en impuestos. Y después, sus acreedores se abalanzarían sobre el resto, porque estaba endeudado hasta las orejas. Y los abogados de Stasia que estaban tramitando su divorcio le apretarían las clavijas. Así que, al final, si le quedaba lo suficiente para salir a cenar al Four Seasons, podía darse con un canto en los dientes.
Y quedaba el tema de conseguir trabajo. A diferencia de Partridge, las otras emisoras no lo irían a buscar. Una de las razones era que sólo podía haber un director de informativos en cada cadena y él no tenía noticia de cambio en ninguna. Aparte de eso, las emisoras de televisión buscaban directores de informativos que estuvieran en la cresta de la ola, no directivos despedidos en extrañas circunstancias; había bastantes antecesores suyos caídos para dar fe de ese punto.
Todo ello significaba que tendría que conformarse con un puesto peor, seguramente peor pagado, y Stasia le echaría los perros. La perspectiva era espantosa.
A menos… a menos que hiciera lo que Margot le exigía.
Si tuviera que expresar en términos dramáticos lo que estaba haciendo, pensó Chippingham, estaba despellejando su alma a tiras, y la visión de su interior le espeluznaba.