No tomaron medidas especiales respecto a la comida. Cada cual llevaba su comida y su agua, aunque todos sabían que no debían desperdiciar la comida deshidratada. Habían consumido hacía varias horas la provisión de agua que llevaban de Lima y Fernández había llenado los recipientes en un arroyo de la selva, añadiendo las tabletas para esterilizarla. Les advirtió que la mayor parte del agua de la zona estaba contaminada por los productos químicos utilizados para procesar la coca. El agua de sus cantimploras sabía a rayos y todos bebían lo menos posible.
Al amanecer, Partridge tuvo la respuesta a sus preguntas de la víspera acerca de Nueva Esperanza. Había escasa actividad, aparte del rasgueo de una guitarra y, muy ocasionalmente, unas voces y unas risas estridentes de beodo en el interior de alguna casa. Tales actividades duraron hasta tres horas y media después del anochecer. A la una y media de la madrugada la aldea entera enmudeció y se apagó.
Todavía les quedaba por averiguar el horario de los turnos y los cambios de guardia, suponiendo que la hipótesis respecto a la localización de los rehenes fuera correcta. Por la mañana todavía no tenían detalles precisos. Si se había producido otro cambio de guardia durante la noche, no lo habían advertido.
Su rutina continuó a lo largo del día.
Mantuvieron la vigilancia del puesto de observación y los otros siguieron utilizando las hamacas para descansar durante todo el día. Sabían que más tarde les harían falta todas sus reservas de energía.
Por la tarde, durante su turno de descanso en la cabaña, Harry Partridge consideró lo que estaban haciendo los cuatro y se preguntó con cierta sensación de irrealidad: ¿Es verdad lo que está ocurriendo? ¿Intentarían un rescate con unas fuerzas tan limitadas? Dentro de pocas horas, no más, probablemente tendrían que matar y podían morir. ¿Sería una locura…? Como el verso de Macbeth: «…la vida es una fiebre caprichosa…».
Él era un profesional del periodismo, un corresponsal de televisión, un observador de las guerras y los conflictos, no un participante. Y de pronto, por decisión propia, se había convertido en un aventurero, en un mercenario, en un aspirante a soldado. ¿Tenía algún sentido esta transformación?
Pero había otra pregunta, independiente de ésta: Si él, Harry Partridge, fracasaba, ¿quién haría lo necesario, allí y en ese momento?
Y una idea más: un corresponsal de guerra, sobre todo de televisión, siempre estaba rozando la violencia, la mutilación, las heridas o la muerte, y a veces las padecía. Luego las llevaba todas las noches a las casas limpias y cómodas de Norteamérica, donde no eran más que imágenes en una pantalla y, por tanto, no representaban ningún peligro para quienes las veían.
Y no obstante, esas imágenes se estaban volviendo peligrosas, se iban acercando en el tiempo y el espacio, y pronto dejarían de ser unas imágenes para hacerse realidad en las ciudades y las calles americanas, donde el crimen ya se estaba abriendo paso. La violencia y el terrorismo de los países deprimidos, divididos y azotados por la guerra amenazaban cada vez más al territorio norteamericano. Era inevitable y los expertos internacionales llevaban mucho tiempo vaticinándolo.
La Doctrina Monroe, considerada en su día la protección de América, no servía; pocos se tomaban la molestia de mencionarla siquiera. El secuestro de la familia Sloane por agentes extranjeros demostraba que el terrorismo les estaba invadiendo. Podía extenderse mucho, mucho más: bombas, secuestros, tiroteos por las calles. Y no había forma de impedirlo, por desgracia. Igualmente trágico sería que muchos seres humanos ajenos al problema pronto dejarían de serlo, les gustara o no.
Así que, pensó Partridge, su implicación y la de sus tres acompañantes no era irreal. Sospechaba que Minh Van Canh sobre todo, no veía ninguna contradicción en su situación actual. Para Minh, que había vivido y sobrevivido a una terrible guerra civil en su patria, sería más fácil que para la mayoría aceptar su misión.
