Amsler no solía estar de mal humor, básicamente era alegre y amigable, excepto con quienes infringían las leyes que él garantizaba. Entonces podía ser frío y duro, y su sentido del deber, inflexible. En general, le gustaba su trabajo, y aunque nunca le había preocupado trabajar de noche, procuraba eludir ese servicio siempre que le era posible. Pero la semana anterior había estado un poco griposo y todavía no se encontraba del todo bien; esa noche había considerado incluso la idea de decir que estaba enfermo, pero luego había desistido. Y además había otra cosa que le tenía preocupado últimamente: su estatus en el servicio de Aduanas.
A pesar de llevar más de veinte años realizando su trabajo a conciencia, no había alcanzado la promoción que él creía merecer a su edad, a punto de cumplir los cincuenta años. Era un inspector GS-9, que en realidad no era más que una graduación de oficial. Había muchos otros más jóvenes que él, con mucha menos experiencia, que ya eran inspectores jefe GS-II. Amsler tenía que obedecer sus órdenes.
Siempre había pensado que algún día ascendería a inspector jefe, pero en ese momento, si quería ser realista, sabía que sus posibilidades eran remotas. Le parecía una injusticia. Tenía un buen historial y siempre había prevalecido su obligación con el servicio ante otras consideraciones, incluyendo algunas de índole personal. Al mismo tiempo, nunca se había empeñado en ser un líder y ninguna de sus actuaciones en el servicio había sido espectacular; tal vez fuera ése el problema. Desde luego, aun como GS-9, el sueldo no era malo. Con las horas extras, trabajando seis días por semana, ganaba unos cincuenta mil dólares al año, y dentro de quince años le quedaría una buena pensión.
Pero el sueldo y la pensión, por sí solos, no le bastaban. Necesitaba reactivar su vida, hacer algo para que se le recordara, aun modestamente. Deseaba que ocurriera y creía merecerlo. Pero trabajando por la noche en Opa Locka, en la «Operación Salida», no era demasiado probable.
La «Operación Salida» consistía en la inspección aleatoria de algunos aviones a punto de salir de los Estados Unidos con destino a otros países. Era imposible controlarlos todos; el servicio de aduanas no contaba con suficiente personal. Así que había puesto en marcha una operación itinerante, que consistía en que un equipo de inspectores se presentara sin previo aviso en un aeropuerto y se pasara varias horas registrando los aparatos con destino al extranjero, más que nada los aviones particulares. El programa solía realizarse de noche.
Oficialmente, su objetivo era impedir la exportación ilegal de equipos de alta tecnología. Pero oficiosamente, también se perseguía la salida de divisas en cantidades no autorizadas, en particular las grandes sumas del dinero procedente del tráfico de drogas. Este segundo motivo debía ser oficioso, porque legalmente, según la Cuarta Enmienda, no se podía buscar dinero sin una «causa probable». No obstante, si se descubría dinero durante una investigación con otros fines, el servicio de Aduanas podía encargarse del caso.
Algunas veces, la «Operación Salida» daba fruto, y en ocasiones, resultados espectaculares. Pero nunca había ocurrido nada semejante cuando Amsler estaba de servicio, razón por la cual éste no apreciaba demasiado el programa. En cualquier caso, eso era la causa de que él y otros dos inspectores estuvieran esa noche en Opa Locka, a pesar de que los vuelos internacionales habían sido menos numerosos de lo habitual, y parecía poco probable que hubiera muchos más.
Había uno preparándose para despegar dentro de poco tiempo, un Learjet recién llegado de Teterboro y que unos minutos antes había presentado su hoja de vuelo con destino a Bogotá, Colombia. Amsler se dirigía al hangar Uno para echarle un vistazo.
En contraste con casi toda la zona sur de Florida, la pequeña ciudad de Opa Locka tenía pocos atractivos. Su nombre derivaba de una palabra semínola, opatishawockalocka, que significa «montículo alto y seco». La descripción era apropiada, como también otra, más reciente, del escritor T. D. Allman, que la calificaba de «gueto empobrecido parecido a un parque de atracciones abandonado y destrozado». Su aeropuerto, aún activo, contaba con escasas edificaciones, y el paisaje árido de la seca meseta natural le confería el aspecto de un desierto.
