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La voz de Partridge volvió a sonar sobre el fondo del exterior de la sede del FBI, el edificio Edgar Hoover de Washington: «Mientras el FBI, en estos momentos a cargo de la investigación, se niega a hacer comentarios…».

Rápidamente cambió el decorado y emergió un portavoz del FBI en la sala de prensa de la agencia federaclass="underline" «En este momento no sería de ninguna utilidad hacer declaraciones».

Y Partridge de nuevo: «…extraoficialmente, los agentes del FBI admiten no haber hecho progreso alguno.

»Desde ayer, llueven las expresiones de preocupación y protesta desde las más altas esferas…»

Un fundido de la sala de prensa de la Casa Blanca, donde está hablando el presidente: «En América no puede tolerarse semejante acción. Sus autores serán apresados y castigados».

Partridge: «…Y en zonas más modestas…».

En Pittsburgh, un obrero del acero de color, con su casco puesto y la cara brillando con los reflejos del alto horno: «Es una vergüenza que pueda ocurrir algo así en mi país».

Un ama de casa, de raza blanca, en una reluciente cocina de fórmica: «No entiendo cómo nadie ha previsto lo ocurrido, ni se han tomado precauciones. Quiero expresar mi sentimiento por Crawford. -Y señalando su aparato de televisión-: En esta casa es como de la familia».

Sentada ante su pupitre, en California, una adolescente eurasiática, de voz dulce: «Me preocupa Nicholas Sloane. No hay derecho a que se lo hayan llevado».

Durante todo el día, los equipos de la CBA y sus emisoras filiales de todo el país recabaron las reacciones de la gente. La cadena había revisado unas cincuenta y había seleccionado esas tres.

La imagen cambiaba a la casa de Sloane en Larchmont, esa mañana, bajo la lluvia: un plano general de la multitud esperando en la calle, y luego acercándose, un lento barrido de caras. Y el comentario de Partridge: «Hoy se ha producido una nueva tragedia, debida en parte al intenso interés del público».

La voz en off continuaba, alternando con el sonido ambiental y nuevas imágenes: la aparición de los dos coches sin distintivo del FBI… el tropel de espectadores invadiendo la calzada… el frenazo del coche de delante, su pérdida de control y su derrapaje… un chirrido de neumáticos y los gritos de los heridos… la huida frenética de la gente ante el segundo automóvil, que no se detuvo… un primer plano de la cara de horror de Crawford Sloane… el segundo coche alejándose.

Durante el montaje habían surgido algunas objeciones respecto a los planos de la cara de Sloane y del coche mientras se alejaba.

– Da una impresión errónea -había protestado el propio Sloane.

Pero Iris Everly, que había realizado la mayor parte del reportaje, trabajando todo el día con uno de los mejores montadores de la CBA, Bob Watson, luchó por su inclusión, y venció.

– Le guste o no a Crawford -señaló-, es una noticia y debemos ser objetivos. Además, es la única novedad desde ayer.

Rita y Partridge la apoyaron.

El hilo del reportaje retrocedió a un ágil resumen de la jornada anterior. Empezaron con Priscilla Rhea, la frágil maestra de escuela retirada, que volvió a describir la brutal agresión de Jessica, Nicky y Angus Sloane en el supermercado de Larchmont.

Minh Van Canh había usado su cámara con creatividad, filmando un gran primer plano de la cara de la señorita Rhea. Mostraba los profundos surcos de la edad, con cada arruga en agudo relieve, pero también reflejaba su inteligencia y su carácter enérgico. Minh la había tranquilizado con preguntas amables, un procedimiento empleado en muchas ocasiones. Cuando no había ningún corresponsal a mano, los cámaras experimentados hacían algunas preguntas a las personas que iban a filmar. Luego se borraban esas preguntas de la cinta de sonido, pero se dejaban las respuestas, como afirmaciones.

Tras describir el forcejeo en el aparcamiento y la precipitada partida de la furgoneta Nissan, la señorita Rhea acusaba a los secuestradores, levantando la voz: «¡Eran unos brutos, unos bestias, unos salvajes!».

A continuación, el comisario de policía de Larchmont confirmaba que no había novedades en el caso y que los secuestradores no habían dado señales de vida.

Después del resumen venía una entrevista con el criminólogo Ralph Salerno.

Salerno se hallaba en un estudio de Miami y Harry Partridge en Nueva York, y habían realizado la entrevista vía satélite a última hora de la tarde. La recomendación de Karl Owens demostró ser acertada y Salerno, una autoridad en la materia, era elocuente y estaba bien informado. Dejó a Rita Abrams tan impresionada que ésta le pidió la exclusiva para la CBA mientras durara la crisis. Le pagarían mil dólares por cada intervención televisada, con un mínimo garantizado de cuatro.

Aunque las cadenas de televisión proclamaban que no pagaban por las entrevistas de los informativos -afirmación no siempre cierta-, una prima por asesoría era algo diferente y aceptable.

Ralph Salerno declaraba: «Los progresos en la investigación de un secuestro realizado con eficiencia dependen de la comunicación de los secuestradores. Mientras eso no se produzca, la situación suele permanecer estancada».

A una pregunta de Partridge, continuaba: «El FBI tiene un buen coeficiente de éxitos en los secuestros; resuelve el noventa y dos por ciento de los casos. Pero si examinamos cuidadosamente quiénes han sido atrapados y cómo, comprobaremos que la mayor parte de las resoluciones han dependido en primer lugar de la comunicación de los secuestradores, y después de irles acosando durante la negociación o el pago del rescate».

Partridge intervenía: «Entonces lo más probable es que no ocurra nada hasta que los secuestradores den señales de vida».

«Exactamente.»

La última declaración del reportaje especial estuvo a cargo de la presidenta de la corporación, Margot Lloyd-Mason.

Había sido idea de Leslie Chippingham incluir a Margot. La víspera, poco después de interrumpir la programación con el boletín especial sobre el secuestro, la había informado por teléfono. Y esa mañana había vuelto a ponerse en contacto con ella. En conjunto, su reacción había sido de solidaridad y tras su primera conversación había telefoneado a Crawford Sloane para expresarle su esperanza de que su familia fuera liberada rápidamente. Sin embargo, mientras hablaba con el director de informativos, había añadido dos advertencias.

– Una de las razones de que suceda una cosa así es que las emisoras han cometido el error de permitir que los presentadores se conviertan en ídolos, y los espectadores los consideran algo especial, casi como dioses.

No se extendió en los métodos de las emisoras para el control de la opinión pública, si quisieran, y, por su parte, Chippingham no deseaba discutir una cosa evidente.

El otro aviso concernía al equipo especial para el secuestro.

– Que nadie, y me refiero principalmente a ti -dictaminó Margot Lloyd-Mason-, pierda la cabeza con los gastos. Tenéis que hacer todo lo necesario sin saliros del presupuesto actual de informativos.

– No creo que podamos -protestó Chippingham, vacilante.

– Entonces, es una orden. No se emprenderá ninguna actividad que exceda del presupuesto sin mi previa aprobación. ¿Está claro?

Chippingham se preguntó si aquella mujer tendría sangre en las venas.

– Sí, Margot -respondió en voz alta-, está clarísimo. Aunque te recuerdo que la audiencia del boletín nacional de anoche se disparó y espero que continúe así mientras dure este asunto.

– Lo cual demuestra, simplemente -repuso ella con frialdad-, que se puede sacar provecho de las desgracias.