– ¿De qué prisioneros hablan? -preguntó en tono cortante.
Miguel no quería que Underhill supiera a dónde se dirigían. Pero en cualquier caso, estaba harto de su autoritario piloto; recordó su recibimiento en Teterboro -¡Maldición, llegan tarde!- y las demás ocasiones, durante el viaje, en que había advertido la velada hostilidad del piloto. Pero ya estaba en tierra, donde el otro no tenía autoridad, y le contestó con malos modos:
– Eso no es asunto suyo.
– Todo lo que pase en este avión -replicó Underhill- es asunto mío.
Miró los ataúdes. Al principio había insistido en que cuanto menos cosas supiera al respecto, mejor. Pero luego, más por instinto que por reflexión, decidió que era mejor saberlo, por su propia protección en el futuro.
– ¿Qué llevan ahí?
Ignorando al piloto, Miguel dijo a Gustavo.
– Diga a los hombres que descarguen los ataúdes con cuidado sin moverlos demasiado, y que los lleven adentro de la choza*.
– ¡No! -exclamó Underhill bloqueando la escotilla con el cuerpo-. No descargarán los ataúdes hasta que me haya contestado.
A causa del calor, estaba empezando a correrle el sudor por la cara y su despoblada frente.
Miguel miró a Gustavo a los ojos y asintió. Al instante se produjo un pequeño revuelo, una serie de chasquidos metálicos, y Underhill se encontró encañonado por seis fusiles Kalashnikov del grupo de acogida, con el dedo en el gatillo y el seguro quitado.
– ¡Por el amor de Dios, está bien! -exclamó el piloto con gran nerviosismo. Sus ojos pasaron de las armas a la cara de Miguel-: Usted gana. Déjeme llenar el depósito, que nos vamos.
Ignorando su capitulación, Miguel le espetó:
– ¡Aparta el culo de esa puerta!
Cuando Underhill le obedeció, Miguel asintió y los otros bajaron los fusiles. Cuatro de los hombres penetraron en el avión y se dirigieron hacia los ataúdes. El copiloto les acompañó, desató las correas y uno por uno fueron descargando los ataúdes, que llevaron a la choza.
Baudelio y Socorro les siguieron.
Había transcurrido una hora y media desde el aterrizaje del Learjet y la pista y sus inmediaciones se iban perfilando en el crepúsculo. Durante ese tiempo, habían cargado con una bomba portátil el combustible de los bidones en el Learjet para continuar vuelo a Bogotá. Underhill buscó a Miguel para comunicarle su inminente partida.
Gustavo le indicó que Miguel y los demás estaban en la choza improvisada. Underhill se dirigió allá.
La puerta estaba entreabierta y, al oír voces, el piloto la empujó. Al momento retrocedió, horrorizado por lo que veía.
Sentadas en el suelo de tierra del cobertizo había tres personas, con la espalda apoyada contra la pared, la cabeza colgando, la boca abierta, inconscientes pero a todas luces vivas. Dos de los ataúdes procedentes del Learjet -abiertos y vacíos- habían sido colocados uno a cada lado para que les sirvieran de apoyo. Una lámpara de aceite iluminaba la escena.
Underhill supo en seguida de quiénes se trataba. Era imposible no adivinarlo. Escuchaba todos los días las noticias americanas por la radio y leía los periódicos de su país, que compraba en los aeropuertos y los hoteles. La prensa colombiana también se había hecho eco del secuestro de la familia de un famoso presentador de la televisión.
Una glacial oleada de pánico embargó a Denis Underhill. Había rozado la frontera de la ley en múltiples ocasiones. Cualquier piloto de vuelos chárter latinoamericano lo hacía, casi sin poder evitarlo. Pero nunca, nunca, había estado implicado en una felonía tan grave como ésa. Sabía, sin tener que pensarlo demasiado, que si en los Estados Unidos se llegaba a conocer su implicación en el traslado de esas personas, le mandarían a la cárcel de por vida.
Los ocupantes de la choza le estaban mirando; eran sus pasajeros, los tres hombres y la mujer, desde Teterboro hasta Sión, pasando por Opa Locka. Ellos también parecieron sorprenderse por su presencia.
