Al cabo de una hora, tío Arthur había hecho doce llamadas, con el resultado de siete «seguros» que empezarían a trabajar al día siguiente, más uno probable. Continuó trabajando pacientemente con sus listas.
Otra de las llamadas de tío Arthur fue a su antiguo amigo el profesor Kenneth K. Goldstein, decano de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia. Una vez al corriente del problema de la CBA, el profesor se solidarizó en seguida, ofreciendo su colaboración.
Aunque los dos sabían que la normativa académica impedía la contratación de estudiantes, cabía la posibilidad de que el asunto interesara a algunos graduados que estaban realizando masters en ámbitos de la comunicación y se hallaran disponibles. Y también a otros licenciados recién salidos de la escuela que no hubieran encontrado trabajo todavía.
– Lo que vamos a hacer -le dijo el decano- es clasificarlo como emergencia. Haré todo lo que esté en mi mano para conseguir una docena de nombres. Ya te llamaré.
– ¡Columbia siempre! -proclamó tío Arthur antes de proseguir con sus llamadas.
Entretanto, Teddy Cooper regresó a la sala de juntas a preparar el plan de trabajo de los empleados eventuales que llegarían al día siguiente. Con sus dos ayudantes, estudió el Editor and Publisher International Year Book, los listines telefónicos, desplegaron varios planos de la zona, eligieron las bibliotecas y las redacciones de los periódicos que visitarían, trazaron diversos recorridos y establecieron los horarios.
Al mismo tiempo, Cooper redactó una lista de especificaciones para aleccionar a los nuevos reclutas que repasarían los anuncios por palabras de los últimos tres meses de unas ciento sesenta publicaciones. ¿Qué debían buscar?
Además de la ubicación, a menos de cincuenta kilómetros de Larchmont, Cooper consideraba:
Una situación relativamente aislada, con escasa actividad a su alrededor. Buscaban a unas personas que querían intimidad y la posibilidad de entrar y salir sin despertar curiosidad. Por tanto, había que descartar las casas o los locales de las zonas densamente pobladas o de gran actividad.
Podía tratarse de una pequeña fábrica abandonada, un almacén o una casa grande. Si era una casa, probablemente vieja, en mal estado y, por lo tanto, difícil de alquilar. La casa debía de contar con dependencias suficientes para albergar varios vehículos y un pequeño taller de pintura. Otra de las probabilidades era una granja sin explotar. También había que buscar otra clase de alojamientos que coincidieran con la descripción general, haciendo uso de la imaginación en caso necesario.
Debía albergar a cuatro o cinco personas por lo menos y ofrecer cabida para más. Sin embargo, los inquilinos podían estar dispuestos a «vivir sin comodidades», así que no era indispensable que se mencionara la situación de habitabilidad. (En «cabida para más», Cooper incluía mentalmente el alojamiento de los rehenes, aunque no lo mencionaba específicamente.)
El local y su ubicación podían ser poco apropiados para cualquiera que buscara alojamiento para un negocio normal o una vivienda. Por tanto, había que prestar especial atención a cualquier anuncio que llevara mucho tiempo apareciendo y de pronto dejara de publicarse. Ese proceso podía indicar la falta de interesados en primer lugar, seguida por una repentina operación de alquiler o venta para un propósito poco habitual.
El alquiler, o el precio de venta incluso, era un factor poco determinante en la investigación. Los interesados disponían, casi con absoluta certeza, de fondos en abundancia.
Cooper decidió que aquello era suficiente. Quería dar una idea general bastante amplia, pero no deseaba limitar o desalentar otras iniciativas. También quería aleccionar personalmente a los nuevos reclutas de tío Arthur cuando llegaran al día siguiente y pidió a Rita que le consiguiera un lugar apropiado.
Poco después de las doce del mediodía, Cooper se reunió con tío Arthur a almorzar en la cafetería de la CBA-News. Tío Arthur pidió un bocadillo de atún y un vaso de leche; Cooper se decidió por un filete cubierto por una salsa pringosa, un trozo de tarta de color amarillo rabioso y -con cara de resignación- una taza de agua caliente y un sobrecito de té.
