Recordó a la mujer que le había hablado. Se llamaba Jessica, según las noticias de la prensa. ¿Recordaría ella haberle visto? ¿Podría identificarle en el futuro? Considerando su estado, era poco probable. Tampoco era probable, se le ocurrió mientras seguía dándole vueltas, que ella saliera con vida de Perú.
Indicó a Faulkner que tomara los mandos del avión. Se recostó en su asiento y la sombra de una sonrisa iluminó la cara del piloto.
Underhill no concedió ni un solo pensamiento a la posibilidad del rescate de la familia Sloane. Tampoco consideró siquiera la idea de informar a las autoridades de quién les tenía secuestrados ni dónde.
3
El equipo especial de investigación de la CBA-News logró un importante triunfo en menos de tres días.
En Larchmont, Nueva York, el infame terrorista colombiano Ulises Rodríguez fue identificado como uno de los secuestradores de los Sloane y, tal vez, como dirigente de la banda.
El domingo por la mañana -como les prometieron la víspera- llegó a la sede de la CBA-News una copia de un dibujo al carboncillo de Rodríguez, realizado hacia veinte años por un compañero suyo de la Universidad de Berkeley de California. El realizador Karl Owens, que había descubierto el nombre de Rodríguez a través de sus contactos en Bogotá y el departamento de Inmigración de los Estados Unidos, recibió personalmente el dibujo y se encargó de llevarlo a Larchmont. Le acompañaron un equipo de cámaras y sonido y un corresponsal de Nueva York convocado apresuradamente.
Con la cámara en acción, Owens mandó al corresponsal enseñar seis fotos a la señorita Rhea, la maestra de escuela retirada que había presenciado el secuestro en el aparcamiento del supermercado. Una de las fotos era el retrato de Rodríguez y las otras cinco procedían de sus archivos y representaban a hombres de cierta semejanza con Rodríguez. Priscilla Rhea señaló instantáneamente el dibujo de Rodríguez.
– Es él. Es el que me gritó que estaban rodando una película. Está más joven en el retrato, pero es el mismo hombre. Le habría reconocido en cualquier parte -añadió-: cuando le vi, parecía el jefe.
En ese punto, la CBA-News tenía la información en exclusiva. (Desde luego, no sabían que Ulises Rodríguez estuviera utilizando el nombre de Miguel, ni que para salir del país empleara el alias de Pedro Palacios. Pero teniendo en cuenta que los terroristas utilizaban diversos nombres, eso no tenía ninguna importancia.)
Cuatro miembros del equipo especial -Harry Partridge, Rita Abrams, Karl Owens e Iris Everly- discutieron sobre el descubrimiento ese mismo domingo a última hora de la tarde, en una sesión informal. Owens, justamente complacido por su hallazgo, quería dar la noticia en el boletín nacional del lunes por la noche. Pero Partridge vacilaba y Owens insistió enérgicamente: -Mira, Harry, no lo tiene nadie. Somos los primeros. Si lo comunicamos mañana, daremos el golpe y nos llevaremos todos los honores, incluyendo, por más que les duela, el New York Times y el Washington Post. Pero si lo callamos y esperamos demasiado tiempo, puede haber una filtración y perdemos la exclusiva. Sabes tan bien como yo que la gente acaba hablando. La misma señorita Rhea de Larchmont puede decírselo a alguien y que se corra la voz. También se le puede escapar a alguien de la casa y cabe la posibilidad de que se entere la competencia.
– Yo estoy de acuerdo con él -dijo Iris Everly-. Harry, si quieres que mañana salgamos al aire, sin Rodríguez, no tengo nada nuevo que decir.
– Ya lo sé -dijo Partridge-. Yo también lo estoy considerando, pero hay buenas razones para esperar. No tomaré ninguna determinación hasta mañana.
Con eso conformó a los demás.
