Bueno, pensó Chippingham, quería encontrar a Jessica, el niño y el viejo Sloane tanto como cualquier otro y, si hacía falta, discutiría con Margot el tema de la financiación. Pero tendría que ser sobre una base más firme que esa especie de chaladura de aquel inglesito arrogante.
– Harry, esto voy a vetarlo, al menos de momento -dijo Chippingham-. Sencillamente, no creo que tenga las probabilidades de éxito suficientes para justificar tal esfuerzo.
Supuso que si los demás se enteraban de la parte de su argumentación relativa a Margot le llamarían cobarde. Bueno, pues le daba iguaclass="underline" tenía muchos problemas, entre otros el de no perder su puesto de trabajo, y ellos no lo sabían.
– Les, yo creo… -empezó Jaeger.
– Déjame hablar a mí, Norm -le interrumpió Crawford Sloane. Jaeger se calló y el presentador endureció el tono: -Eso de que no justificaría el esfuerzo. Les, no significará que no quieres gastarte ese dinero, ¿verdad?
– Exacto, ya sabes que todo se reduce a lo mismo. Pero en este caso, es una llamada a la sensatez. El plan me parece descabellado.
– Tal vez tengas otro mejor.
– Pues en este momento, no.
– Entonces -prosiguió Sloane, glacialmente-, te voy a hacer una pregunta y me gustaría que la respuesta fuera sincera. ¿Ha decretado Margot Lloyd-Mason una congelación de gastos?
– Hemos discutido el presupuesto -contestó Chippingham, incómodo-, nada más. ¿Podemos hablar tú y yo a solas?
– ¡No! -gritó Sloane, levantándose y encarándose a Chippingham-. ¡Ni un maldito segundo de intimidad para esa bruja despiadada! Ya has contestado a mi pregunta: hay una congelación de presupuesto.
– Nada significativo. Si hubiera algo que valiera la pena, no tendría más que llamar a Stonehenge…
– Y lo que voy a hacer yo -estalló Sloane- es convocar una rueda de prensa, aquí mismo, esta misma noche, para proclamar al mundo que mientras mi familia está sufriendo en algún agujero, Dios sabe dónde, mi acaudalada empresa se dedica a reunir a sus contables para revisar los presupuestos y regatearnos unos céntimos.
– ¡Nadie está regateando! -protestó Chippingham-. Crawf, esto es innecesario, lo siento.
– ¿Y a mí qué demonios me importa?
El resto de los reunidos en torno a la mesa apenas podían creer lo que oían. En primer lugar, la empresa había aplicado en secreto una congelación de gastos a su proyecto, y en segundo, en la desesperada situación actual era inconcebible no intentar todas las posibilidades.
Había otra cosa igualmente increíble: que la CBA ofendiera de ese modo a su empleado más ilustre, el presentador número uno. Margot Lloyd-Mason había salido a relucir; por lo tanto, sólo podía concluirse que era ella quien esgrimía la tijera de Globanic Industries.
Norman Jaeger también se puso en pie, la fórmula más sencilla de protesta.
– Harry piensa que debemos dar una oportunidad a la idea de Teddy -dijo, muy tranquilo-. Yo también.
– Y yo -se le sumó Karl Owens.
– Yo me apunto -añadió Iris Everly.
– Supongo que podéis contar conmigo -dijo Rita un poco a regañadientes, sin querer lastimar a Chippingham.
– Bueno, bueno -dijo Chippingham-, acabemos con esta comedia.
Comprendía que había cometido un error de cálculo y que, en cualquier caso, había perdido. Maldijo a Margot por lo bajo.
– Retiro lo dicho. Es posible que estuviera equivocado. Crawf, seguiremos adelante.
Pero Chippingham decidió no planteárselo a Margot, ni pedirle su conformidad; sabía perfectamente, y desde el principio, cuál sería su respuesta. Él autorizaría personalmente el gasto y se atendría a las consecuencias.
Rita, práctica como siempre y deseando suavizar la tensión, propuso:
– Si vamos a seguir esa vía, no podemos permitirnos la menor pérdida de tiempo. Habría que empezar a investigar a partir del próximo lunes. ¿Por dónde empezamos?
