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Por la mañana aterrizaron en el aeropuerto Tocumen de Panamá. El DC-10 de Alitalia rodó por la pista. El Papa desembarcó y, como el experto actor que había sido, besó levemente el suelo mientras le enfocaban multitud de cámaras. Después empezaron las formalidades de rigor.

Antes de tomar tierra, Partridge había hablado con su realizador de exteriores y su equipo y les había pedido que cubrieran sin él las actividades del Papa durante las horas siguientes. Después se reuniría con ellos para hacer el comentario y ayudarles a montar el reportaje. En Panamá no había cambio de horario de verano y sólo había una hora de diferencia con Nueva York, así que tendrían tiempo suficiente.

A pesar de su evidente curiosidad, sus compañeros de la CBA no le hicieron preguntas, aunque Partridge sabía que era poco probable que su vínculo sentimental con Gemma hubiera pasado desapercibido.

También se acercó al reportero del New York Times, casualmente Graham Broderick, y le rogó que le prestara las notas que tomara de esa jornada. Broderick enarcó las cejas con una mueca burlona, pero aceptó. Los periodistas solían realizar esa clase de tratos, porque nunca se sabe cuándo va uno a necesitar ayuda.

Cuando los otros desembarcaron, Partridge se quedó rezagado. No tenía ni idea de qué explicación habría dado Gemma a su jefe, pero se reunió con él y abandonaron juntos el DC-10. Gemma, todavía con su uniforme de Alitalia, empezó a explicarle que no podía cambiarse de ropa, pero él la interrumpió y le dijo:

– Te quiero así.

Ella le miró con una expresión muy seria:

– ¿De verdad, Harry?

– De verdad -asintió lentamente.

Se miraron a los ojos y ambos parecieron satisfechos con lo que vieron.

En la terminal del aeropuerto, Partridge dejó un momento a Gemma. Se dirigió a un mostrador de información y formuló varias preguntas al atildado joven que le atendió. El empleado le dijo, sonriente, que debía ir con la señora a Las Bóvedas, en la antigua muralla de la ciudad que daba a la plaza de Francia. Allí encontrarían los juzgados municipales.

Partridge y Gemma cogieron un taxi hasta la ciudad vieja. Se apearon junto a un obelisco coronado por un gallo, en honor de los constructores franceses del canal, el famoso Ferdinand de Lesseps, entre otros.

Veinte minutos más tarde, en el interior de la antigua muralla, en un adornado despacho que ocupaba una antigua celda, un juez* casó a Harry Partridge y Gemma Baccelli. La ceremonia duró cinco minutos; el juez* llevaba una informal guayabera* blanca de algodón; el acta matrimonial* les costó veinticinco dólares y Partridge entregó veinte dólares más a las dos mecanógrafas que firmaron como testigos.

Se informó a los novios que las formalidades de registro de su matrimonio eran opcionales y, de hecho, innecesarias a menos que quisieran pedir el divorcio.

– Lo registraremos -dijo Partridge- y no volveremos.

Al final, sin gran convicción, el juez* les deseó:

– ¡Que vivan los novios!*

Les dio la sensación de que lo había repetido muchas veces.

Entonces, y más adelante también, Partridge se preguntó cómo Gemma, que había aceptado sin vacilación una ceremonia civil, reconciliaría eso con su religión. Era católica y la habían educado en un colegio del Sagrado Corazón. Pero cuando Harry se lo preguntó, ella se encogió de hombros y replicó:

– Dios lo comprenderá.

Supuso que aquello formaba parte de la típica informalidad de los italianos respecto a la religión. Una vez había oído que los italianos daban por hecho que Dios también era italiano.

Irremediablemente, la noticia de la boda se expandió por el avión papal «a los cuatro vientos», como dijo el corresponsal del Times de Londres, citando el Apocalipsis. En cuanto despegaron de Panamá, en la sección de prensa se organizó una fiesta con ríos de champán, licores y montañas de caviar. El personal de vuelo se sumó a las celebraciones, dentro de los límites de sus obligaciones, relevando a Gemma por esa jornada. Hasta el comandante de Alitalia abandonó su puesto de mando un momento para acercarse a felicitarla.

En medio del jolgorio y los buenos deseos, Partridge notaba entre sus colegas ciertas dudas acerca de la duración de tal matrimonio, pero también advirtió, entre los hombres, un sentimiento de envidia.

De forma notoria, pero poco sorprendente, el clero no mandó representación alguna a la fiesta, y durante el resto del viaje Partridge notó su frialdad y su desaprobación. Pese a sus indagaciones, ninguno de los periodistas logró averiguar si el Papa fue informado del suceso. Sin embargo, el Papa no volvió a visitar la sección de prensa en el resto del viaje.

Durante los escasos momentos que podían compartir, Partridge y Gemma empezaron a hacer planes para el futuro.

En la habitación de un hotel de Nueva York… lenta, tristemente… la imagen de Gemma se difuminó. El presente sustituyó al pasado y Harry Partridge, exhausto, se quedó dormido por fin.

10

En la base de la banda en Hackensack, Miguel recibió un mensaje telefónico a las 7.30 del sábado. Cogió la llamada en una pequeña habitación de la planta baja que se había reservado para él, como despacho y como dormitorio.

De los seis teléfonos portátiles del grupo, uno estaba destinado a recibir ciertas llamadas especiales, cuyo número sólo conocían las personas con autoridad para llamar. Miguel siempre tenía ese aparato cerca.

Su interlocutor le llamaba desde una cabina pública, según las órdenes recibidas, para que fuera imposible detectar la llamada desde uno u otro aparato.

Miguel llevaba media hora alerta, esperando dicha llamada. Descolgó al primer timbrazo y respondió:

– ¿Sí?*

La voz le dio la primera parte de la contraseña:

– ¿Tiempo?*

– Relámpago* -repuso Miguel.

Existía una respuesta alternativa. Si Miguel hubiera contestado «trueno» en vez de «relámpago», habría significado que, por alguna razón, el grupo necesitaba un aplazamiento de veinticuatro horas. Pero «relámpago»* quería decir: «Estamos listos para marcharnos. Dinos lugar y hora».

– Sombrero profundo sur*, dos mil -fue el mensaje que siguió.

Sombrero* era el aeropuerto de Teterboro, a unos dos kilómetros de allí; profundo sur*, la entrada de la zona sur. La cifra dos mil indicaba la hora: las 20.00. Las víctimas del secuestro y sus acompañantes debían embarcar en un Learjet 55LR matriculado en Colombia que les estaría esperando allí a la hora convenida. El 55, como ya sabía Miguel, era un modelo más grande, con más espacio interior que los habituales 20 y 30 de la serie Lear. LR significaba Long Range, larga distancia.

– Lo comprendo* -confirmó Miguel escuetamente y colgó.

Su interlocutor era otro diplomático, agregado al consulado general de Colombia en Nueva York; había sido un conducto para los mensajes desde la llegada de Miguel a los Estados Unidos un mes antes. El cuerpo diplomático peruano, al igual que el colombiano, estaban plagados de infiltrados, simpatizantes de Sendero Luminoso y la nómina del cártel de Medellín, a veces de ambas organizaciones, que llevaban a cabo su doble juego por las ingentes sumas de dinero que proporcionaban los barones del tráfico de drogas sudamericano.