– ¡Vámonos!
Había anochecido y dejaron a mano derecha los últimos fulgores del crepúsculo mientras se dirigían a Teterboro.
Luis fue el primero que vio las luces intermitentes de la policía poco más adelante. Maldijo por lo bajo mientras frenaba. Desde el asiento contiguo al del conductor, Miguel también las vio y luego estiró el cuello para comprobar su situación con respecto al resto de la circulación. Socorro iba sentada entre los dos hombres.
Se hallaban en la autopista estatal 17, en dirección sur, a dos kilómetros del paso elevado de la autovía de Passaic. El tráfico era denso en las dos direcciones de la 17. Entre ellos y las luces intermitentes no había ninguna salida hacia la derecha y las barreras centrales les impedían dar media vuelta. Miguel empezó a sudar pero se dominó e indicó a Luis:
– Sigue, sigue…
Comprobó si tenían detrás el camión de la «Funeraria La Serenidad».
Carlos, con el Plymouth, debía de estar mucho más atrás, ya que era imposible verle.
Advirtieron que los agentes de tráfico estaban restringiendo el paso a los dos carriles de la derecha. Entre estos dos carriles habían instalado una especie de estructura portátil, como una caseta de aduanas, desde donde otros agentes detenían los coches y hacían preguntas a sus conductores. En el arcén había más coches de la policía del estado, con los intermitentes encendidos.
– Tranquilos -dijo Miguel a los otros dos-. Dejadme hablar a mí.
Tardaron diez minutos, avanzando a paso de tortuga, en empezar a ver el principio de la cola, a pesar de lo cual no estaba claro qué era exactamente lo que pasaba; había anochecido del todo y el barullo de luces lo confundía todo. Sin embargo, parecía que la policía dirigía a algunos coches y camiones, después de hablar con sus ocupantes, hacia la derecha, para registrarlos a fondo, y a los demás los dejaba seguir.
Miguel consultó su reloj. Casi las ocho. No conseguirían llegar a tiempo a la cita del aeropuerto.
A pesar de aconsejar tranquilidad a los demás, Miguel sentía crecer su tensión. Después de su notable éxito hasta la fecha, ¿sería aquello su final, su captura o su muerte en un tiroteo con la policía? Miguel prefería la muerte. Las probabilidades de salir airosos de aquella encerrona le parecían escasas. Se preguntó si sería mejor intentar huir, o por lo menos plantear batalla, que quedarse sentaditos esperando a que transcurrieran los minutos, con la desesperada esperanza de lograr pasar.
– ¡Los muy cabrones van a por nosotros! -murmuró Luis, sacando del abrigo una Walther del 38 y dejándola a su lado en el asiento.
– ¡Guarda eso ahora mismo! -gruñó Miguel. Luis tapó la pistola con un periódico.
Miguel notó que Socorro temblaba junto a él. Le puso la mano sobre el brazo y su temblor cesó. La vio mirar fijamente hacia delante, a un agente de tráfico que se les acercaba.
El hombre uniformado iba solo, lejos del grupo que realizaba el control. Iba mirando los coches parados al pasar, y se detenía ocasionalmente, como respondiendo a las preguntas que le hacían. Cuando lo tenía a pocos metros de distancia, Miguel decidió tomar la iniciativa. Pulsó el botón que bajaba el cristal de la ventanilla de su lado.
– ¡Oficial! -llamó-. ¿Puede decirme qué pasa?
El agente, muy joven, se le acercó. Su distintivo le identificaba como «Quiles».
– No es más que un control de alcoholemia, señor, en interés de la seguridad vial -contestó con una sonrisa que parecía forzada.
Miguel no lo creyó.
Luego, al darse cuenta de la clase de vehículo y su contenido, el joven agente añadió:
– Espero que no vengan ustedes medio trompas del velatorio.
Fue una pequeña concesión humorística poco afortunada, pero Miguel cogió la ocasión al vuelo. Fulminando con la mirada al agente Quiles, le dijo con severidad:
– Si pretendía usted hacer un chiste, oficial, ha sido de pésimo gusto.
La expresión del joven guardia cambió de inmediato.
– Lo siento -dijo, apesadumbrado.
Como si no le hubiera oído, Miguel insistió:
– Esta señora estaba visitando el país con su hermana. Su querida hermana está en ese ataúd: murió trágicamente en un accidente de tráfico, con las otras dos personas que van en el camión de detrás. Vamos a trasladar sus cuerpos, para inhumarlos en su país. Nos está esperando una avioneta en Teterboro y no nos ha hecho ninguna gracia su chiste ni su retención.
Cogiendo el relevo, Socorro levantó la cara para que el agente viera sus lágrimas.
– Ya les he dicho que lo sentía, señores -repitió Quiles apesadumbrado-. Se me escapó. Les ruego que me disculpen.
– Bien, aceptamos su disculpa, oficial -dijo Miguel muy digno-. Ahora, me pregunto si podría usted ayudarnos a proseguir nuestro camino…
– Espere un momento, por favor.
El guardia se dirigió a buen paso hacia el bloqueo, donde consultó a un sargento. Éste le escuchó, miró hacia ellos y luego asintió. El joven oficial regresó.
– Temo que estamos todos un poco nerviosos, señor -luego, bajando la voz, le confió-: la verdad, lo de la alcoholemia es un cuento. En realidad estamos buscando a esos secuestradores. ¿Se ha enterado de lo que han hecho esta mañana en White Plains?
– Sí -respondió Miguel gravemente-, ha sido una cosa horrible.
El coche que les precedía avanzó unos metros.
– Sitúense a la izquierda, con los dos vehículos, señor. Síganme hasta la barrera. Luego no tienen más que continuar. Y repito que lamento lo que he dicho.
El agente desvió al coche fúnebre y al camión de la cola, indicando al coche que les seguía que avanzara por la fila. Miguel miró hacia atrás, pero no vio el Plymouth Reliant. Bueno, pensó, Carlos tendría que apañárselas solo.
El guardia les precedió a pie hasta quedar a la altura de la cabina portátil que habían visto desde lejos y luego les franqueó el paso. Toda la carretera era suya.
Cuando el coche fúnebre pasó a su lado, el agente Quiles le dedicó un saludo militar, que prolongó hasta que hubieron pasado los dos vehículos.
En la primera prueba, pensó Miguel, la tapadera había funcionado bien. ¿Volvería a hacerlo cuando se enfrentaran al desafío de Teterboro?
Durante su estancia de varias semanas en Hackensack, Miguel había visitado dos veces el aeródromo de Teterboro para estudiar el terreno.
Era un aeródromo muy concurrido, dedicado exclusivamente a vuelos privados. En veinticuatro horas despegaban y aterrizaban un promedio de cuatrocientos aparatos, la mayor parte por la noche. Alrededor de un centenar de aviones tenían su base en Teterboro y estaban estacionados a lo largo del extremo nordeste. Junto al perímetro opuesto se hallaban las edificaciones, con las oficinas de las seis compañías que ofrecían sus servicios a los aparatos residentes o en tránsito. Cada compañía tenía su propia entrada al aeródromo y se hacía cargo de su propia seguridad.
La más importante de las seis empresas de servicios de Teterboro era Brunswick Aviation, que, según la sugerencia de Miguel, sería la que utilizaría el Learjet 55LR procedente de Colombia.
Durante una de sus visitas, Miguel fingió ser propietario de una avioneta, y estuvo hablando con el director de la Brunswick y los directores de otras dos compañías. De sus conversaciones sacó la conclusión de que, en cuanto a la carga de una avioneta, algunas áreas del aeródromo estaban más aisladas y propiciaban mayor intimidad que otras. La zona menos privada y más concurrida de llegada y estacionamiento era conocida como la Tabla, y estaba situada en el centro del campo, frente a la torre de control.
La zona más retirada, y considerada menos cómoda, estaba en la parte sur. No había el menor problema en reservar una plaza allí, pues así se despejaba un poco la densidad de la Tabla. Y además tenía una entrada muy cerca, que sólo se abría a requerimiento de alguna de las empresas de servicios de Teterboro.