Lo que significaba todo aquello era que el Oldsmobile se había retirado de la circulación, probablemente para chatarra, pero su matriculación se había mantenido en vigor para usos ilícitos. Por tanto, la matrícula de la furgoneta Nissan era ilegal, pero no estaba en la «lista negra» de la policía.
Hubo ciertas discusiones, porque uno de los testigos de Larchmont decía que la Nissan llevaba matrícula de Nueva Jersey, cuando la del garaje de White Plains era de Nueva York. Pero, como señalaron después los investigadores, era normal que los criminales le cambiaran la matrícula inmediatamente después de cometer su delito.
El comisario de policía de White Plains hizo otro comentario concluyente en la misma escena de la explosión.
– Esto ha sido, claramente, obra de avezados terroristas- dijo fríamente a la prensa.
Cuando le preguntaron si, ampliando su deducción, podían ser terroristas extranjeros los secuestradores de la familia Sloane, el comisario contestó:
– No entra dentro de mis competencias, pero yo diría que sí.
– Vamos a centrarnos en esta teoría del terrorismo internacional en nuestro reportaje de esta noche -dijo Harry Partridge a Rita y a Iris Everly, cuando oyó los comentarios del comisario.
El contingente de la CBA acababa de llegar hacía unos minutos en dos vehículos -el equipo de cámaras y sonido en un Jeep Wagoneer, y Partridge, Rita, Iris y Teddy Cooper en un sedán Chevrolet, con un chófer de la emisora- que habían recorrido los cincuenta kilómetros que les separaban del centro de Manhattan en treinta escalofriantes minutos. Junto a la aglomeración de periodistas que iban llegando, la creciente afluencia de curiosos era mantenida a raya por los cordones policiales. Minh Van Canh y el técnico de sonido, Ken O'Hara, ya estaban filmando y grabando el sonido natural del edificio siniestrado, los heridos que seguían rescatando de los escombros y los montones de vehículos retorcidos y torturados, algunos todavía en llamas. También habían recogido una improvisada rueda de prensa con las declaraciones del comisario de policía.
Tras hacer una valoración general de la situación, Partridge convocó a Minh y O'Hara y empezó a realizar entrevistas tanto a quienes estaban trabajando en las tareas de rescate como a los testigos de la explosión. Podía haber llevado a cabo ese trabajo el mismo equipo, con o sin realizador. Pero aquello le daba a Partridge una sensación de participación, de acción, de estar palpando la historia directamente por primera vez.
Ese contacto con la noticia es psicológicamente esencial para los corresponsales, al margen de su información acerca de los pormenores o los antecedentes del caso. Partridge llevaba unas cuarenta y ocho horas trabajando en el secuestro de la familia Sloane, pero, hasta ese momento, sin contacto personal con los hechos. En ciertos momentos, se había sentido enjaulado en su despacho, conectado con el mundo exterior sólo mediante un teléfono y una pantalla de ordenador. Su presencia en White Plains, por más trágicas que fueran las circunstancias, satisfacía una necesidad. Y sabía que a Rita le pasaba lo mismo. Al pensar en ella, la buscó y le preguntó:
– ¿Ha hablado alguien con Crawf?
– Le he telefoneado a su casa -le contestó ella-. Iba a venir, pero le he dicho que no. Primero, porque la gente le abrumaría. Y segundo, porque la visión de lo que pueden ser capaces de hacer esos bastardos le dejaría hecho polvo.
– Pero verá las imágenes.
– Sí, claro. Irá luego a la emisora. Les también, y ya les pasaré lo que tenemos hasta ahora -le dijo, enseñándole las cintas que tenía en la mano-. Creo que tú y yo deberíamos irnos. Iris y Minh se quedarán un rato más.
– Sí, pero dame un minuto -le pidió Partridge.