– Por desgracia -dijo tío Arthur como disculpándose-, hoy el «21» está cerrado. Otro día, a lo mejor…
Como era domingo, había mucha menos gente de la habitual en la casa, y se sentaron los dos solos a una mesa. En cuanto se instalaron, Cooper empezó:
– Me gustaría preguntarle, señor…
Tío Arthur le interrumpió con un gesto:
– Tu respeto británico es una delicia. Pero ahora estás en la tierra de la igualdad, donde los plebeyos llaman «Joe» o «¡Eh, tú!» a los reyes y cada vez menos gente escribe «Señor» en los sobres. Aquí todo el mundo sin excepción me conoce por mi nombre de pila.
– Muy bien, Arthur -dijo Cooper un poco cohibido-, sólo me preguntaba qué te parecen los informativos de televisión de hoy en día, comparados con los de…
– ¿Comparados con los de mis buenos tiempos, cuando yo contaba para algo? Bueno, es posible que te sorprenda mi respuesta. Son mucho mejores, en conjunto. Los profesionales de la información y la realización son mejores que los de mi época, incluido yo mismo. Y eso se debe a que el tratamiento de la información no deja de progresar, ni ha dejado nunca de hacerlo.
– Pues cantidad de gente piensa todo lo contrario -dijo Cooper enarcando las cejas.
– Eso, mi querido Teddy, se debe al estreñimiento nostálgico. Toda esa gente necesita un enema mental. Una de las soluciones es visitar el Museo de la Radiodifusión de Nueva York -como he hecho yo recientemente- y ver las antiguas emisiones de informativos, de los años sesenta, por ejemplo. Valoradas con los baremos actuales, la mayor parte parece floja, obra de aficionados, y no me refiero sólo a su calidad técnica sino a la profundidad de la investigación periodística.
– Nuestros detractores opinan que en la actualidad investigamos demasiado.
– Generalmente, ésa es una crítica de los que tienen algo que ocultar.
Mientras Cooper sofocaba una risita, tío Arthur continuó:
– Una de las evidencias del progreso del periodismo es que pocas cosas que deban publicarse permanecen ocultas. Los abusos de confianza salen a la luz pública. Desde luego, las personas decentes de la vida pública también, siempre pagan justos por pecadores. Uno de sus castigos es la pérdida de intimidad. Pero, en definitiva, se sirve mejor a la sociedad.
– Entonces, no crees que los reporteros de los viejos tiempos eran mejores que los de hoy.
– No sólo no eran mejores, sino que muchos de ellos no tenían la implacabilidad, la indiferencia ante la autoridad, la voluntad de saltar a la garganta que requiere hoy un periodista de primera fila. Por supuesto, los antiguos reporteros eran buenos para los haremos de la época y unos cuantos eran excepcionales. Pero incluso ésos, si estuvieran entre nosotros, se sentirían embarazados por la devoción que se les dedica.
– ¿Devoción?
Cooper abrió mucho los ojos, con curiosidad.
– Oh, sí. ¿No sabías que dedicamos a los profesionales de la comunicación un respeto casi religioso? Utilizamos palabras altisonantes como «sagrada corporación». Pontificamos acerca de la «edad de oro de la televisión» -pasada, naturalmente- y canonizamos a nuestras estrellas del periodismo. En la CBS han creado a San Ed Murrow… que era extraordinario, sin ningún género de dudas. Pero Ed tenía sus debilidades humanas, aunque la leyenda prefiera olvidarlas. Dentro de poco la CBS creará a San Cronkite, aunque me temo que Walter tendrá que morirse primero. Una persona en vida no puede sostener tamaña eminencia. Y eso sólo en la CBS, la organización de servicios informativos más veterana. Las demás, las emisoras más jóvenes, también crearán a sus santos en su día: el de la ABC será inevitablemente San Arledge. Al fin y al cabo, Roone ha configurado el mundo de los informativos en su forma actual, más que ningún otro profesional del ramo.