Aunque la aparición de la presidenta de la corporación en el informativo de la noche le parecía apropiada, Chippingham esperaba también que ello suavizara su actitud hacia algunos gastos especiales que, en su opinión, serían necesarios.
En antena, Margot habló con autoridad, según un guión que le habían preparado, pero revisado por ella misma.
Hablo en nombre de todo el personal de esta emisora y nuestra casa matriz, Globanic Industries, y declaro que vamos a emplear todos nuestros recursos en la búsqueda de los miembros secuestrados de la familia Sloane. Porque de hecho, para todos nosotros, se trata de un asunto de familia.
Deploramos lo sucedido. Instamos a los organismos oficiales a que sigan dedicando todos sus medios para llevar a esos criminales ante la justicia. Esperamos que nuestro amigo y colega Crawford Sloane pueda reunirse con su esposa, su hijo y su padre lo antes posible.
En el primer borrador no se hacía referencia a Globanic Industries. Cuando Margot le propuso la idea a Chippingham después de revisar el guión del comunicado en su despacho, él opinó:
– Yo no lo haría. El público tiene una imagen de la CBA como una entidad, como algo muy americano. La mención del nombre de Globanic lleva a la confusión, sin ventaja para nadie.
– Lo que tú pretendes -replicó Margot- es que la CBA sea una especie de joya de la corona, una empresa independiente. Bueno, pues no lo es. En Globanic más bien se considera a la CBA como un grano en el culo. Deja la referencia. Y lo que puedes quitar, à propos de Sloane, son las palabras «nuestro amigo y colega». Con secuestro o sin él, me atragantaré al decirlas.
– ¿Y si hacemos un trato? -sugirió Chippingham secamente-. Prometo respetar a Globanic si, por esta vez, consientes en ser amiga de Crawford.
– ¡Coño, de acuerdo! -exclamó Margot, soltando una fuerte carcajada.
La ausencia de novedades después de un primer día frenético en el grupo especial no sorprendió a Harry Partridge. Había intervenido en proyectos similares en otras ocasiones y sabía que los miembros de cualquier equipo tardaban por lo menos veinticuatro horas en centrarse. De todos modos, era imperativo no retrasar más la formulación de sus planes.
– Vamos a organizar una cena de trabajo -dijo a Rita por la tarde.
Entonces, ésta comunicó a los otros cuatro responsables del equipo -Jaeger, Iris, Owens y Cooper- que se reunieran con ellos dos a cenar en un restaurante chino en cuanto finalizara el boletín nacional de la noche. Rita eligió el Shun Lee West de la calle Sesenta y cinco oeste, cerca del Lincoln Center, uno de los favoritos del mundillo de la televisión. Al hacer la reserva, rogó al maître, Andy Yeung:
– No nos importunes con la carta. Prepara una buena cena y danos una mesa un poco apartada del bullicio, donde podamos hablar.
Durante la cuña publicitaria que se intercalaba tras el reportaje de cinco minutos sobre el secuestro, en la primera parte del informativo de la noche, Partridge se levantó de la mesa de presentador y Crawford Sloane ocupó su puesto.
– Gracias, Harry… por todo -le dijo éste apretándole el brazo.
– Esta noche vamos a seguir trabajando -le aseguró Partridge-, a ver si se nos ocurre alguna cosa.
– Lo sé. Os estoy muy agradecido.
Sloane hojeó rutinariamente los guiones que un ayudante colocó ante él; Partridge se quedó pasmado por su aspecto, después de observarle con detenimiento. El maquillaje no había logrado disimular los estragos causados por ese día y medio de angustia. Sloane tenía las mejillas chupadas y bolsas debajo de los ojos, cuyos párpados estaban enrojecidos; Partridge pensó que tal vez hubiera llorado.
– ¿Estás bien? -susurró-. ¿Seguro que quieres hacerlo?
Sloane asintió:
– Esos bastardos no me van a quitar de en medio.
– Quince segundos -avisó el realizador del estudio.
