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Pero había una conclusión ineludible: había momentos en la vida en que la autodefensa primaba sobre cualquier otra cosa.

Harry, detesto hacerte esto, pero no tengo elección, reconoció para sus adentros.

Al cabo de un cuarto de hora, Chippingham releyó la carta que acababa de escribir personalmente, en la vieja Underwood que conservaba, en honor de los viejos tiempos, en su despacho.

Querido Harry:

Lamento muchísimo tener que comunicarte que tu empleo en la CBA-News ha concluido, desde este mismo momento. Según los términos de tu contrato con la CBA…

Chippingham sabía, porque había tenido ocasión de revisarlo recientemente, que el contrato de Partridge tenía una cláusula que especificaba que, si la emisora rescindía su contrato, estaba obligada a pagarle hasta el último céntimo de lo estipulado hasta el vencimiento del contrato. En el caso de Partridge, faltaba todavía un año entero.

El contrato incluía otra cláusula por la que Partridge se comprometía, al aceptar lo anterior, a no trabajar para otra emisora durante los siguientes seis meses por lo menos.

En su carta, Chippingham anulaba la segunda condición, dejando libertad a Harry Partridge para aceptar cualquier puesto de trabajo sin perder sus derechos retributivos. Chippingham pensó que, en tales circunstancias, era lo menos que podía hacer por él.

Pensaba mandar la carta a Lima por fax. Había uno junto a su despacho y decidió ponerlo personalmente. No se atrevía a decírselo por teléfono.

Cuando estaba a punto de firmar lo que había escrito, Chippingham oyó unos golpecitos a la puerta de su despacho, que se abrió. Instintivamente, volvió la carta boca abajo.

Era Crawford Sloane. Traía un despacho de prensa en la mano. Le temblaba la voz y tenía las mejillas surcadas de lágrimas.

– Les -dijo Sloane-, tenía que verte. Mira lo que acaba de llegar…

Le tendió el papel y Chippingham lo leyó. Contenía el reportaje del Chicago Tribune con el descubrimiento de la cabeza desmembrada de Angus Sloane en Lima.

– Dios mío, Crawf, yo…

Incapaz de terminar, Chippingham sacudió la cabeza, le tendió los brazos y los dos hombres se abrazaron, en un gesto espontáneo. Al desasirse, el presentador le dijo:

– No digas nada. No sé si podría resistirlo. Esta noche no puedo presentar las noticias. Les he dicho que avisen a Teresa Toy.

– ¡No te preocupes, Crawf! -le interrumpió Chippingham-. Ya lo resolveremos todo nosotros.

– No -exclamó Sloane, moviendo la cabeza-. Tengo que pedirte una cosa: quiero alquilar un Learjet para ir a Lima. Mientras siga existiendo alguna posibilidad para Jessica y Nicky… Debo estar allí.

Sloane enmudeció, luchando por dominarse, y después añadió:

– Me voy a casa y de allí directamente a Teterboro.

– ¿Estás seguro, Crawf? -le preguntó Chippingham, indeciso-. No sé si es muy sensato…

– Me voy, Les -dijo Sloane-. No intentes disuadirme. Si no me lo paga la CBA, lo pagaré de mi bolsillo.

– No, hombre, no. Te lo autorizaré personalmente -dijo Les Chippingham.

Y esa misma noche salió su avión de Teterboro con destino a Perú, donde llegaría a la mañana siguiente.

Por culpa de la trágica noticia acerca de Angus Sloane, la carta dirigida a Partridge no partió hacia Lima hasta última hora de la tarde. Cuando su secretaria se fue, Chippingham la envió personalmente al número de fax de Entel Perú, que la depositaría en el buzón de la CBA en esa entidad. Añadió una nota a la transmisión, pidiendo que metieran la carta en un sobre dirigido al señor Harry Partridge, con la inscripción «Personal».

Chippingham consideró la idea de comunicar a Crawford Sloane el contenido de su carta, pero después pensó que Crawf ya había tenido bastantes emociones esa semana. Sabía que el despido ofendería mucho a Crawf, lo mismo que a Partridge, y ya esperaba sus llamadas indignadas por teléfono, pidiéndole explicaciones. Pero eso sería al día siguiente, y ya se las apañaría como pudiera.

