Así que recibió con alivio al veterano corresponsal Harry Partridge y a la realizadora Abrams cuando irrumpieron en la sala de redacción y se dirigieron a toda prisa hacia él.
Mientras Partridge echaba una ojeada al télex de la United Press y leía la historia en un monitor, Rita dijo a Richardson:
– Tenemos que empezar a emitir ahora mismo. ¿Quién tiene autoridad?
– Tengo un número.
Sujetando el teléfono contra el hombro y tras consultar una nota, el jefe de día tecleó los dígitos del vicepresidente de la CBA-News que estaba de retén en su casa. Cuando éste le contestó, Richardson le explicó la situación y le pidió autorización para dar un boletín especial. El vicepresidente exclamó:
– ¡Adelante!
Lo que sucedió a continuación fue una reproducción casi idéntica al proceso del jueves, cuando se interrumpió la programación para dar la noticia del secuestro poco antes de las doce del mediodía. Las diferencias venían dadas por la naturaleza de la información y las personas involucradas. Partridge estaba en el estudio de avances, sentado en la butaca del presentador, Rita actuaba de productora ejecutiva y en la sala de control apareció otro director, llegado a toda prisa de otra parte del edificio tras oír el anuncio de un «boletín especial».
La CBA estaba emitiendo a los cuatro minutos de recibir la información de la UPI. Las otras cadenas -controladas desde los monitores de la sala de control- interrumpieron su programación casi al mismo tiempo.
Harry Partridge estuvo, como siempre, sereno y metódico, todo un profesional de altura. No daba tiempo para redactar un guión o utilizar el Teleprompter. Partridge simplemente memorizó el contenido del télex e improvisó.
El boletín especial duró dos minutos. Sólo tenían los hechos escuetos, muy pocos detalles, y no disponían de imágenes; reunieron apresuradamente unas cuantas fotos fijas -de la familia Sloane, su casa de Larchmont y el supermercado Grand Union donde se había producido el secuestro el jueves- que proyectaron por encima del hombro de Partridge. Éste prometió a los espectadores que el telediario del sábado por la noche de la CBA les ofrecería un reportaje completo, con imágenes, del siniestro de White Plains.
En cuanto se apagó la luz roja de la cámara del estudio de avances, Partridge telefoneó a Rita a la sala de controclass="underline"
– Me voy a White Plains. ¿Podrás arreglarlo?
– Ya está todo a punto. Iris, Minh y yo te acompañamos. Iris realizará el reportaje de esta noche. Puedes hacer un comentario allí y ya le pondremos la voz más tarde. Tenemos un coche con chófer esperándonos.
La ciudad de White Plains tiene una larga historia que se remonta a 1661, cuando era un poblado de los indios Siwanoy, llamado Quarropas -que significa llanura blanca (White Plains) o bálsamo blanco, por los árboles que crecían allí. Durante el siglo xviii fue un importante centro minero de hierro y un nudo de comunicaciones. En 1776, durante la guerra de independencia americana, la batalla de Chatterton Hill había desencadenado la retirada de Washington, pero ese mismo año, el congreso provincial de White Plains aprobó la declaración de independencia y la creación del Estado de Nueva York. Había vivido otros hitos, buenos y malos, pero ninguno superaba en infamia la explosión ocasionada por el cártel de Medellín y Sendero Luminoso en el aparcamiento del centro comercial Center City.
Más tarde se llegó a la conclusión de que había cierta inevitabilidad en el curso de los acontecimientos.
Durante su ronda de la noche anterior, el guardia de seguridad había anotado los números de matrícula y los modelos de los vehículos estacionados en el garaje por la noche -proceso normal de precaución contra los aprovechados que podían alegar la pérdida del resguardo del aparcamiento para abonar un solo día de pupilaje.
La presencia de una furgoneta Nissan matriculada en Nueva York ya se había detectado la noche anterior, lo cual tampoco era inusual. A veces, por diversas razones, se quedaban vehículos aparcados durante una semana o más. Pero esa segunda noche, otro vigilante, más celoso de su cometido, se había preguntado si esa furgoneta Nissan tendría algo que ver con la que buscaban en relación con el secuestro de la familia Sloane.
