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– Es un asunto muy lamentable -confió al funcionario de aduanas antes de ponerle al corriente de la historia que le habían contado en Bogotá y que, aunque Underhill no lo sabía, corroboraban los documentos que portaba Miguel.

Amsler le escuchó sin comprometerse y luego le dijo:

– Vamos, capitán.

Ya había tropezado otras veces con tipos como Underhill, y no se dejó impresionar. Amsler ya había catalogado al piloto como un soldado de fortuna que volaba a cualquier parte con cualquier clase de carga, por dinero, y luego, si surgían problemas, se erigía en víctima inocente engañada por sus clientes. Y en opinión de Amsler, esos tipos eran unos flagrantes infractores de la ley que se salían con la suya en demasiadas ocasiones.

Caminaron juntos desde el edificio principal del hangar Uno hasta el Learjet 55 LR, estacionado bajo techado. La escotilla del Learjet estaba abierta y Underhill precedió al inspector Amsler por la escalerilla hasta la cabina de pasaje, anunciando:

– Señora y señores, tenemos una visita de cumplido de la aduana de los Estados Unidos.

Durante los quince minutos transcurridos desde que habían aterrizado, los cuatro miembros del grupo de Medellín habían permanecido a bordo del Learjet, siguiendo las órdenes de Miguel. Después, cuando se callaron los motores y los dos tripulantes salieron -Underhill a llenar la hoja de vuelo y Faulkner a supervisar la carga de combustible-, Miguel estuvo hablando muy seriamente con los tres.

Les advirtió de la posibilidad de una inspección de aduanas para que se prepararan a representar sus respectivos papeles. Se produjo una reacción de tensión, una ansiedad evidente, pero todos le indicaron que estaban dispuestos. Socorro, utilizando el espejo de su polvera, se metió un par de granos de pimienta debajo de los párpados. Casi al instante se le llenaron los ojos de lágrimas. Rafael se negó a que se le aplicaran a él y Miguel no protestó. Baudelio ya había desconectado los monitores de seguimiento de los tres ataúdes, después de asegurarse de que sus ocupantes seguían profundamente sedados y no se moverían durante una hora como mínimo si quedaban desatendidos.

Miguel especificó que él llevaría la voz cantante. Los demás sólo tenían que corroborar sus argumentos.

En consecuencia, no se produjo demasiada conmoción cuando Underhill dio la noticia y apareció el funcionario de aduanas.

– Buenas noches a todos -dijo Amsler empleando el mismo tono educado que había usado con Underhill.

Al mismo tiempo echó un vistazo en derredor, advirtiendo los ataúdes estibados a un lado de la cabina y los pasajeros al otro, tres de ellos sentados, y Miguel de pie.

– Buenas noches, inspector -respondió Miguel.

Sostenía un fajo de papeles y cuatro pasaportes. Tendió los pasaportes en primer término.

Amsler los cogió pero, sin mirarlos, le preguntó:

– ¿Adónde se dirigen ustedes y cuál es el motivo de su viaje?

Amsler ya había visto el plan de vuelo y conocía el destino declarado, y Underhill le había contado el motivo del viaje. Pero los servicios de Aduanas y de Inmigración tenían su propia técnica, que consistía en hacer hablar a la gente. A veces su conducta o algún signo de nerviosismo revelaban más que las preguntas concretas.

– Es un viaje trágico, oficial, de una familia, antes feliz y ahora embargada de duelo.

– Y usted, señor, ¿cómo se llama?

– Me llamo Pedro Palacios, y no pertenezco a la desdichada familia, sino que soy un amigo íntimo que ha venido a este país a ayudarla en un momento de necesidad.

Miguel usaba el nuevo alias que ostentaba su pasaporte colombiano. El pasaporte era auténtico y llevaba su foto, aunque el nombre y otros detalles, incluido el visado de entrada en los Estados Unidos, fechado pocos días antes, eran una hábil falsificación.

– Mis amigos me han pedido que hable por ellos porque no se expresan bien en inglés -añadió.