Partridge se apartó del campo de la cámara y luego salió del estudio sin hacer ruido. Una vez fuera, se quedó observándolo en una pantalla hasta que le pareció que Sloane lograría terminar su cometido de presentador. Entonces cogió un taxi hasta Shun Lee West.
Su mesa se hallaba al fondo del comedor, en un rincón relativamente tranquilo.
Cuando estaban acabando el primer plato -una sopa humeante de melón de invierno de aroma delicado-, Partridge se dirigió a Cooper. El inglés se había pasado la mayor parte del día en Larchmont, hablando con todo el que tuviera algo que decir sobre el secuestro, incluyendo a la policía local. Había regresado al cuartel general del equipo a última hora de la tarde.
– Teddy, ¿qué impresiones tienes de momento y qué planes se te han ocurrido?
Cooper dejó la cuchara de sopa en el cuenco vacío y se secó los labios. Abrió una ajada libreta y respondió: -Bien. Primero las impresiones.
Las páginas de su cuaderno estaban cubiertas de anotaciones y garabatos.
– Uno: ha sido un trabajo de profesionales. Los tíos no se han andado con pamplinas. Lo han planeado todo al dedillo, asegurándose de no dejar pistas. Dos: eran profesionales y estaban forrados.
– ¿Cómo lo sabes? -le preguntó Norman Jaeger.
– Esperaba que me lo preguntarais -sonrió Cooper mirando a la concurrencia-. Pues por una cosa: todo hace suponer que esa gente estuvo espiando de cerca la casa durante mucho tiempo antes de ponerse en marcha. Ya sabéis que algunos vecinos dicen que han visto coches alrededor de la casa de Sloane, y una vez o dos, una furgoneta, y que pensaron que sus ocupantes estaban protegiendo al señor S. y no vigilándole. Bien, hasta ayer, cinco personas habían declarado tal cosa; hoy yo he hablado con cuatro de ellas. Todos coinciden en haber visto esos vehículos intermitentemente durante tres semanas, o acaso un mes. Además hemos de considerar que el señor S. tenía la sensación de que le seguían. Cooper miró a Partridge:
– Harry, he leído tus notas en el tablón y creo que el señor S. está en lo cierto: le han seguido. Y tengo una teoría al respecto.
Mientras hablaban fueron trayéndoles nuevos platos: gambas salteadas con pimientos, langostinos fritos, guisantes de nieve y arroz frito. Hicieron una pausa para saborear los manjares y luego Rita insistió:
– ¿Y esa teoría, Teddy?
– Sí. El señor S. es una gran estrella de la tele. Está acostumbrado a ser una figura pública, a que todo el mundo le mire por todas partes, y eso se acaba convirtiendo en una rutina cotidiana. Así que, como mecanismo de defensa, se construye una especie de sensación subconsciente de invisibilidad. No piensa dejar que le molesten las miradas de los extraños, las cabezas que se vuelven o los dedos que le señalan. Por eso debió de rechazar la idea de que le seguían… y yo estimo que era así, porque encaja perfectamente en el reconocimiento público de la familia Sloane.
– Suponiendo que todo eso sea cierto -intervino Karl Owens-, ¿adónde nos lleva?
– Nos ayuda -respondió Partridge- a hacernos una idea de los secuestradores. Sigue, Teddy.
– Bien. Los secuestradores emplearon mucho dinero para llevar a cabo esa vigilancia tan prolongada. Y lo mismo se puede decir de todos los coches que han utilizado, y la furgoneta, o quizás varias, y la Nissan de ayer… una flotilla más que regular. Y hay algo especial en todos esos vehículos.
Cooper volvió una página.
– Los polis de Larchmont me han dejado leer sus informes sobre los coches. He sacado algunas conclusiones interesantes. Por ejemplo: cuando alguien ve un coche, es posible que luego no recuerde muchos detalles sobre él, pero una cosa que recuerda casi todo el mundo es su color. Pues bien: la gente que ha declarado haber visto los coches ha citado ocho colores distintos. Y yo me hago esta pregunta: ¿Tenían realmente los secuestradores ocho coches distintos?