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Entonces, si no estaban en el mismo lugar donde ella había visto a Nicky y a Angus atados, ¿cómo habían llegado hasta allí? ¿La habrían drogado? Esa idea le hizo recordar otra cosa: la almohadilla que le habían puesto sobre la nariz y la boca cuando la metieron en la furgoneta en el aparcamiento del supermercado.

No recordaba nada más de lo sucedido en el interior de la furgoneta; por lo tanto la habían drogado, en efecto, y probablemente a los otros dos también. ¿Durante cuánto tiempo? Media hora, calculó, o una hora, como máximo. Su recuerdo de la agresión en el aparcamiento era demasiado vívido para que hubiera pasado más tiempo.

Así que lo más probable era que no estuvieran demasiado lejos de Larchmont, lo cual significaba algún lugar entre los estados de Nueva York, Nueva Jersey o Connecticut. Jessica consideró Massachusetts y Pennsylvania, pero rechazó la idea. Estaban demasiado lejos. Unas voces la interrumpieron.

– La muy zorra está fingiendo -dijo Miguel.

– Sí -repuso Baudelio-. Está consciente y cree que nos está engañando. Estaba escuchando lo que decíamos.

Miguel le clavó una bota en las costillas.

– ¡De pie, zorra! Tenemos que marcharnos.

La patada la hizo encogerse de dolor; como le pareció que no ganaba nada disimulando, Jessica levantó la cabeza y abrió los ojos. Reconoció a los dos hombres que la miraban desde arriba: uno de ellos era el hombre al que había atacado a navajazos, y al otro recordaba haberlo visto un instante en la furgoneta. Tenía la boca seca y la voz rasposa, pero logró decir:

– Se arrepentirán de esto. Les cogerán. Lo pagarán.

– ¡Silencio! -Miguel le dio otra patada, esa vez en el estómago-. De ahora en adelante, sólo hablarás cuando te pregunten.

Jessica sintió que Nicky se removía a su lado y preguntaba:

– ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos?

Advirtió en su voz el mismo temor que había sentido ella.

– Me parece, muchacho -le contestó Angus en voz baja-, que nos han secuestrado unos tipos malvados y asquerosos. Pero tranquilo. ¡Aguanta fuerte! Tu papá nos encontrará.

Jessica, todavía luchando contra el dolor producido por la brutal patada, sintió una mano en el brazo, mientras la cariñosa voz de Nicky le decía:

– Mamá… ¿estás bien?

Se le llenaron los ojos de lágrimas al advertir la preocupación de Nicky por ella. Volviendo la cabeza intentó asentir para tranquilizarle y entonces vio que Nicky también estaba maniatado. En un momento de horror, pensó: ¿Qué consecuencias tendría aquello para él?

– ¡La orden de silencio también vale para ti, mocoso! -gritó Miguel-. ¡Recuérdalo!

– Oh, se acordará. -Era Angus, consiguiendo infundir un tono de desprecio a su voz cascada-. ¿Quién olvidaría a un valeroso despojo humano capaz de pegar a una mujer y un niño indefensos?

El anciano intentaba levantarse.

– ¡Angus, no! -susurró Jessica, sabiendo que en ese momento nada lograría mejorar su situación y discutir sólo serviría para empeorarla.

Angus tenía dificultades para mantener el equilibrio y ponerse en pie. Miguel echó un vistazo en torno y cogió un palo largo que estaba en el suelo. Se acercó a Angus y le atizó salvajemente en la cabeza y los hombros. El anciano cayó de espaldas, con un ojo cerrado donde había recibido uno de los golpes, gimiendo de dolor.

– ¡Que esto os sirva de lección a todos! -ladró Miguel-. ¡A callar! -Luego se dirigió a Baudelio-: Prepáralos para el camino.

Socorro había vuelto con una jarra de agua y un cabo de cuerda basta.