Y para él, a título personal, por encima de cualquier otro pensamiento y dominándolos todos, el de Jessica. Jessica, que probablemente estaba al alcance de la mano, dentro de aquella choza. Jessica-Gemma, cuyo recuerdo y cuya personalidad se entretejían en la mente de Partridge.
Luego le embargó el cansancio de pronto y se quedó dormido. Al despertarse, minutos antes de su turno de observación, se bajó de su hamaca y salió a analizar la situación general.
En el puesto de centinela, como hasta entonces, no se había producido el menor signo de alarma o movimiento. Sin embargo, el puesto de observación había logrado informaciones y deducciones específicas.
Se había producido el cambio regular de un hombre armado -presumiblemente un guardia- en el mismo lugar que la noche anterior, lo cual sugería que los rehenes estaban efectivamente en la choza apartada de las demás. Parecía probable que hubiera un cambio de guardia cada cuatro horas, pero el horario no era muy exacto. A veces se producía hasta con veinte minutos de retraso, y la imprecisión, pensó Partridge, demostraba la informalidad de la vigilancia, confirmándoles el mensaje de Jessica: La seguridad está un poco relajada.
Desde esa mañana, una mujer había hecho dos viajes portando unas cajas con algo que parecía comida a la construcción donde ellos suponían que estaban encerrados los prisioneros. La misma mujer había sacado dos cubos, que había vaciado en la maleza.
En toda la aldea sólo habían distinguido vigilancia en esa choza.
Aunque los guardias iban armados con rifles automáticos, no tenían aspecto de soldados ni operaban como una unidad entrenada.
Durante el día, todas las entradas y salidas de Nueva Esperanza se produjeron por el río. No vieron ningún vehículo rodado. Los motores de las embarcaciones no parecían requerir una llave. Por tanto, sería fácil robar una barca si debían huir por ese medio. Por otra parte, había muchas otras barcas con las que perseguirles. Ken O'Hara, que tenía buenas nociones de náutica, identificó las mejores.
La opinión general de los observadores, aunque no era más que un punto de vista, era que los habitantes de la aldea estaban muy tranquilos, lo cual parecía indicar que no esperaban una incursión violenta desde el exterior.
– Si se la temieran -señaló Fernández-, habrían organizado patrullas, incluso hasta aquí arriba, en busca de posibles intrusos como nosotros.
Al atardecer, Partridge reunió a todo el grupo y les comunicó:
– Ya les hemos vigilado bastante. Esta noche bajamos. Tú nos guiarás -indicó a Fernández-. Quiero llegar a esa choza a las dos en punto. Que nadie haga el menor ruido en todo el camino. Si tenéis que decir algo, que sea en voz baja.
– ¿Hay alguna orden de combate, Harry? -preguntó Minh.
– Sí. Yo me adelantaré primero, echaré un vistazo y me colaré dentro. Tú, Minh, te vienes justo detrás a cubrirme. Fernández se quedará rezagado a vigilar las otras casas por si aparece alguien, pero acudirá en nuestra ayuda si le necesitamos.
Fernández asintió.
Partridge se volvió hacia O'Hara:
– Ken, tú irás directamente al espigón. He decidido que escaparemos por el río. No sabemos en qué condiciones están Jessica y Nicholas, y es posible que no aguantaran la caminata que hicimos para llegar hasta aquí.
– ¡Entiendo! -exclamó O'Hara-. Supongo que quieres que robe una barca.
– Sí, y además inutiliza todas las que puedas. Pero recuerda: ¡sin hacer ruido!
– Tendré que hacer ruido para poner el motor en marcha.
– No -dijo Partridge-. Saldremos a remo y cuando lleguemos al centro del río dejaremos que nos arrastre la corriente. Por suerte vamos en esa dirección. Ya pondremos en marcha el motor cuando no puedan oírlo.