Partridge decidió por su cuenta que debía informar a Crawford Sloane de su reciente descubrimiento. Crawf estaba sufriendo una tortura mental tan agobiante que cualquier paso hacia delante, aunque fuera poco concluyente, sería bien recibido. Aunque era tarde -cerca de las diez de la noche-, Partridge decidió ir a visitar a Sloane. Evidentemente no podía telefonearle. El FBI tenía intervenido el teléfono de la casa de Larchmont, y Partridge no estaba dispuesto a comunicar todavía la nueva información al FBI.
Utilizando el teléfono de su despacho personal, pidió que un coche de la compañía con chófer le esperara ante la puerta principal.
– Te agradezco que hayas venido, Harry -le dijo Crawford Sloane cuando Partridge terminó su relato-. ¿Pensáis difundirlo mañana?
– No estoy seguro. -Partridge le describió sus reflexiones en los dos sentidos, y añadió-: Quiero consultarlo con la almohada.
Estaban tomando una copa en el cuarto de estar, en el mismo sitio en que, hacía cuatro días, pensó Sloane con tristeza, había estado charlando con Jessica y Nicholas al volver del trabajo.
Cuando Partridge llegó, un agente del FBI le había mirado inquisitivamente. El agente sustituía a Otis Havelock, que se había ido a su casa a ver a su familia. Pero Sloane había cerrado con determinación la puerta de comunicación con el vestíbulo, y los dos periodistas hablaron en voz baja.
– Cualquiera que sea tu decisión -dijo Sloane-, te apoyaré. En cualquier caso, ¿crees que es razón suficiente para irte a Colombia?
Partridge meneó la cabeza:
– Todavía no. Rodríguez es un asesino a sueldo. Ha actuado en toda América Latina y también en Europa. Por lo tanto, necesito saber más; concretamente, de dónde procede esta operación. Mañana volveré a usar a fondo el teléfono. Y los demás harán lo mismo.
Una de las llamadas que quería repetir Partridge era al abogado criminalista con quien había hablado el viernes, y que todavía no le había contestado. Su instinto le decía que cualquiera que operara en los Estados Unidos como parecía haber hecho Rodríguez necesitaría algún contacto con las organizaciones criminales.
Cuando Partridge se iba a marchar, Sloane le pasó un brazo por los hombros.
– Harry -le dijo, con emoción en la voz-, creo que la única posibilidad que tengo de recuperar a Jessica, Nicky y mi padre eres tú. -Vaciló un momento y luego continuó-: Supongo que en algunos momentos tú y yo no hemos sido grandes amigos, ni siquiera compañeros, y reconozco la parte de culpa que me corresponde. Pero aparte de eso, sólo quiero que sepas que todo lo mejor que tengo y más valoro en este mundo depende de ti.
Partridge intentó encontrar las palabras apropiadas para responderle, pero no pudo. Entonces asintió varias veces, apretó también el hombro de Sloane y le dijo:
– Buenas noches.
– ¿Adónde, señor Partridge? -le preguntó el chófer de la CBA. Era cerca de medianoche y Partridge le respondió cansado: -Al hotel Intercontinental, por favor.
Se recostó en el asiento del coche, recordando la despedida de Sloane, y pensó que él también sabía lo que significaba perder, o enfrentarse a la posibilidad de perder a un ser querido. En su caso, hacía mucho tiempo, había sido Jessica en primer lugar, aunque aquellas circunstancias no tenían nada que ver con la desesperada situación de Crawford. Y más tarde, había sido Gemma…
«¡No!», se dijo. No se permitiría volver a pensar en ella esa noche. El recuerdo de Gemma le perseguía tan a menudo últimamente… siempre le ocurría cuando estaba cansado… y con sus recuerdos siempre se mezclaba el dolor.
Partridge se obligó a pensar en Crawf, que, a la terrible circunstancia que afectaba a Jessica, debía añadir la pérdida de un niño, su hijo. Partridge no había tenido hijos. Sin embargo, se imaginaba que la pérdida de un hijo debía de ser terrible, tal vez una de las desgracias más insoportables. Gemma y él querían tener hijos…
– Ay, querida Gemma… -suspiró.
Se abandonó, relajándose mientras el automóvil, deslizándose con suavidad, cubría la distancia hasta Manhattan, y dejó vagar sus pensamientos libremente.