– Primero tienen que beber -dijo Baudelio, añadiendo con un deje de petulancia-, bueno, si los quieres vivos.

– Pues átales las manos -ordenó Miguel-. No quiero más problemas.

Después salió del cobertizo frunciendo el ceño. En el exterior, a medida que el sol iba subiendo, el bochorno se hacía más insoportable.

Jessica estaba cada vez más desconcertada con la situación.

Hacía unos minutos les habían sacado a los tres de lo que le pareció un chamizo asqueroso y se hallaban en la caja de un camión descubierto, muy sucio, entre un revoltijo de cajones, sacos y trastos. Habían salido de la choza por su pie, con las manos atadas a la espalda, y luego varios pares de manos les habían medio izado y medio empujado de mala manera a la parte trasera del camión. Después también había subido media docena de hombres variopintos, que podrían ser tomados por braceros si no llevaran armas, seguidos por el recién bautizado en mente «Caracortada» y otro hombre, al que Jessica recordaba muy vagamente. Después levantaron la trasera del remolque y la cerraron.

Mientras sucedía todo esto, Jessica se fijaba en los alrededores, intentando ver todo lo posible, pero no le sirvió de mucho. No había edificaciones a la vista, nada más que bosques, y el polvoriento sendero que conducía a la choza. Intentó ver la matrícula del camión, pero se lo impidió la puerta trasera abierta.

Después de beber agua, Jessica se sentía bastante mejor. Antes de salir del cobertizo, Nicky y Angus también habían bebido. Les había traído el agua una mujer de cara adusta a la que Jessica también recordaba vagamente, supuso que de verla durante su pelea con Caracortada.

Intentando un acercamiento de mujer a mujer, Jessica le susurró en voz baja, entre trago y trago de agua que ésta le iba dando, en una abollada taza de estaño:

– Gracias por el agua. Por favor… ¿podrías decirme dónde estamos y por qué?

La respuesta fue violenta e inesperada. La mujer dejó en el suelo la taza y le cruzó la cara con dos bofetadas que la hicieron tambalearse.

– Ya has oído la orden -silbó la mujer-. ¡Silencio!* Si vuelves a hablar, te quedarás el día entero sin beber.

A partir de entonces, Jessica guardó silencio. Nicky y Angus también.

La misma mujer se hallaba en el asiento de la cabina del camión, junto al conductor, que acababa de poner en marcha el motor. A su lado iba también el hombre que les había maltratado en la choza. Jessica había oído que le llamaban Miguel y le pareció el jefe. El camión arrancó, traqueteando por los baches del camino.

El calor era aún más agobiante que en la choza. Todos sudaban copiosamente. ¿Dónde estaban, pues? La primera suposición de Jessica de que se hallaban en el estado de Nueva York o sus inmediaciones parecía menos plausible a cada minuto que pasaba. Era imposible que hiciera tanto calor en esa época del año. A menos…

Jessica se preguntó si sería posible que los tres hubieran estado inconscientes, drogados, mucho más tiempo de lo que había pensado en un principio. En tal caso, podían haberles llevado mucho más lejos, hacia el sur, a Georgia o Arkansas, por ejemplo. Cuantas más vueltas le daba al tipo de paisaje que recorrían, más le parecía algún rincón remoto de esos estados, y el calor apoyaba su suposición. Esa perspectiva la desalentó, porque, de ser cierta, la esperanza de un rescate inminente se desvanecía.

En busca de nuevas pistas, empezó a escuchar los retazos de conversación de los pistoleros que les rodeaban. Reconoció el idioma: español. Jessica no lo hablaba, pero tenía unas nociones.

– ¡Maldito camión! Me hace daño en la espalda.

– ¿Por qué no te acuestas encima de la mujer? Es una buena almohada*.

Risas estridentes.

– No, esperaré hasta que termine el viaje. ¡Entonces, que tenga cuidado!

– Los Sinchis, esos cabrones, torturaron a mi hermano antes de matarlo.