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A lo largo de todo el proceso, no obstante, las posibilidades de parcialidad y distorsión eran infinitas. Se podía lograr que un individuo hiciera cosas fuera de contexto. Por ejemplo, se podía mostrar a un candidato político riéndose ante la miseria de unas gentes sin hogar, cuando en realidad había llorado, y esa risa procedía de otro momento y otras circunstancias. Utilizando una técnica llamada «deslizar el audio», se podía trasponer cierto sonido o comentario de una escena a otra, sin que lo supieran más que el montador y el realizador. Cuando iban a entregarse a tales manipulaciones, si había algún periodista en la sala de montaje, se le rogaba que saliera. El periodista tal vez se figurara lo que iban a hacer, pero prefería no saberlo.

Oficialmente se desaprobaban tales prácticas, pero de hecho se producían en todas las emisoras.

Iris había preguntado un día a Bob Watson si sus opiniones políticas -abiertamente socialistas- se reflejaban en sus montajes.

– Claro, en época de elecciones, si creo que puedo hacerlo impunemente. No es tan difícil hacer que alguien parezca bueno, malo o completamente ridículo, a condición de que el realizador lo consienta.

– Pues conmigo ni lo intentes -le soltó ella-, si no quieres meterte en un buen lío.

Watson se había llevado la mano a la frente, en un remedo de saludo militar.

Volviendo al reportaje sobre White Plains, Iris sugirió:

– A ver aquella toma del cráter.

– Mucho mejor. ¡Oh, maldita cabezota! ¡Desconsiderado! La coronilla de un fotógrafo en primer plano había arruinado la toma, claro ejemplo de la guerra perpetua entre los fotógrafos de prensa y los cámaras de televisión.

En un momento dado, las imágenes de la cinta maestra no coincidían con la banda sonora.

– Necesitamos a Harry para que cambie unas palabras -dijo Watson.

– Ya vendrá. Primero acabemos con lo nuestro.

A Watson le irritaba tener que limitar a tres segundos la duración de cada secuencia.

– En los telediarios británicos duran hasta cinco segundos; así se pueden hacer virguerías, con ayuda del sonido. ¿Sabías que los ingleses tienen un período de atención más largo que el nuestro?

– Sí, eso he oído…

– Y aquí, si usas secuencias de cinco segundos, veinte millones de cretinos se aburren y cambian de canal.

Mientras se tomaban un café y un pequeño descanso y Watson encendía un puro nuevo, Iris le preguntó:

– ¿Cómo te metiste en esto?

– Si te lo cuento -cloqueó él-, no te lo vas a creer. -Inténtalo.

– Yo vivía en Miami y trabajaba de portero nocturno en una emisora local de televisión. Uno de los montadores jóvenes que hacía el turno de noche vio que me interesaba el tema y me enseñó cómo funcionaban los aparatos de montaje; eso era antes de las cintas, cuando se utilizaba película. Después, empecé a trabajar como una bestia para terminar en seguida las tareas de limpieza. Y a las tres o las cuatro de la madrugada, me metía en la sala de montaje, a ensamblar los recortes del día anterior que estaban en la papelera, y me montaba mis historias. Al cabo de cierto tiempo, supongo que acabé aprendiendo.

– ¿Y entonces?

– Una vez, en Miami, cuando yo todavía era portero, hubo unos disturbios raciales, por la noche. Fue muy gordo. Liberty City, la zona de mayoría negra, estaba en llamas. La emisora de televisión donde yo trabajaba llamó a todo el personal, pero algunos tuvieron dificultades para llegar. Les faltaba el montador de cine, y lo necesitaban con verdadera urgencia.

– Así que tú te presentaste voluntario -dijo Iris.

– Al principio, nadie me creía capaz de hacerlo. Pero estaban cada vez más desesperados, así que me dejaron intentarlo. Al momento, mi material salía en antena. Mandaron una parte de él a la central, que lo utilizó al día siguiente. Duré diez horas en mi empleo: vino el director de la emisora y me despidió.

– ¿Te despidió?

– Como portero. Dijo que no estaba por la labor… -Watson se rió-. Luego me contrató como montador. Desde entonces no he parado.

– Qué historia tan bonita -dijo Iris-. Algún día, cuando escriba mi libro, la utilizaré.