– Podemos llamar al tío Arthur -dijo Chippingham-. Hablaré con él esta noche para que venga mañana a reclutar gente.
– Estupenda idea -dijo Sloane, radiante.
– ¿Quién coño es el tío Arthur? -preguntó Teddy en voz baja a Jaeger, que estaba sentado a su lado.
– ¿No te han presentado al tío Arthur? -cloqueó éste-. Mañana, querido amiguito, te espera una experiencia única.
– Las copas corren de mi cuenta -dijo Chippingham.
Mientras añadía mentalmente: Os he traído a todos aquí para restañar las heridas.
Se habían ido todos a Sfuzzi, un bar-restaurante cerca del Lincoln Center, con una moderna ambientación al estilo de la Roma clásica. Era un lugar de cita habitual para los profesionales de televisión. Aunque el Sfuzzi estaba abarrotado los sábados por la noche, lograron apiñarse en torno a una mesa, cogiendo varias sillas más por los alrededores.
Chippingham había invitado a todos los miembros del grupo especial presentes en la reunión, incluyendo a Sloane, pero éste declinó, prefiriendo dirigirse a su casa con su escolta del FBI, Otis Havelock. Pasarían allí una noche más en espera de la anhelada llamada telefónica de los secuestradores.
Cuando se tomaron la primera copa y se diluyó un poco la tensión, Partridge dijo:
– Les, creo que hay que reconocer una cosa. No querría estar en tu lugar ni en la mejor de las circunstancias. Pero sobre todo ahora, estoy seguro de que ninguno de nosotros podría hacer esos malabarismos con las prioridades y el personal que tú debes hacer… por lo menos, ninguno sabría hacerlo mejor.
Chippingham miró a Partridge con gratitud y asintió. Era una declaración de comprensión de una persona a la que Chippingham respetaba y, al mismo tiempo, un recordatorio a los demás de que no todas las decisiones eran agradables, ni las salidas fáciles.
– Harry -dijo el director de informativos-, conozco tu forma de trabajar, y sé que tienes una intuición muy rápida para toda clase de situaciones. ¿Se ha producido en ésta?
– Creo que sí. -Partridge dirigió una mirada a Teddy Cooper-. Teddy opina que los pájaros han salido del país; yo también he llegado a esa conclusión. Pero también tengo el presentimiento de que estamos a punto de descubrir algo, a través de nuestras actividades o por casualidad. Entonces sabremos algo de los secuestradores: quiénes son y dónde están.
– ¿Y entonces qué haremos?
– Cuando ello suceda -dijo Partridge-, me pondré inmediatamente en camino. Dondequiera que sea, quiero llegar allá el primero.
– De acuerdo -dijo Chippingham-. Y te prometo que tendrás todo el apoyo que necesites.
Partridge se echó a reír y miró a todos los reunidos:
– Acordaos de esto. Lo habéis oído todos.
– Desde luego -dijo Jaeger-. Les, si hace falta, te recordaremos esas palabras.
– No hará falta -dijo Chippingham sacudiendo la cabeza.
La charla prosiguió. Mientras tanto, Rita empezó a registrar su bolso, como buscando algo, pero en realidad estaba escribiendo una nota. Discretamente, se la pasó por debajo de la mesa a Chippingham. Él esperó hasta que se apartaron los ojos de él y luego la leyó: Les, ¿qué tal si nos vamos tú y yo a otra parte?
15
Se fueron a casa de Rita. Su apartamento estaba en la calle Setenta y dos, un breve trayecto en taxi desde Sfuzzi. Chippingham vivía más lejos, por encima de la Ochenta, mientras se discutían sus trámites de divorcio con Stasia, pero su apartamento era pequeño, barato para Nueva York, y no estaba orgulloso de él. Echaba de menos el apartamento de Sutton Place que habían compartido Stasia y él durante una década, hasta su ruptura. Aquella casa le estaba vetada en ese momento, era una utopía perdida. Los abogados de Stasia se habían ocupado de eso.