En medio de aquel desierto, el hangar Uno era un oasis.
Se trataba de un moderno edificio blanco y hermoso; en uno de sus extremos estaba el hangar propiamente dicho, y el resto albergaba una lujosa terminal de abastecimiento para los pasajeros y la tripulación de los aviones particulares.
En el hangar Uno trabajaban setenta personas, cuyos cometidos abarcaban desde pasar el aspirador por los aparatos y recoger la basura, hasta el aprovisionamiento de comida y bebida, pasando por el mantenimiento mecánico, desde pequeñas reparaciones hasta revisiones generales. Otros empleados atendían los salones de personalidades, los servicios de aseo y una sala de conferencias equipada con audiovisuales, fax, télex y fotocopiadoras diversas.
Al otro lado de una línea divisoria casi invisible aunque no del todo, existían las mismas instalaciones para los pilotos, además de la amplia zona de planificación de vuelos. Allí fue donde el inspector de aduanas Wally Amsler se acercó al piloto del Learjet, Underhill, que estaba estudiando el parte meteorológico.
– Buenas noches, capitán. Creo que se dirigen a Bogotá.
Underhill levantó la cabeza, sin llegar a sorprenderse del todo de la visión de un uniforme.
– Sí, exactamente.
De hecho, tanto su respuesta como su hoja de vuelo eran falsas.
El destino del Learjet era una polvorienta pista de aterrizaje de los Andes peruanos, cerca de Sión, y no harían escalas. Pero las concisas instrucciones de Underhill, que cobraría una suma magnífica, especificaban que su destino en la hoja de vuelo debía ser Bogotá. En cualquier caso, daba igual. En cuanto saliera del espacio aéreo estadounidense, poco después de despegar, podría dirigirse adonde quisiera sin que nadie le importunara.
– Si no tiene inconveniente -dijo cortésmente Amsler-, me gustaría inspeccionar su carga y sus pasajeros.
Underhill sí tenía inconveniente, pero sabía que no arreglaría nada diciéndoselo. Sólo esperaba que su pintoresco cuarteto de pasajeros supiera satisfacer al tío de aduanas lo suficiente para que éste abandonara el avión y les dejara proseguir su viaje. Estaba incómodo, pero no por sus pasajeros, sino por su propia responsabilidad en lo que se traían entre manos, fuera lo que fuera.
Denis Underhill sospechaba que había algo especial, acaso ilegal, en aquellos ataúdes. Sus figuraciones menos graves era que no contenían cuerpos, sino algún otro objeto que querían sacar clandestinamente del país; o, si eran efectivamente cuerpos, serían las víctimas de alguna banda colombiana o peruana que querían sacar del país sin que las autoridades norteamericanas se dieran cuenta. No se creyó ni por un momento la historia que le contaron, cuando contrataron el vuelo desde Bogotá, acerca de un accidente automovilístico y una desconsolada familia. Si fuera verdad, ¿para qué todo aquel secreto de novela de espías? Además, Underhill estaba seguro de que por lo menos dos de sus pasajeros iban armados. Si no era así, ¿por qué intentaban eludir lo que les iba a suceder en breve: la visita de un funcionario de aduanas?
Aunque el Learjet no era propiedad de Underhill -pertenecía a un rico inversor colombiano y estaba matriculado en ese país-, él lo explotaba personalmente y recibía, además de un salario y el pago de los gastos, una generosa comisión sobre sus beneficios. Estaba seguro de que su jefe sabía que los viajes de esa clase andaban rozando la frontera de la legalidad o eran francamente ilegales, pero el hombre confiaba en la capacidad de Underhill para manejar tales situaciones y proteger su inversión y su aparato.
Recordando esa confianza y su propio interés personal, Underhill decidió utilizar la argucia de los accidentados, para guardarse las espaldas, y esperaba también exonerar al Learjet, pasara lo que pasase.