Poco después, tras sugerírselo Watson e Iris, Partridge cambió algunas palabras de su comentario para que encajaran con el montaje, y Watson adaptó la grabación. También filmaron el último plano del reportaje, en la calle, frente al edificio de la CBA-News.

Desde su vuelta de White Plains, Partridge había estado angustiado, pensando en lo que diría. Si hubiera sido una noticia normal, le habría resultado fácil hacer un resumen. Pero la relación de la historia con Crawford Sloane era lo que la hacía distinta. Partridge sabía que algunas de las palabras que había considerado angustiarían a Crawf. ¿Debía suavizarlas, echarles un poco de almíbar, o ser un periodista agudo con una única meta: la objetividad?

Al final, la decisión vino por sí sola. Frente las oficinas de la CBA-News, ante el equipo de rodaje y la curiosa mirada de algunos viandantes, Partridge resumió lo que quería decir, memorizó sus notas e improvisó:

El suceso de hoy en White Plains -una monstruosa tragedia para las víctimas inocentes de esa ciudad- es también la peor de las noticias para mi querido compañero Crawford Sloane. Significa, sin la menor duda, que su esposa, su hijo y su padre están en manos de unos criminales salvajes y despiadados, de identidad y procedencia desconocidas. Lo único que está claro es que, sea cual sea su propósito, no se detendrán ante nada para lograrlo.

La naturaleza y la ocasión del atentado de White Plains también plantea la pregunta que se está haciendo tanta gente: ¿estarán a estas alturas las víctimas del secuestro fuera de los Estados Unidos, confinadas en algún lugar remoto, cualquiera que sea?

Harry Partridge, CBA-News, Nueva York.

13

Teddy Cooper se equivocaba. Los secuestradores y sus víctimas no habían salido aún de los Estados Unidos. Sin embargo, según sus planes, tardarían pocas horas en hacerlo.

Entre los miembros del grupo de Medellín, que seguía encerrado en Hackensack el sábado por la tarde, la tensión llegaba al paroxismo y los nervios estaban a punto de estallar. La causa inmediata de su inquietud eran las noticias de la radio y la televisión acerca del suceso de esa mañana en White Plains.

Miguel, ansioso e intranquilo, contestaba con malos modos y juramentos las preguntas de los demás. Cuando Carlos, por lo general el más pacífico de los cinco colombianos, sugirió enfadado que cargar la furgoneta Nissan con explosivos había sido una idea imbécil*, Miguel sacó una navaja. Luego, recobrando el dominio de sí mismo, la cerró.

En realidad, Miguel sabía que había sido un error dejar la furgoneta en White Plains a punto de estallar. Su intención era que sirviera de advertencia acerca de la seriedad de los secuestradores, después de su partida. La palabra clave era después.

Miguel confiaba en que, gracias a los cambios realizados en la furgoneta después del secuestro -quitarle los cristales oscuros y cambiarle la matrícula-, ésta tardaría cinco o seis días, o tal vez más, en llamar la atención en el garaje de White Plains.

Evidentemente, se había equivocado. Y además, la explosión de esa mañana y sus repercusiones habían vuelto a centrar la atención nacional en el secuestro de la familia Sloane, alertando al máximo a la policía y demás fuerzas de seguridad justo cuando estaban a punto de salir secretamente del país.

A Miguel y los demás les importaban bien poco las muertes y las mutilaciones de White Plains. En otras circunstancias, les habrían hecho gracia. Sólo les interesaba en la medida en que ellos mismos corrían un peligro mayor, que no hubiera sido necesario.

Los conspiradores de Hackensack se debatían en interrogantes:

¿Volvería la policía a instalar los controles de carretera que, según las noticias, se habían relajado desde el jueves? Y en tal caso, ¿encontrarían alguno entre su guarida y el aeródromo de Teterboro? ¿Y en el aeródromo? ¿Serían más severas las medidas de seguridad a causa de la nueva alerta? E incluso en el caso de que los cuatro que iban a ir con los rehenes consiguieran salir sin problema de Teterboro en el Learjet privado, ¿qué pasaría en el aeropuerto Opa Locka de Florida? ¿Hasta qué punto se arriesgarían allí?