En este momento, la mujer semiinconsciente del suelo se despertó. Levantó débilmente la cabeza. Mirando directamente a Underhill, enfocó la vista y movió los labios, aunque no profirió sonido alguno. Luego consiguió murmurar:
– Por favor… ayúdeme… avise a…
De repente, perdió de nuevo el conocimiento y su cabeza cayó hacia delante.
Una figura se acercó rápidamente a Underhill desde el otro extremo de la choza: era Miguel. Empuñando una pistola Makarov de nueve milímetros, le ordenó:
– ¡Fuera!
Underhill salió delante de Miguel, que le seguía encañonando, y una vez fuera le dijo con tono intrascendente:
– Puedo matarte ahora mismo… ¿A quién le va a importar?
Underhill se quedó como paralizado. Se encogió de hombros.
– Ya me la has jugado, hijo de puta. Me has hecho cómplice de ese secuestro, así que, pase lo que pase, tampoco habrá demasiada diferencia.
Bajó la mirada a la Makarov; tenía el seguro quitado. Bueno, pensó, era de esperar. Había vivido experiencias difíciles, y ésta no parecía reservarle nada bueno. Había conocido a tipos como ese Palacios, o como se llamara en realidad. La vida humana no significaba nada para ellos; se cepillaban a la gente como quien suelta un escupitajo en el suelo. Lo único que esperaba era que el tío tuviera buena puntería. Así sería más rápido y menos doloroso. ¿Por qué no le habría disparado ya? De repente, a pesar de sus razonamientos, un terror desesperado invadió a Underhill. Aunque seguía sudando, se puso a tiritar. Abrió la boca para suplicar, pero se le llenó de saliva y no consiguió articular palabra.
Percibió que, por alguna razón, el hombre que le apuntaba con la pistola estaba vacilando.
De hecho, Miguel estaba calculando. Si mataba a uno de los pilotos tendría que matar al otro también, lo cual significaba que no había nadie que pilotara el Lear de momento, y eso era una complicación que prefería evitar. Además, sabía que el propietario del aeroplano tenía amigos en el cártel de Medellín y podía ocasionarle serios problemas…
Miguel puso el seguro y le dijo con voz amenazadora:
– Es posible que creas haber visto algo. Pero tal vez no lo vieras, en definitiva. Quizá no hayas visto nada en todo este viaje.
La mente de Underhill tuvo un destello de inteligencia: Por alguna razón incomprensible para él, le iba a dar una oportunidad. Respondió apresuradamente, sin pararse a tomar aliento:
– Exacto. No he visto nada de nada.
– Llévate ese jodido aparato de aquí -gruñó Miguel- y no abras la boca. Si cantas, te prometo que, estés donde estés, te encontraremos y te mataremos. ¿Entendido?
Temblando de alivio, consciente de que había estado al borde de la muerte como nunca en la vida, y consciente también de que la amenaza era auténtica, Underhill asintió:
– Entendido.
Luego dio media vuelta y regresó a su avión.
La niebla matinal y unas nubes bajas planeaban sobre la selva. El Learjet las atravesó en su ascenso. El sol se difuminaba entre la niebla, vaticinando un día abrasador y bochornoso.
Pero mientras ejecutaba maquinalmente sus tareas de pilotaje, Underhill sólo pensaba en lo que le esperaba.
Reflexionó que Faulkner, sentado a su lado, no había visto a la familia Sloane cautiva, ni sabía nada de la implicación de Underhill en su secuestro, ni tampoco lo que acababa de sucederle hacía sólo unos minutos: Y dejaría que siguiera en su ignorancia. No sólo no había ninguna necesidad de contarle a Faulkner que en los ataúdes que transportaban iban seres humanos vivos y secuestrados, sino que si no lo sabía, el copiloto podría jurar más tarde que Underhill tampoco lo sabía.
Eso era lo esencial, en lo que debería insistir Underhill si era interrogado, y estaba seguro de que lo sería: Él no sabía nada. No sabía nada de los Sloane, ni lo había sabido nunca.
¿Le creerían? Tal vez no, pensó infundiéndose confianza, pero daba igual. No tendría importancia siempre y cuando nadie pudiera demostrar lo contrario.