Tu vieja (y sincera) amiga
El pistolero salió del cuarto de estar y penetró en el dormitorio de Salaverry. Hizo una bola con la hoja de papel y la tiró a la papelera. Cuando la policía registrara el apartamento, cosa que haría, seguro que encontraba la carta. Había muchas probabilidades de que la consideraran semianónima, y que sólo Salaverry supiera quién era el remitente.
El toque final consistía en un sobre, con unos fragmentos de fotografías en blanco y negro, quemados por los bordes. Se dirigió al cuarto de baño contiguo al dormitorio y vació el contenido del sobre en el retrete, dejando los fragmentos flotando en el agua.
Los pedacitos eran demasiado pequeños para que los identificaran. Sin embargo, se podía llegar a la conclusión razonable de que Salaverry, al recibir la carta acusatoria, había quemado las fotos y luego había tirado sus restos por el water, aunque algunos fragmentos se habían quedado flotando. Después, enfurecido por la aparente infidelidad de su amada Helga, la había matado, impulsado por un terrible ataque de celos.
Luego, Salaverry había escrito en la pared una sola palabra, un patético mensaje que describía cómo se sentía. (Si los encargados de la investigación policial no sabían español, alguien les podría traducir esa palabra a su idioma.)
Había incluso un detalle artístico en aquella cruda despedida. Aunque no era la clase de gesto que haría un anglosajón, tenía el voluble frenesí de un latín lover.
Deducción finaclass="underline" incapaz de enfrentarse a las consecuencias de su acto, Salaverry se había suicidado; la quemadura de pólvora en la frente era típica de los casos de heridas a bocajarro.
Como sabían muy bien quienes planificaron la escena, los homicidios sin resolver eran muy habituales en Nueva York, y los detectives de la policía solían estar tan desbordados de trabajo que no dedicarían demasiado tiempo ni esfuerzos a la investigación de un crimen cuyas circunstancias y cuya solución eran tan evidentes.
El asesino dio un repaso al cuarto de estar para una última comprobación y se fue. No había pasado dentro del edificio, de donde salió sin más tropiezo, más de quince minutos. Varias manzanas más abajo, se quitó los guantes y los tiró a una papelera de la calle.
9
– ¿Crees que Teddy Cooper acabará por averiguar algo? -preguntó Norman Jaeger a Partridge.
– No me sorprendería -dijo éste-. Otras veces lo ha conseguido.
Eran más de las 22.30 y caminaban los dos por Broadway, a la altura de Central Park. El grupo que había cenado en Shun Lee West se había disuelto hacía un cuarto de hora, poco después de que Cooper les expusiera su opinión de que el cuartel general de los secuestradores debía de estar situado dentro de un radio de cincuenta kilómetros desde Larchmont. Después había formulado otra suposición:
Los secuestradores y sus víctimas, según él, se hallaban en ese momento en la base de operaciones, esperando a que se aflojara el cerco inicial y la policía retirara los controles de carretera… lo cual no tardaría en ocurrir, inevitablemente. Entonces, la banda y sus prisioneros podrían desplazarse a otro lugar de los Estados Unidos o posiblemente del extranjero.
Todos habían considerado seriamente los razonamientos de Cooper. Como dijo Rita Abrams:
– Todo parece bastante lógico, hasta aquí.
– La zona a la que te refieres -advirtió Karl Owens- es enorme, está muy poblada y no hay posibilidad de registrarla de un modo eficaz, ni siquiera con el ejército -añadió, pinchando a Cooper-, a menos que tengas otra brillante idea entre ceja y ceja.
– Todavía no -repuso Cooper-. Necesito dormir toda la noche. Tal vez me despierte, como has dicho tan amablemente, con alguna «brillante» idea por la mañana.
Allí concluyó la discusión, y como el día siguiente era sábado, Partridge les convocó a las diez. El grupo se disgregó, y todos se dirigieron a sus casas en taxi, pero Partridge y Jaeger decidieron dar un paseo para disfrutar del aire de la noche.
