Inesperadamente, cuando terminaron sus días de vuelo de altura, y con gran sorpresa para la emisora y para el propio tío Arthur, éste encontró un canal para su «obra noble». Se trataba de los jóvenes, los candidatos a algún puesto de trabajo.
Para los profesionales de la televisión eran una molestia, y a veces un compromiso las peticiones, casi idénticas, que les formulaba un montón de gente -amigos, familiares, relaciones profesionales, políticos, médicos, dentistas, oftalmólogos, agentes de bolsa, y así ad infinitum-: «¿Podría usted conseguir a mi hijo/hija/sobrino/sobrina/ahijado/alumno/protegido algún trabajo en los informativos de televisión?».
Había épocas, en especial cuando concluía el curso académico, en que parecía que una generación entera de jóvenes estaba intentando echar abajo las puertas e invadirlo todo.
Y en cuanto a sus presuntos padrinos, los ejecutivos de televisión podían desembarazarse fácilmente de algunos, pero no de todos, ni mucho menos. Entre los que no podían mandar a paseo había importantes anunciantes de sus respectivas emisoras, parientes de los consejeros de administración, personajes de Washington cercanos a la Casa Blanca o el Capitolio, otros políticos a los que sería insensato ofender, importantes fuentes de información y un largo etcétera.
En la época ATA -«antes de tío Arthur»-, los ejecutivos de la CBA debían malgastar parte de su tiempo telefoneándose unos a otros en busca de vacantes y luego intentando aplacar a los parientes, padrinos et al de los candidatos a los que no encontraban acomodación.
Pero aquello se había acabado. La misión de Arthur Nalesworth, engendrada por la desesperación del personal directivo de la CBA-News, había librado a sus colegas de todas esas molestias.
Ahora, cuando alguien les pedía que colocaran a un joven, los ejecutivos de la CBA tenían una respuesta estupenda: «Pues claro que sí… Tenemos un vicepresidente especial que se encarga de la reclutación del personal. Dígale a su recomendado que llame a este número, diciendo que es de mi parte, y le darán hora para una entrevista».
Y así se hacía, porque Arthur Nalesworth entrevistaba siempre a todos los candidatos en el pequeño despacho sin ventanas que le habían asignado. Hasta entonces nunca se habían realizado tantas entrevistas a los solicitantes de trabajo, y se hacían a fondo, durante una hora o más. La entrevista incluía preguntas generales y confidencias personales. Al final, los entrevistados se iban contentos de la CBA, aunque no consiguieran trabajo -que era lo que solía suceder-, y Nalesworth sacaba una buena impresión global de la personalidad y potencial del joven que había recibido en su despacho.
Al principio, el número de entrevistas y el tiempo que requerían se convirtieron en el chiste del departamento, con sardónicas referencias a «llenar la jornada» y «hacer empresa». Y además, las amables palabras de aliento de Nalesworth a cada candidato, prometedor o no, acuñaron la expresión «tío Arthur», que cuajó definitivamente.
Pero poco a poco, el escepticismo fue sustituido, a regañadientes, por un merecido respeto. Y todavía se desarrolló más cuando las recomendaciones que hizo tío Arthur de algunos jóvenes demostraron su acierto, pues éstos, una vez contratados por la emisora, ascendieron rápidamente y con éxito en el seno de la sección de informativos. Al cabo de un tiempo, se convirtió en una fuente de orgullo, como la posesión de un diploma, el haber sido elegido por el tío Arthur.
Ahora, el tío Arthur tenía sesenta y cinco años y le quedaban pocos meses para la jubilación, y en el alto mando de los servicios informativos se hablaba de rogarle que se quedara. De pronto, por extraño que parezca, Arthur Nalesworth había vuelto a ser importante.
