– Hay que cumplir las promesas.
De momento se quedó desconcertado, pero luego recordó, con una oleada de cariño y una exclamación de alegría, la promesa de Gemma: «En cuanto me quede embarazada, dejaré de conducir».
Gemma tenía los ojos húmedos de felicidad mientras se besaban y se abrazaban tiernamente.
Una semana más tarde, Partridge recibió la comunicación de la CBA-News de que su corresponsalía en Roma había terminado y le iban a mandar a un destino más importante: la corresponsalía en Londres.
Su primera reacción fue preguntarse cómo se lo tomaría Gemma. No tenía por qué preocuparse.
– ¡Qué maravillosa noticia, Harry caro! -le dijo-. Me encanta Londres. He estado allí muchas veces cuando volaba en Alitalia. Haremos allí una vida maravillosa juntos.
– Ya hemos llegado, señor Partridge.
Partridge, que había cerrado un rato los ojos en el coche de la compañía -momentáneamente, mientras recordaba-, descubrió al abrirlos que ya estaban en Manhattan, detenidos en la calle Cuarenta y ocho, frente al hotel Intercontinental. Dio las gracias al chófer, se despidió y penetró en el hotel.
Mientras subía a su habitación en el ascensor, se dijo que ya era lunes y que probablemente la semana que tenía por delante sería crucial.
4
Jessica intentaba desesperadamente aferrarse a la conciencia, mantener su mente lúcida y comprender lo que ocurría a su alrededor, pero apenas lo conseguía. Tenía momentos de lucidez, durante los que podía ver a otras personas y sentir su cuerpo dolorido, malestar, náuseas y una sed espantosa. No obstante, al mismo tiempo, la embargó el pánico, con un solo pensamiento: ¡Nicky! ¿Dónde estaba Nicky? ¿Qué había pasado? Luego, todo volvía y un torbellino brumoso invadía su mente, impidiéndole percibir nada, ni siquiera dónde se encontraba. Durante esos lapsos, parecía sumergirse en un líquido opaco y viscoso.
Pero aun en aquel vaivén entre la conciencia y la inconsciencia, logró de algún modo recordar lo que había percibido fugazmente. Sabía que le habían quitado algo que llevaba en el brazo y en su lugar persistía un dolor latente. Recordaba que la habían ayudado a levantarse, que había caminado medio en volandas hasta donde estaba sentada en ese momento, que parecía -cuando recobraba la conciencia- una superficie plana. Y a su espalda -aunque no estaba muy segura- había algo sólido.
Mientras rumiaba esos pensamientos, como volvió a asaltarla el miedo, intentaba decirse algo que consideraba importante: ¡Domínate!
Uno de los detalles que recordaba con claridad era la repentina visión de un hombre. Su imagen era nítida y concreta. Era un hombre alto y un poco calvo, muy erguido y que parecía irradiar autoridad. Fue esa impresión de autoridad lo que la impulsó a hablarle, a pedirle socorro. Recordó que él se había asustado al oír su voz; su reacción permanecía muy vivida en su mente, aunque la realidad del hombre había desaparecido. ¿Pero habría recibido su súplica? ¿Regresaría para ayudarla? ¡Oh, Dios mío! ¿Cómo iba a saberlo?
Luego tuvo otro atisbo de conciencia. Había otro hombre inclinado sobre ella. ¡Un momento! Ya le había visto antes… reconoció su rostro cadavérico: ¡Sí! Hacía unos minutos, mientras se debatía desesperada con una especie de cuchillo, le había acribillado la cara a navajazos, había visto la sangre… ¿Pero por qué no sangraba? ¿Cómo era posible que llevara toda la cara vendada?
En la mente de Jessica, su largo intervalo de inconsciencia no existía.
Reflexionó: Este hombre es enemigo mío. Y recordó: Le había hecho algo a Nicky. ¡Oh, cuánto le odiaba! Un arrebato de rabia feroz le produjo una descarga de adrenalina, que devolvió el movimiento a sus miembros. Levantó una mano, agarró el esparadrapo de sus vendas y se las arrancó de un tirón. Luego le clavó las uñas en la cara.