Se hallaban en la tercera planta del garaje. Partridge se alejó de Rita, dirigiéndose a un rincón solitario e intacto. Desde allí se divisaba la ciudad de White Plains, cuyos habitantes se dirigían a sus habituales ocupaciones. A lo lejos corría la autopista de Nueva Inglaterra y más allá se extendían las verdes laderas de Westchester: todas ellas, escenas de normalidad en contraste con la devastación que les rodeaba.
Se había alejado de ese caos en busca de un momento de tranquilidad para recapacitar y responder a una pregunta que le atormentaba: había aceptado el compromiso de encontrar, y tal vez liberar, a Jessica, su hijo y el padre de Crawford… ¿pero tenía alguna esperanza, la más mínima, de lograrlo? En ese instante, Partridge temió que la respuesta fuera negativa.
Lo que había ocurrido allí, la constatación de lo que eran capaces de hacer sus adversarios, había sido un escarmiento. Ello planteaba nuevos interrogantes: ¿sería capaz de enfrentarse a un salvajismo tan despiadado? Ahora que se había confirmado virtualmente su conexión con el terrorismo, ¿existiría algún recurso civilizado capaz de descubrir y burlar a un enemigo tan poderoso? E incluso en el caso de que la respuesta fuera afirmativa, y a pesar del optimismo inicial del grupo de la CBA-News, ¿no era una vana presunción creer que un periodista desarmado podía conseguir el éxito donde estaban fracasando la policía, los organismos gubernamentales, los servicios de inteligencia y los del orden?
Y en cuanto a él, pensó Partridge, ésa no era una batalla limpia, la clase de guerra que, perversamente o no, le excitaba y hacía correr la sangre en sus venas. Era asquerosa y furtiva, una lucha infecta, con un enemigo desconocido y unas víctimas inocentes.
Pero, al margen de sus sentimientos personales y por razones pragmáticas, ¿debía aconsejar a la CBA que abandonara su posición comprometida y recomendarle la vuelta a su papel habitual de observación, o, si no tenía éxito, delegar su responsabilidad a otro?
Advirtió un movimiento a su espalda. Se volvió y vio a Rita.
– ¿Puedo ayudarte? -le preguntó.
– Nunca nos habíamos metido en una cosa así -le contestó Partridge-. Con tanta responsabilidad no sólo en lo que informamos, sino en lo que hacemos.
– Ya lo sé. ¿Estabas pensando en rechazarla, en devolverles el paquete?
Rita ya le había sorprendido con anterioridad por su perspicacia.
– Pues sí -asintió él.
– No lo hagas, Harry -le rogó-. ¡No abandones! Si tú te vas, nadie será capaz de hacerlo ni la mitad de bien que tú.
12
Partridge, Rita y Teddy Cooper regresaron juntos a Manhattan a una velocidad bastante más moderada que a la ida. Partridge iba delante junto al chófer de la empresa y Teddy y Rita en el asiento posterior.
Cooper, que había decidido acudir a White Plains en el último momento, había permanecido en segundo plano, observando; parecía preocupado, como concentrándose en algún problema. Partridge y Rita también parecían poco inclinados a hablar al principio. Para ambos, la experiencia de esa mañana había sido siniestra. Aunque habían presenciado en muchas ocasiones los efectos del terrorismo en el extranjero, comprobar su invasión de los suburbios americanos había sido traumático. Era como si una bárbara locura hubiera llegado por fin, envenenando un entorno que, si no apacible, hasta entonces había poseído ciertas bases de lógica. Ese día había empezado la erosión de esa base y ellos sospechaban que podría extenderse y acaso de modo irreversible.
Al cabo de un rato, Partridge se volvió en su asiento para mirar a los otros dos:
– Los británicos estaban convencidos de que el terrorismo exterior no entraría en su país, y sin embargo lo hizo. Aquí pensaba igual la gran mayoría.
– Pues se equivocaban desde el principio -dijo Rita-. Era algo inevitable… sólo cuestión de tiempo.
Ambos asumían con bastante convicción -reconocida por el comisario de policía de White Plains- que el secuestro de la familia Sloane era un acto de terrorismo internacional.