Así pues, la mañana del domingo de la tercera semana de septiembre, el tío Arthur llegó a la sede de la CBA-News a desempeñar su cometido en la búsqueda de Jessica, Nicholas y Angus Sloane. Como le indicó Les Chippingham por teléfono la noche anterior, se dirigió a la sala de juntas del grupo especial, donde le recibieron Harry Partridge, Rita Abrams y Teddy Cooper.
Era un hombre macizo y ancho de espaldas, de estatura media, con cara de querubín y una tupida mata de pelo plateado, cuidadosamente peinada con la raya a un lado. Se comportaba con seguridad y naturalidad. Como no era una jornada regular de trabajo, en lugar de su habitual traje oscuro, tío Arthur llevaba una americana de mezclilla marrón, unos pantalones gris claro con la raya perfectamente planchada, una corbata de lazo y unos zapatones deportivos muy relucientes.
El sonoro vozarrón de tío Arthur tenía un registro parecido al de Churchill. Un antiguo colega suyo decía que cualquier opinión expresada por Arthur Nalesworth quedaba como grabada en piedra.
Después de estrechar la mano a Harry y Rita y ser presentado a Teddy Cooper, tío Arthur dijo:
– Tengo entendido que necesitáis sesenta reclutas de los míos, los mejores y más brillantes… si es que consigo reunir a tantos en tan poco tiempo. Pero primero os sugeriría que me pusierais al corriente.
– Te lo contará Teddy -dijo Partridge, haciendo un ademán a Cooper para que empezara.
Tío Arthur escuchó al británico describir su intención de identificar a los secuestradores y su actual llegada a un punto muerto. Después, Cooper esbozó su idea de buscar en los anuncios inmobiliarios de la prensa para encontrar la guarida de los secuestradores, según su teoría de que éstos habían podido alquilar alguna propiedad dentro de un radio de cincuenta kilómetros desde el escenario del crimen.
– Sabemos que es un disparo a ciegas, Arthur -añadió Partridge-, pero de momento no tenemos nada mejor.
– Sé por experiencia -replicó tío Arthur- que cuando no se sabe por dónde tirar, lo mejor es el disparo a ciegas.
– Me alegro de que piense usted así, señor -dijo Cooper.
El tío Arthur asintió:
– Lo bueno de los disparos a ciegas es que, aunque no se descubra exactamente lo que se andaba buscando, siempre acaba uno tropezando con otra cosa que resulta útil por algún motivo. -Después añadió exclusivamente para Cooper-: También comprobarás, muchacho, que algunos de los jóvenes que van a venir son como tú, puro nervio.
Cooper acompañó a tío Arthur a su pequeño despacho, donde éste empezó a abrir archivos y a sacar fichas que fue colocando ordenadamente encima de su mesa hasta cubrirla del todo. Después cogió el teléfono para iniciar una larga sesión de llamadas, todas con un denominador común, aunque cada una de ellas tenía un tono personal, como si su interlocutor fuera amigo suyo.
Bueno, Ian, me dijiste que deseabas una oportunidad para iniciarte en esta profesión, aunque fuera modesta, y ahora se nos acaba de presentar una… No, Bernard, no puedo garantizarte que este trabajo de dos semanas se convierta en un puesto fijo, pero ¿por qué no intentarlo?… Desde luego, Pamela, estoy de acuerdo en que este trabajo temporal es poca cosa para una licenciada en ciencias de la información. Pero recuerda que algunos de los más importantes profesionales de televisión empezaron su carrera como ordenanzas… Sí, Howard, tienes razón, cinco dólares y medio la hora no es como para ponerse a dar saltos. Pero si lo que te interesa es el dinero, olvídate de los medios de comunicación y busca algo en Wall Street… Felix, comprendo que el horario no es demasiado cómodo. Casi nunca lo es. Si quieres trabajar en los servicios informativos de una cadena de televisión tendrás que salir a la calle, si es necesario el día del cumpleaños de tu mujer… Pero no olvides, Erskine, que podrás poner en tu curriculum que has realizado un trabajo especial para la CBA.