– ¿De dónde has sacado a ese Cooper? -le preguntó Jaeger.
Partridge le contó que le había descubierto en la BBC y que le había impresionado tanto su trabajo que le había conseguido un puesto mejor en la CBA.
– Una de las primeras cosas que hizo para nosotros en Londres -prosiguió Partridge- fue en 1984, en la época en que estaban minando el mar Rojo. Estaban volando y hundiendo muchos barcos en la zona, pero nadie sabía quién era el responsable. ¿Te acuerdas?
– Pues claro -dijo Jaeger-. Irán y Libia eran los principales sospechosos, pero no se sabía nada más. Era obra de un barco, evidentemente, pero nadie sabía qué barco era, ni a quién pertenecía.
Partridge asintió:
– Bueno, pues Teddy empezó a investigar y se pasó un montón de días en la Lloyds de Londres, repasando meticulosamente todos los movimientos de buques que tenían registrados. Partió de la premisa de que el barco en cuestión tenía que haber cruzado el canal de Suez. Así que hizo una lista de todos los barcos que habían pasado por el canal desde poco antes de que empezaran a estallar las minas… y había una cantidad nada despreciable de barcos.
»Luego siguió investigando y comprobó los movimientos de todos los barcos de su lista, de puerto en puerto, comparando su situación con la de los atentados en zonas concretas. Finalmente, y quiero decir después de larguísimas investigaciones, sacó en claro que un solo barco, el Ghat, había estado en las inmediaciones de todas las explosiones, uno o dos días antes. Teddy es capaz de cosas increíbles.
– Ahora sabemos -continuó Partridge- que se trataba de un barco libio, y en cuanto se supo su nombre, no tardó en demostrarse que Gaddafi andaba detrás de toda la operación.
– Sabía que tuvimos un gran éxito con esa historia -dijo Jaeger-. Pero no conocía sus entresijos.
– Siempre pasa lo mismo, ¿no? -le sonrió Partridge-. Los corresponsales nos llevamos los laureles por el trabajo que hacéis los tíos como tú o Teddy.
– No me estaba quejando -continuó Jaeger-. Y te voy a decir una cosa, Harry: no me cambiaría por ti por nada del mundo, sobre todo a mi edad. -Hizo una pausa para meditar-: Cooper es un crío. Todos son unos críos. Esto se ha convertido en un trabajo de jovenzuelos. Tienen energías y ritmo. ¿Nunca tienes días, como yo, en que te sientes viejo?
– Pues últimamente, bastantes… demasiados -reconoció Partridge, haciendo una mueca.
Habían llegado a Columbus Circle. A su izquierda se extendía la inmensa negrura de Central Park, por donde pocos neoyorquinos se aventuraban de noche. Justo enfrente estaba la calle Cincuenta y nueve oeste, bajo las brillantes luces del centro de Manhattan. Partridge y Jaeger cruzaron con precaución a la otra acera entre el tráfico veloz.
– Tú y yo hemos vivido un montón de cambios en esta profesión -dijo Jaeger-. Espero que, con un poco de suerte, veamos algunos más.
– ¿Qué crees tú que nos espera?
Jaeger reflexionó antes de contestarle:
– Primero te voy a decir lo que no creo que pase. No creo que los informativos televisados vayan a desaparecer, ni cambien excesivamente, a pesar de algunas predicciones. Es posible que la CNN se sitúe en primera fila, tiene capacidad para ello. Lo único que hace falta es calidad. Pero lo más importante es que existe una enorme sed de noticias, más que nunca en toda la historia, en todos los países del mundo.
– Eso ha sido gracias a la televisión.
– ¡Sí, señor! La televisión es el equivalente de Gutenberg y Caxton en el siglo xx. Y además, a pesar de sus defectos, los informativos de televisión han conseguido que la gente cada vez quiera saber más. De ahí el auge de los periódicos, que no descenderá.