Dando un grito de sorpresa, Baudelio retrocedió de un brinco. Se llevó la mano a la mejilla y cuando la retiró la tenía toda manchada de sangre. ¡Aquella maldita zorra…! Había vuelto a destrozarle la cara. Instintivamente, había actuado como médico y la consideraba su paciente, pero ya no… Furioso, apretó el puño, se inclinó y la golpeó con fuerza.
Al momento, se había arrepentido, por razones médicas. Quería observar el grado de conciencia de los tres cautivos: hasta ese momento iban saliendo satisfactoriamente de la sedación, su pulso y su respiración eran normales. La mujer se había adelantado un poco a los demás. Se lo acababa de demostrar, pensó con rabia.
Los tres sufrirían efectos secundarios, naturalmente; lo sabía muy bien por su experiencia como anestesista. Tendrían una sensación de confusión, probablemente seguida por una depresión, cierto entumecimiento, un intenso dolor de cabeza y náuseas. La sensación general se parecía bastante a una buena resaca. Debía darles de beber cuanto antes. Pero nada de comer, por lo menos hasta que cubrieran la siguiente etapa. ¡Mierda de campamento!, pensó Baudelio.
Socorro se le acercó y él le dijo que necesitaban beber. Ella asintió y salió a ver qué podía encontrar. Paradójicamente, como bien sabía Baudelio, en aquella selva húmeda y escasamente habitada el agua potable era un problema. Los ríos y los arroyos, muy abundantes, estaban contaminados por productos químicos: ácido sulfúrico, queroseno y otros residuos utilizados en la transformación de las hojas de coca en pasta de coca, la esencia de la cocaína. Además, existía el peligro de la malaria y el tifus, así que hasta los pobres campesinos bebían refrescos, cerveza y, cuando podían, agua hervida.
Miguel había regresado a la choza a tiempo para presenciar el incidente entre Jessica y Baudelio y oír las instrucciones de este último a Socorro.
– Y trae algo para atar esas bolsas de basura -le dijo-, y atadles las manos a la espalda. -Luego se dirigió a Baudelio-: Prepara a los prisioneros para el viaje. Primero iremos en camión. Y después, andando.
Jessica, que fingía estar inconsciente, lo oyó todo.
Al pegarle, Baudelio le había hecho un favor en realidad. La reactivación sanguínea la había despejado del todo. Ya sabía quién era y estaba recobrando la memoria. Pero su instinto le aconsejó disimular de momento todo lo que sabía.
Recordaba que se había asustado mucho hacía unos minutos, pero se dijo que debía intentar ordenar sus pensamientos. Primero: ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta allí?
Las respuestas se atropellaban. Los recuerdos afluían a su mente: el supermercado Grand Union, el mensajero con la noticia del accidente de Crawf obviamente se trataba de un engaño. Y luego, en el aparcamiento, la brutal agresión a ella, Nicky y…
¡Nicky! ¿Le habrían hecho daño? ¿Dónde estaba?
Luchando por dominarse, recordó haber visto brevemente a su hijo en una especie de cama, atado… y a Angus. ¡Ay, pobre Angus! Les había visto mientras luchaba con el hombre y le cortaba la cara. ¿Seguirían todavía en el mismo sitio? Le parecía que no. Y además, ¿estaba Nicky allí con ella? Abriendo un poquito los ojos y sin levantar la cabeza, intentó atisbar a su alrededor. ¡Oh, gracias a Dios! ¡Nicky estaba justo a su lado! Estaba abriendo y cerrando los ojos y bostezando.
¿Y Angus? Sí, Angus estaba al otro lado de Nicky, con los ojos cerrados, pero respirando.
Aquello provocó la siguiente pregunta: ¿Por qué los habían capturado? Comprendió que la respuesta tendría que esperar.
Lo más inmediato era: ¿Dónde estaban? Las breves ojeadas de Jessica le habían mostrado una habitación pequeña y en penumbra, sin ventanas e iluminada por una lámpara de aceite. ¿Por qué no había electricidad? Los tres estaban sentados en el suelo, que le pareció de tierra, y también notó la presencia de insectos, aunque intentó pensar en otra cosa. Hacía un calor tremendo allí, pegajoso, y eso la desconcertó porque ese año el mes de septiembre había sido muy fresco y no se preveían cambios.