Amsler hojeó los pasaportes, encontró el de Miguel y, levantando la vista, le comparó con la foto que tenía delante.

– Habla usted muy bien inglés, señor Palacios.

Miguel pensó rápidamente y después le contestó con determinación:

– Estudié en la Universidad de Berkeley. Aprecio mucho este país. Si no fuera por estas trágicas circunstancias, me alegraría mucho de estar aquí.

Amsler abrió los demás pasaportes y comparó sus fotos con los otros tres viajeros. Después se dirigió a Socorro:

– Señora, ¿ha entendido usted lo que decíamos?

Socorro levantó la cara, surcada de lágrimas; el corazón se le salía del pecho. Vacilante y disimulando su perfecto dominio del inglés, respondió:

– Sí… un poco.

Amsler asintió y volvió a dirigirse a Migueclass="underline"

– A ver… explíquemelo usted -le dijo señalando los ataúdes.

– Tengo todos los documentos necesarios…

– Ya me los enseñará después. Primero cuénteme.

Miguel dejó que le temblara un poco la voz:

– Fue un accidente terrible. La hermana de esta señora y su hijo, un adolescente, más un viejo caballero, también de la familia, vinieron a América de vacaciones. Al salir de Filadelfia por la carretera, un camión perdió el control, pasó el peaje y se les echó encima a toda velocidad… Chocó de frente con el coche de la familia, matándolos a todos. Había mucho tráfico… Hubo otros ocho vehículos en el siniestro, con más muertos… se produjo un gran incendio y los cuerpos… ¡Ay, Dios mío, los cuerpos!

Cuando Miguel mencionó los cuerpos, Socorro gimió y suspiró. Rafael tenía la cara entre las manos y sacudía los hombros como si sollozara; Miguel le concedió mentalmente que eso era más convincente que las lágrimas. Baudelio sólo ostentaba una expresión muy triste.

Mientras hablaba, Miguel examinaba atentamente al inspector de aduanas. Pero su rostro no revelaba nada y el hombre se limitaba a escucharle, inescrutable. Miguel le tendió los demás documentos.

– Está todo aquí. Por favor, oficial, le ruego que lo lea usted mismo.

Esa vez, Amsler cogió los papeles y los hojeó. Los certificados de defunción parecían en orden; también los permisos de traslado y los de entrada en Colombia. Empezó a leer los recortes de prensa y al llegar a las palabras «cuerpos abrasados… mutilados e irreconocibles», se le revolvió el estómago. A continuación venían las fotos. Le bastó con una ojeada, y las tapó en seguida. Recordó que poco antes había considerado la posibilidad de decir que estaba enfermo. ¿Por qué demonios no lo habría hecho? En ese momento sentía auténticas náuseas, completamente mareado ante la idea de lo que tendría que hacer poco después.

Miguel miraba al funcionario sin tener ni idea de las preocupaciones que acuciaban, por otros motivos, a su interlocutor.

Wally Amsler se creía lo que le habían contado. La documentación estaba en regla, los otros papeles corroboraban la historia y decidió que nadie podría fingir la clase de desconsuelo que acababa de presenciar hacía unos minutos. Él mismo era un honrado padre de familia y se compadeció de esas pobres personas, deseando dejarles marcharse de inmediato. Pero no podía. La ley le exigía abrir e inspeccionar todos los ataúdes, y ésa era la causa de su aflicción.

Porque Wally tenía una manía: no podía soportar la visión de un cadáver. Y le horrorizaba la idea de ver los restos mutilados descritos en primer lugar por Palacios, y después por los recortes de prensa que había leído.

Todo aquello procedía de cuando sus padres obligaron a Wally, a los ocho años, a besar a su abuela muerta, metida en su ataúd. El recuerdo del contacto de aquella carne cerúlea e inerte en sus labios, mientras se debatía y chillaba protestando, le produjo un espantoso escalofrío y Wally se propuso no volver a ver a un muerto en su vida. De adulto se enteró de que la psiquiatría tenía un nombre para esa repugnancia: necrofobia. A Wally le importaba un rábano. Lo único que pedía era no acercarse a los muertos.