– Señor Cooper, ya está. Los dos han contestado que sí.
Eso había pasado diez minutos antes. En ese momento, Teddy Cooper proseguía sus comentarios de introducción, después de hacer una pausa efectista tras comunicar a su público que iba a «revelarles toda la verdad».
– Bueno, en realidad se trata del secuestro, que todos conoceréis, supongo, de la esposa, el hijo y el padre de Crawford Sloane. La tarea que vais a desempeñar está dirigida a recuperar a los rehenes y es triplemente importante. Cuando salgáis de aquí os dirigiréis a las oficinas de los periódicos locales y a ciertas bibliotecas, donde revisaréis todos los anuncios publicados durante los tres últimos meses. Pero no se trata sólo de leerlos, sino de husmear a lo Sherlock Holmes, siguiendo unas pautas que ahora os resumiré, en busca de pistas que puedan conducirnos hasta los secuestradores.
Los rostros que tenía delante reflejaban un interés mucho mayor que antes, subrayado por un murmullo de conversaciones que se interrumpió en cuanto Cooper continuó.
– En cuanto yo acabe mi discursito, os dividiréis en grupos y recibiréis las instrucciones precisas de adónde tenéis que ir y qué tenéis que hacer. Esta mañana ya hemos telefoneado a algunas redacciones de periódicos; piensan colaborar y os están esperando. En otras, os tendréis que espabilar por vuestra cuenta, diciendo que venís de la CBA. Antes de marcharos, recoged vuestra tarjeta identificativa de la CBA. Guardadla… será un buen recuerdo para vuestros nietos.
»En cuanto a los medios de locomoción, unas cuantas furgonetas recogerán a varios de los grupos cada día y os dejarán de uno en uno en vuestro punto de partida. A partir de ahí, cada cual que se apañe como quiera. Todos tenéis iniciativa; tendréis ocasión de utilizarla. Algunos tendréis que coger autobuses o el tren. En cualquier caso, los gastos de desplazamiento corren a cargo de la compañía.
»No hace falta que vengáis aquí todas las tardes al terminar la jornada. Pero tenéis que informar por teléfono (ya os daremos los números) y, por supuesto, llamar inmediatamente si descubrís algo importante.
Teddy Cooper había elaborado personalmente todos esos puntos a lo largo del domingo y esa misma mañana, con ayuda de sus dos ayudantes y una secretaria del personal directivo que le habían cedido, quienes todavía estaban realizando tareas de apoyo, telefoneando a otras redacciones locales.
– Bueno -declaró Cooper-, eso era para los novatos. Ahora, al grano. Os vamos a dar unas hojas. Vamos a ver… sí, aquí están.
Jonathan Mony, en plena efervescencia, había estado hablando con los ayudantes de Cooper, atareadísimo en torno a una mesa del fondo de la sala. Mony regresó cargado con una pila de papeles -copias del plan de trabajo y las directrices desarrolladas la víspera por Cooper, que ya estaban mecanografiadas e impresas. Mony comenzó a repartirlas entre sus compañeros eventuales.
– Cuando lleguéis a vuestros respectivos destinos -dijo Cooper- pedid los números publicados durante los últimos tres meses, es decir, desde el 14 de junio en adelante. Cuando los tengáis delante, buscad las páginas de los anuncios inmobiliarios por palabras. Tenéis que buscar una fábrica pequeña, un almacén o una casa grande y antigua… pero no cualesquiera. Las especificaciones están en la página uno de las notas que os acaban de dar.
Mientras iba explicando sus razonamientos y sus planes, Teddy Cooper se alegró de haberles desvelado la verdad. Habían dejado a su discreción la decisión de lo que se contaría o no a los ayudantes, y el hecho de descartar la historia ficticia lo hacía todo mucho más fácil. Era más arriesgado, por supuesto. Uno de los peligros era que la investigación de la CBA-News llegara a oídos de la competencia, quizás de otra emisora, que podría publicarlo u organizar un proyecto paralelo. Cooper quería advertir a los jóvenes que no revelaran los detalles del propósito secreto de la CBA. Esperó que no defraudaran su confianza. Observando a su público, que seguía atento y tomando notas, pensó que no se había equivocado.
