Ninguno sabía la respuesta, ni siquiera Miguel. Lo único que sabían con certeza era que estaban obligados a marcharse; el mecanismo de traslado estaba en marcha y no tenían más remedio que jugársela.
Otra de las razones de su tensión, acaso inevitable, era el deterioro de las relaciones de convivencia de los conspiradores. Tras permanecer encerrados durante más de un mes, con limitadísimos contactos con el exterior, la irritabilidad personal había aumentado hasta extremos casi rayanos con el odio.
Particularmente detestable para los demás era el hábito de Rafael de carraspear y esputar en cualquier parte, incluida la mesa de las comidas. Una vez, Carlos sintió tanto asco que llamó a Rafael «bruto odioso»*, y éste le agarró por los hombros, le acorraló contra la pared y empezó a darle puñetazos. Sólo la intervención de Miguel salvó a Carlos. Desde entonces, Rafael no había modificado sus hábitos, aunque Carlos estaba que bufaba.
Luis y Julio también estaban enfrentados. La semana anterior, Julio había acusado a Luis de hacer trampas con las cartas. La contienda a puñetazo limpio quedó en tablas, y al día siguiente los dos tenían la cara hinchada; desde entonces apenas se dirigían la palabra.
Y además, Socorro se había convertido en una nueva fuente de fricciones. A pesar de su rechazo inicial a todas las proposiciones sexuales, la víspera se había acostado con Carlos. Los ruidos animales habían despertado la envidia de los otros hombres, y en especial la de Rafael, que la deseaba, y se lo recordó esa mañana.
– Tendrás que cambiar tus asquerosos modales antes de clavarme la verga* -le dijo ella delante de los demás durante el desayuno.
La situación se complicaba más todavía por el deseo que Socorro despertaba en Miguel. Pero como cabecilla del grupo, se recordaba constantemente que no podía permitirse entrar en lid con los demás.
Miguel se había dado cuenta de que su papel de dirigente le estaba ocasionando otros efectos. Al mirarse recientemente en el espejo mientras se afeitaba, advirtió que su apariencia «anodina» de hombre corriente estaba cambiando. Parecía cada vez menos el empleaducho de medio pelo que había sido hasta entonces su camuflaje natural. La edad y las responsabilidades le estaban confiriendo el aspecto de lo que era: un hombre de mando duro y maduro.
Bueno, pensó esa tarde, todos los jefes cometían errores y White Plains había sido evidentemente uno de los suyos.
Así que fue un alivio, por diversas razones, que se acercaran las 19.40 para emprender los últimos preparativos.
Julio conduciría el coche fúnebre y Luis el camión de la «Funeraria La Serenidad». Ambos vehículos estaban cargados y dispuestos.
En el coche fúnebre iba un solo ataúd, que contenía a Jessica, profundamente sedada. Angus y Nicholas, también inconscientes en sus ataúdes cerrados, estaban en el camión. Carlos había colocado sobre cada uno de los ataúdes un ramo de crisantemos blancos y claveles rosa, las flores que había comprado esa mañana.
Curiosamente, la visión de los ataúdes y las flores tranquilizó a los conspiradores, como si, de alguna forma, los papeles que habían ensayado en mente y estaban a punto de representar se hubieran vuelto más fáciles.
Sólo Baudelio, ajetreado en torno a los ataúdes, comprobando por última vez las constantes vitales de los rehenes con su equipo, permanecía atento a las preocupaciones más inmediatas; ésa era la primera de las diversas ocasiones de las horas siguientes en que el éxito de la empresa dependería totalmente de su criterio profesional. Si alguno de los cautivos recobraba el conocimiento y se debatía o gritaba mientras el grupo los trasladaba, y sobre todo mientras eran interrogados, todo se iría a pique.
