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Por su lado, Crawford era intolerante con las ideas de su padre, que, según él, permanecía anclado en el pasado y se negaba a asumir el auge de conocimientos en todos los ámbitos -sobre todo el científico y el filosófico- de las cuatro décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Había otro factor más: la presunción de Crawford (aunque él no habría empleado esa palabra) de que el haber alcanzado la cumbre de su carrera hacía que sus opiniones sobre los asuntos del mundo y la condición humana fueran superiores a las de los demás.

Esa mañana volvía a surgir la evidencia de que el abismo que separaba a Crawford de su padre no había disminuido.

Como Angus había explicado en incontables ocasiones, y no dejaba de repetir, durante toda su vida le había gustado llegar a los sitios a primera hora de la mañana. Por eso había cogido el avión en Florida el día anterior, había pasado la noche en casa de un antiguo compañero del ejército que vivía cerca del aeropuerto de La Guardia y esa mañana, casi al amanecer, había tomado un autobús y luego un taxi hasta Larchmont.

Mientras su padre desarrollaba su discurso, Crawford había levantado los ojos al techo. Jessica, sonriente y asintiendo con la cabeza como si fuera la primera vez que oía tal explicación, había preparado a Angus su desayuno favorito -huevos con bacon- y para ellos tres, algo más ligero, copos de avena y cereales caseros.

– En cuanto a mi corazón y los huevos -dijo Angus, que algunas veces tardaba unos minutos en asimilar una observación y luego regresaba al tema-, me figuro que si sigue funcionando como hasta ahora, no tengo por qué preocuparme de ese rollo del colesterol. Además, mi corazón y yo hemos superado juntos bastantes crisis. Os podría contar unas cuantas.

Crawford Sloane bajó el periódico lo justo para que Jessica le viera los ojos y le lanzó una mirada de socorro: Cambia en seguida de tema, antes de que coja carrerilla y nos suelte otra batallita. Jessica se encogió de hombros casi imperceptiblemente, devolviéndole la pelota: Eso es problema tuyo.

Doblando el Times, Crawford Sloane intervino: -Ya tienen la cifra de víctimas del accidente de ayer en Dallas. Qué horror… Me imagino que seguiremos dando detalles durante toda la semana.

– Lo vi anoche por vuestra emisora -dijo Angus-. Lo dio ese compañero tuyo, Partridge. Me gusta ese tipo. Cuando manda esos reportajes del extranjero, sobre todo cuando se refieren a nuestros soldados, hace que me sienta orgulloso de ser norteamericano. Eso no lo consiguen todos tus colegas, Crawf.

– Siento decirte que has metido la pata, papá. Partridge no es estadounidense, es canadiense. Y además, tendrás que pasar una temporada sin verle. Se ha ido de vacaciones. -Luego le preguntó, con curiosidad-: ¿Quiénes son los que no te hacen sentirte orgulloso?

– Pues más o menos todos los demás. Es que vosotros, los informadores de televisión, tenéis una forma de denigrarlo todo, especialmente al gobierno, de discutir la autoridad, de intentar constantemente dejar en mal lugar al presidente… Es como si nadie pudiera volver a sentirse orgulloso de nada. ¿Nunca te ha preocupado?

Como Sloane no le contestaba, Jessica le dijo sotto voce:

– Tu padre te ha hecho una pregunta. Tienes que contestarle.

– Papá -dijo Sloane-, tú y yo hemos hablado de ello muchas veces, y creo que no hay manera de que nos pongamos de acuerdo. Lo que tú llamas «denigrarlo todo», en los servicios informativos lo consideramos una duda legítima, el derecho del público a estar informado. Desafiar a los políticos y los burócratas, poner en tela de juicio todo lo que dicen, se ha convertido en una función de los medios de comunicación… y, además, es positivo. De hecho, los gobernantes mienten y engañan; demócratas, republicanos, liberales, socialistas, conservadores… da igual. Una vez en la poltrona, todos lo hacen.

»Desde luego, los que investigamos las noticias algunas veces somos demasiado duros, nos pasamos de la raya… lo admito. Pero gracias a lo que hacemos sale a la luz mucha porquería, mucha hipocresía, y eso antes no se sabía. Así que gracias a ese ácido estilo informativo, del que ha sido pionera la televisión, nuestra sociedad es un poco mejor, está algo más limpia y los principios de esta nación más cerca de lo que deberían ser.

»Y en cuanto a los presidentes, papá, si algunos han quedado en mal lugar, cosa que ha sucedido en su gran mayoría, ha sido culpa de ellos… Oh, claro, nosotros hemos intervenido en el proceso de vez en cuando, porque somos escépticos, a veces cínicos y en general no nos creemos las pamplinas que sueltan los presidentes. Pero el engaño de los dirigentes, de todos los dirigentes, nos dan toda la razón para hacer lo que hacemos.

– A mí me gustaría que el presidente fuera de todos, no de un solo partido -intervino Nicky-. ¿No habría sido mejor que los autores de la constitución hubieran nombrado rey a Washington, y a Franklin o a Jefferson, presidente…? Así, los hijos de Washington y luego sus nietos y bisnietos habrían sido reyes y reinas, y ahora tendríamos un jefe de Estado de quien nos sentiríamos orgullosos, y un presidente a quien criticar, como los ingleses a su primer ministro…

– Ha sido una lástima para Norteamérica, Nicky -le dijo su padre-, que no asistieras tú a la convención constitucional para promover esa idea. A pesar de que los hijos de Washington eran adoptados, es más sensata que muchas de las cosas que han sucedido desde entonces.

Todos se echaron a reír; luego, recobrando la seriedad, Angus dijo:

– La crónica de mi guerra, la Segunda Guerra Mundial para ti, Nicky, fue muy distinta de las de hoy. Entonces teníamos la sensación de que quienes escribían sobre ella, o hablaban por la radio, estaban siempre de nuestro lado. Ahora ya no sucede siempre así.

– Era una guerra muy distinta -le dijo Crawford-, y una época muy distinta. Lo mismo que existen diferentes medios de comunicación, los conceptos también han cambiado. Muchos de nosotros hemos dejado de creer en «mi país, con razón o sin ella».

– Nunca pensé -se lamentó Angus- que un hijo mío llegara a decir una cosa así.

– Pues ya lo he dicho. -Sloane se encogió de hombros-. Los periodistas que deseamos una información veraz queremos estar seguros de que nuestro país tiene razón, que no nos está estafando quienquiera que nos dirija. La única manera de averiguar una cosa así es hacer preguntas directas y comprometedoras.

– ¿Crees que no se hacían preguntas directas en mi guerra?

– No lo suficiente -respondió Crawford.

Se calló un momento, preguntándose si debía seguir por ese camino, y decidió que sí.

– ¿No participaste tú en el primer bombardeo de B-17 sobre Schweinfurt?

– Sí. -Y volviéndose hacia Nicholas-: Eso estaba en el corazón de Alemania, Nicky. En aquella época un sitio muy poco apetecible.

– Me habías dicho -prosiguió Crawford, sin compasión- que vuestro objetivo era destruir las fábricas de cojinetes de Schweinfurt, que los encargados del ataque aéreo creíais que la falta de rodamientos paralizaría la maquinaria de guerra alemana.

– Eso fue lo que nos dijeron.

Angus asintió, sabiendo lo que se le avecinaba.