Hizo una anotación al respecto en su informe y el supervisor de mantenimiento, al leerla por la mañana, llamó en seguida a la policía de White Plains, que envió un coche patrulla a investigar. Según los datos de la policía, eran las 9.50.
No obstante, el supervisor de mantenimiento no esperó a que llegara la policía. Se dirigió a la furgoneta empuñando un gran manojo de llaves de automóvil que había ido acumulando a lo largo de los años. Para él era una fuente de orgullo el hecho de que hubiera pocos coches cerrados que se resistieran a su colección de llaves.
Todo ello sucedía a la hora en que los compradores del sábado empezaban a afluir al aparcamiento en sus automóviles.
El supervisor no tardó en encontrar la llave que encajaba en la cerradura de la puerta del conductor de la furgoneta Nissan. Fue lo último que hizo en los escasos segundos que le quedaban de vida.
Con un estruendo que alguien describió después como «cincuenta truenos juntos», la Nissan se desintegró en una inmensa y envolvente bola de fuego. Lo mismo le ocurrió a una parte sustancial del edificio y varios coches de los alrededores, por fortuna vacíos, aunque lo que quedó de ellos ardió salvajemente. La explosión abrió unos boquetes enormes en el edificio, por encima y por debajo de donde se hallaba la furgoneta, y por ellos cayeron en cascada los vehículos en llamas hasta los pisos inferiores.
El efecto no se limitó al edificio del garaje. La misma estructura del centro comercial Center City sufrió serios daños, y todas las ventanas y las puertas de cristal del edificio y los edificios circundantes saltaron hechas añicos. Otros escombros que salieron despedidos hacia lo alto cayeron sobre las calles adyacentes, el tráfico y los viandantes.
La impresión fue avasalladora. Cuando se aplacó el estruendo inicial se produjo un denso silencio, aparte del rumor de las llamas y los objetos que iban cayendo. Luego empezaron los gritos, seguidos por chillidos incoherentes y maldiciones, histéricas peticiones de socorro, órdenes ininteligibles y, casi inmediatamente, las sirenas que se acercaban desde todas direcciones.
Después, parecía extraordinario que el balance de pérdidas humanas, una vez contadas, no fuera más alto. Además de la muerte instantánea del supervisor de mantenimiento, dos personas murieron poco después a causa de las heridas y había cuatro heridos de gravedad, entre la vida y la muerte. Hubo otros veintidós heridos, incluyendo a media docena de niños, que fueron hospitalizados.
En conjunto, la referencia a Beirut del boletín de la United Press no parecía fuera de lugar.
Más adelante se iniciaría un debate en torno a la cuestión de si se habría producido o no la explosión si el supervisor de mantenimiento hubiera esperado la llegada de la policía. La policía decía que no, declarando que habría llamado al FBI, cuyos expertos en desactivación de explosivos habrían examinado la furgoneta, pudiendo descubrir la bomba y luego desactivarla. Pero también había escépticos que creían que la policía habría abierto la furgoneta por sus propios medios, o con las llaves del supervisor. Al final, se consideró que era una discusión estéril y terminó por ser descartada.
Sin embargo, una cosa resultaba evidente: la Nissan volada era la furgoneta que habían utilizado los secuestradores de la familia Sloane dos días atrás. La proximidad de Larchmont, la aparición de la furgoneta en el aparcamiento del centro comercial ese mismo jueves, y el hecho de que la hubieran «cargado» apoyaban esa hipótesis. Y además su matrícula, una vez comprobada en los archivos de tráfico, pertenecía a un sedán Oldsmobile de 1983. Sin embargo, en seguida se descubrió que el nombre y el domicilio de su propietario y la fecha de su póliza de seguros eran falsos; las primas del seguro y las tasas de circulación se habían pagado en efectivo, sin dejar constancia de la identidad del pagador.