La menor sospecha de algo anormal en los ataúdes podía hacer que los abrieran y todo el plan se desbarataría, como ocurrió en el aeropuerto británico de Stansted en 1984. En aquella ocasión, el doctor nigeriano Umaru Dikko, secuestrado y drogado en un ataúd cerrado, estaba a punto de embarcar hacia Lagos. Los empleados del aeropuerto detectaron un fuerte «olor a medicamento» y los oficiales de aduanas británicos insistieron en que se abriera el ataúd. Y descubrieron a la víctima, inconsciente pero viva.
Tanto Miguel como Baudelio conocían el incidente de 1984 y no querían que se repitiese.
A la hora de salir hacia el aeródromo de Teterboro, Socorro había aparecido, tremendamente atractiva con un traje de lino negro con una chaqueta a juego, ribeteada con un galón. Llevaba el pelo recogido bajo una pamela negra y lucía unos pendientes y un grueso collar de oro. Lloraba copiosamente, a causa de la aplicación de un grano de pimienta debajo de cada párpado inferior. Baudelio impuso el mismo tratamiento a Rafael; al principio, éste puso objeciones, pero Miguel insistió y el hombretón cedió. En cuanto Rafael se adaptó a la leve incomodidad, empezaron a llorarle los ojos.
Rafael, Miguel y Baudelio, los tres con trajes y corbatas oscuros, estaban bien en su papel de dolientes. Si les hacían preguntas, Rafael y Socorro fingirían ser los hermanos de la difunta, una colombiana fallecida en un sangriento accidente de automóvil mientras viajaba por los Estados Unidos, que habían venido a recoger sus restos y llevárselos a su tierra para su inhumación. Siguiendo la historia, en el mismo accidente también había muerto el hijo adolescente de la fallecida, sobrino, por lo tanto, de Socorro y Rafael. Y el tercer «difunto» era un viejo pariente suyo, que viajaba con ellos.
Baudelio era un pariente lejano de la desconsolada familia y Miguel un amigo íntimo.
Una elaborada documentación corroboraba la historia; falsos certificados de defunción de Pennsylvania, donde supuestamente había ocurrido el accidente fatal, fotos muy gráficas de un desastre de tráfico en una autopista y hasta recortes de prensa falsificados del Philadelphia Inquirer, realizados en una imprenta particular. Los documentos incluían pasaportes nuevos para Miguel, Rafael, Socorro y Baudelio, y otros dos certificados de defunción, uno de los cuales iban a usar para Angus. El certificado de transporte lo habían obtenido a través de otro de los contactos de Miguel en Little Colombia, y les había costado más de veinte mil dólares.
En la historia y los recortes de periódicos falsos se mencionaba un hecho crítico: los tres cuerpos habían quedado tan destrozados y quemados que eran irreconocibles. Con ello, Miguel contaba evitar que les abrieran los ataúdes al salir de los Estados Unidos.
El camión y el coche fúnebre tenían el motor en marcha y tras ellos estaba el Plymouth Reliant, con Carlos al volante. Seguiría a los otros dos vehículos de lejos, dispuesto a intervenir si se presentaba algún problema. Con excepción de Baudelio, todos iban armados.
El plan era dirigirse inmediatamente al aeródromo, adonde llegarían en unos diez minutos, o quince como mucho.
Estaban en el patio de la casa de Hackensack. Miguel consultó su reloj: eran las 19.35.
– A los coches todo el mundo -ordenó.
Hizo una última inspección de la casa y las dependencias, asegurándose de que no quedaban huellas significativas de su estancia. Sólo le preocupó una cosa: el terreno en el que se encontraba el hoyo donde habían enterrado los teléfonos portátiles y demás equipo se notaba distinto de la zona que lo rodeaba. Julio y Luis habían hecho todo lo posible por nivelar la tierra y taparla con hojas muertas, pero todavía se advertían signos de que había sido removida. Miguel decidió que aquello no tenía una importancia excesiva, y además, en ese momento ya no se podía hacer nada. Volviendo al coche fúnebre, se sentó en el asiento delantero y dijo escuetamente a Julio: