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Tal vez a la mañana siguiente el propietario de la funeraria tuviera algún problema de conciencia, dudando entre llamar a la policía o esperar a ver qué ocurría con el aparente regalo de un lujoso coche fúnebre. Fuera como fuese, Carlos, Luis y los demás ya no estarían allí para verlo.

Desde Paterson, Carlos y Luis recorrieron doce kilómetros hacia el norte, hasta Ridgewood, detrás de Julio con el camión GMC. Lo dejaron junto al local de un comerciante de vehículos usados, que a esa hora de la noche se encontraba cerrado. Era posible que un camión casi nuevo, que nadie reclamaba, fuera finalmente absorbido por la empresa, sin que nadie llegara a dar parte de su existencia.

Los otros dos recogieron a Julio en un punto acordando de antemano, y el trío regresó por última vez a Hackensack. Una vez allí, Julio se montó en el Chevrolet Celebrity y Luis en el Ford Tempo. Y los tres se dispersaron sin más dilación.

Dejarían los coches en lugares muy alejados entre sí, con las puertas sin cerrar y las llaves puestas, esto último con la esperanza de que alguien los robara, borrando toda conexión de los automóviles con el secuestro de la familia Sloane.

14

La reunión del grupo especial de la CBA, interrumpida esa mañana por el escalofriante suceso de White Plains, no se reanudó hasta después de la primera emisión del boletín nacional de noticias de la tarde del sábado. Eran las 19.10 y los miembros del grupo ya habían cancelado resignadamente sus planes para ese fin de semana. Se dice que los reporteros de televisión, con su horario irregular, sus largas ausencias de casa y la imposibilidad de llevar una vida social estable produce uno de los índices más altos de divorcio entre profesiones.

Instalado una vez más a la cabecera de la mesa de juntas, Harry Partridge estudiaba a los demás: Rita, Norman Jaeger, Iris Everly, Karl Owens y Teddy Cooper. La mayoría parecían cansados; Iris, por una vez, no estaba inmaculada: tenía el pelo desarreglado y una mancha de tinta en su blusa blanca. Jaeger, en mangas de camisa, se balanceaba en su silla, con los pies encima de la mesa.

La sala en sí estaba patas arriba, con las papeleras rebosantes, los ceniceros llenos, tazas de café vacías por todas partes y un sembrado de periódicos por el suelo. El precio de tener cerrada la puerta de su departamento era que los empleados de la limpieza no podían entrar. Rita recordó que tendría que ocuparse de resolver aquello antes del lunes por la mañana.

Los tablones de «Sucesión de acontecimientos» y «Varios» habían engordado notablemente. La contribución más reciente era un resumen de la catástrofe de esa mañana en White Plains, mecanografiado por Partridge. Aunque, por desgracia, seguía sin haber nada concluyente sobre la identidad de los secuestradores o el paradero de las víctimas.

– ¿Algo que comentar? -preguntó Partridge.

Jaeger puso los pies en el suelo, acercó su silla a la mesa y levantó una mano.

– Adelante, Norm.

El veterano realizador empezó a hablar con su estilo pausado y formal.

– Me he pasado la mayor parte del día telefoneando a Europa y Oriente Medio: a los jefes de nuestras filiales, corresponsales, colaboradores, contactos… les he preguntado si se habían enterado de algo nuevo o desacostumbrado respecto a actividades terroristas; si había signos peculiares de movimiento entre las bandas armadas; o si había desaparecido recientemente de la circulación algún grupo terrorista; y en tal caso, si era posible que estuviera en los Estados Unidos.

Jaeger hizo una pausa para hojear sus notas y prosiguió:

– Hay algunas respuestas medio afirmativas. Un grupo entero de Hezbollah desapareció de Beirut hace un mes y no ha vuelto a saberse nada de él. Pero los rumores lo sitúan en Turquía, planeando un nuevo ataque contra los judíos, y tengo la confirmación de Ankara de que les está buscando la policía turca, pero sin pruebas. Podrían estar en cualquier parte.

»Se dice que las FARL -Facciones revolucionarias armadas libanesas- tienen gente en movimiento, pero tres informes distintos, incluyendo uno de París, las sitúan en Francia. De nuevo, sin pruebas. Abu Nidal ha desaparecido de Siria, y se cree que está en Italia, tramando alguna de las suyas con las Brigadas Rojas y la Jihad islámica. -Jaeger levantó las manos-: Todos esos sinvergüenzas son como sombras escurridizas, aunque mis fuentes eran fiables en el pasado.

Leslie Chippingham entró en la sala de juntas, seguido al poco rato por Crawford Sloane. Se sentaron en torno a la mesa con los demás. Como los presentes guardaban silencio, el director de informativos les rogó:

– Continuad, por favor.

Mientras Jaeger proseguía, Partridge observó a Sloane, y el presentador le pareció un espectro, más pálido y demacrado que el día anterior, aunque no era sorprendente con el rumbo que estaban tomando los acontecimientos.

– El espionaje periodístico informa sobre otros movimientos terroristas aislados. No voy a importunaros con más detalles, salvo que, al parecer, se centran en Europa y Oriente Medio. Más importante, mis contactos creen que no se ha producido ningún movimiento terrorista, y menos todavía en número considerable, hacia los Estados Unidos o Canadá. Dicen que si se hubiera producido, sería muy raro que no hubiera constancia de ello. Pero les he pedido a todos que sigan atentos y me notifiquen cualquier novedad.

– Gracias, Norm. -Partridge se volvió hacia Karl Owens-: Sé que has estado indagando por el sur, Karl. ¿Alguna pista? -Nada de particular.

El realizador no necesitaba hojear sus notas acerca de sus llamadas telefónicas. Típico de su precisa metodología, había resumido cada llamada en una ficha con su clara caligrafía, y las tenía ordenadas en un pequeño fichero.

– He hablado con la misma clase de contactos que Norm, haciéndoles preguntas similares, pero en Managua, San Salvador, La Habana, La Paz, Buenos Aires, Tegucigalpa, Lima, Santiago, Bogotá, Brasilia y Ciudad de México. Como siempre, hay bastante actividad terrorista en casi toda esa zona, y existen informes acerca de sus movimientos; están cruzando fronteras de un lado para otro sin parar. Pero nada que encaje con el tipo de banda que andamos buscando. Aunque estoy investigando una pista concreta…

– A ver -dijo Partridge-. Aunque sea una conjetura.

– Bueno, se refiere a un colombiano llamado Ulises Rodríguez.

– Un terrorista particularmente sanguinario -dijo Rita-. He oído que lo llaman el Abu Nidal de Latinoamérica.

– Sí, señora -coincidió Owens-, y por lo visto ha intervenido en varios secuestros en Colombia. Aquí no han tenido mucha prensa, pero allí se realizan casi a diario. Bueno, pues hace tres meses, Rodríguez desapareció de Bogotá, según todos los rumores, su última residencia conocida. Los más enterados están convencidos de que está actuando en alguna parte. Se rumoreaba que podía estar en Londres, pero dondequiera que esté, ha conseguido pasar inadvertido desde el mes de junio.

Owens se calló y luego señaló una de sus fichas:

– Otra cosa: siguiendo una corazonada he telefoneado a Washington, a un contacto que tengo en el departamento de Inmigración, y le he dado el nombre de Rodríguez. Algo más tarde ha vuelto a llamarme y me ha dicho que hace tres meses, que es más o menos la época en que Rodríguez desapareció, la CIA advirtió a Inmigración que era posible que ese individuo intentara entrar en los Estados Unidos por Miami. Hay una orden federal de arresto contra él, y tanto el departamento de Inmigración de Miami como los funcionarios de aduanas declararon la alerta roja. Pero el tío no apareció.

– O logró pasar sin ser detectado -añadió Iris Everly.

– Es posible. También puede haber entrado por otro punto, tal vez desde Londres, si el rumor que he mencionado fuera cierto. Hay otra cosa respecto a él. Rodríguez estudió inglés en Berkeley y lo habla sin acento… o mejor dicho, con un perfecto acento norteamericano. Lo que quiero decir es que puede dar el pego perfectamente.