Por último, Chippingham telefoneó a Margot Lloyd-Mason, que seguía en su oficina, pasadas las 18.15.

– Ya está hecho lo que me has pedido -fue lo primero que le dijo.

Después le comunicó la noticia del padre de Sloane.

– Ya me he enterado -le dijo ella-. Lo siento. En cuanto a lo otro, te felicito, lo has solucionado bien. Estaba empezando a sospechar que no llamarías. Gracias.

14

Lejos ya de la carretera en la que había aterrizado el Cheyenne II, el camino que tomaron Partridge y sus tres acompañantes hacia el interior de la jungla era lento y espinoso.

El sendero -si podía llamársele así- estaba cubierto de vegetación en muchos puntos, y a menudo desaparecía casi por completo. La densa y enmarañada vegetación hacía necesario abrirse paso con ayuda de machetes. Los grandes árboles formaban una marquesina sobre sus cabezas, bajo un cielo encapotado que presagiaba lluvia. Algunos árboles tenían el tronco retorcido grotescamente, con una gruesa corteza y las hojas correosas. Partridge recordaba haber leído en alguna parte que existían ocho mil especies de árboles conocidas en Perú. En el sotobosque, bambúes, helechos, lianas y plantas parásitas se entrelazaban, formando un «infierno verde», según la misma fuente.

La palabra «infierno» resultaba muy apropiada ese día a causa del calor bochornoso que los cuatro hombres estaban soportando. Sudaban por todos los poros, con el agravante de los enjambres de insectos. Al principio se habían rociado con un repelente para mosquitos, y se habían ido poniendo más a lo largo de la mañana, pero, como decía Ken O'Hara:

– A los malditos bichitos parece que les gusta.

Afortunadamente, cuando volvieron a encarrilarse en el camino, encontraron zonas en que la sombra de los tupidos árboles impedía la proliferación del sotobosque y podían avanzar con menos dificultades. Era evidente que, sin el sendero, hubieran sido incapaces de progresar.

– No es una ruta muy usada -señaló Fernández-. Pero eso nos beneficia.

Su objetivo era acercarse a Nueva Esperanza pero no demasiado, hasta que localizaran una posición en un lugar elevado. Desde allí, ocultos en la jungla, observarían la aldea, sobre todo durante las horas diurnas. Luego, según lo que vieran, prepararían un plan.

Toda la zona, alrededor de unos doscientos kilómetros cuadrados, era una selva cerrada sobre una llanura ondulada, quebrada sólo por el río Huallaga. Pero el mapa a gran escala que compró Fernández mostraba varias colinas en torno a su objetivo, que podían servir como punto de observación. Se hallaban a dieciocho kilómetros de Nueva Esperanza… una distancia considerable para cubrirla en esas condiciones.

Una de las cosas que Partridge había memorizado era el segundo mensaje clandestino de Jessica en la cinta de vídeo. Crawford Sloane se lo había explicado en una carta, que Rita le había entregado en mano: Jessica se había rascado la oreja izquierda, para indicar: Las medidas de segundad están un poco relajadas. Un ataque desde el exterior tendría posibilidades de éxito. Pronto tendrían ocasión de comprobar su información.

Entretanto, avanzaban penosamente por la selva.

Bien entrada la tarde, cuando todos estaban casi exhaustos, Fernández les anunció que debían de estar cerca de Nueva Esperanza.

– Creo que hemos recorrido unos catorce kilómetros. Pero no debemos delatarnos -les previno-. Al menor ruido hemos de escondernos entre la vegetación.

Mirando los espesos arbustos espinosos que les rodeaban, Minh Van Canh comentó:

– Ya, ya… pero esperemos que no haya que hacerlo.

Poco después de que Fernández le advirtiera, se aclaró un poco el camino y se cruzaron con otras sendas. Fernández les explicó que todas aquellas colinas estaban sembradas de campos de coca, y que en otras épocas del año la selva era un hervidero de gente. Durante la estación de crecimiento de la coca, que duraba de cuatro a seis meses, el cultivo requería pocos cuidados, así que muchos de los cultivadores vivían en sus pueblos y se instalaban en las chozas de la jungla durante la cosecha.