Cooper no dejaba de vigilar la puerta con el rabillo del ojo. Las llamadas telefónicas que había encargado a Jonathan Mony eran sendos mensajes a Harry Partridge y Crawford Sloane, pidiéndoles que hicieran acto de presencia. Se alegró de que ambos contestaran afirmativamente.
Llegaron juntos. Cooper, en plena descripción de la base operativa imaginaria de los secuestradores, se calló y señaló hacia la puerta. Todas las cabezas se volvieron, y a pesar de la sofisticación del grupo, se oyó una exclamación de estupor general mientras Sloane entraba, seguido por Partridge.
Con la deferencia que requería la ocasión, Cooper descendió de la tarima. No pretendía introducir al presentador de las noticias nacionales, simplemente le cedió el puesto.
– Hola, Teddy -dijo Sloane-. ¿En qué puedo ayudarte?
– Más que nada, señor, creo que a todos les encantará conocerle.
– ¿Qué les has contado exactamente? -le preguntó Sloane bajando la voz.
Partridge les estaba escuchando, junto a la tarima.
– Pues todo, más o menos. He pensado que así funcionarán mejor. Creo que vale más darles confianza.
– Me parece bien -dijo Partridge.
– Por mí, no hay problema -dijo Sloane asintiendo.
Descartó la tarima y se acercó a la filas de sillas. Estaba serio, era lógico que no se mostrara feliz ni sonriente, y cuando tomó la palabra, su voz se ajustaba a la gravedad de la situación.
– Buenos días a todos. Es posible que en los próximos días, lo que vais a hacer algunos de vosotros contribuya directamente a la liberación de mi esposa, mi hijo y mi padre. Si por ventura llegara a suceder algo así, podéis estar seguros de que os pienso ir a buscar para daros las gracias personalmente. Por el momento, me gustaría expresaros mi satisfacción por vuestra presencia y desearos suerte. ¡Mucha suerte a todos, muchachos!
Sloane se quedó allí un momento, mientras muchos de los jóvenes se levantaban y algunos se acercaban a estrecharle la mano y transmitirle su solidaridad. Teddy Cooper advirtió que algunos tenían los ojos húmedos. Al final, Sloane se despidió y salió tan discretamente como había llegado. Partridge, que también había saludado a algunos de los chicos, se fue con él.
Cooper continuó sus explicaciones, describiendo lo que debían buscar los neófitos. Cuando abrió el turno de preguntas se alzaron varias manos.
Un chico con una camisa de NYU (New York University) dijo:
– Muy bien. Entonces, si uno de nosotros encuentra un anuncio que coincide con los datos que nos has dado y puede ser la casa que estamos buscando, telefonea aquí. ¿Y luego qué?
– Lo primero -repuso Cooper-, averiguamos quién ha puesto el anuncio. En general suele haber algún nombre, tenéis que anotarlo. Si no lleva nombre y sólo un número de teléfono o un apartado de correos, intentad que os lo dé el periódico, y si éste se resiste, dejad que lo resolvamos nosotros.
– ¿Y después qué hacemos?
– Si se puede, contactaremos con el anunciante por teléfono para hacerle unas preguntas. Si no, vamos a visitarle. Luego, si la pista sigue siendo prometedora, iremos a ver, con mucho cuidado, la propiedad en cuestión.
– Estás hablando de «nosotros»… -intervino una joven muy atractiva con un traje de chaqueta beige-. ¿Significa eso que irás tú y los demás peces gordos, o podremos ir nosotros también a compartir lo más interesante, la acción?
Hubo varias exclamaciones y risas, en las que también participó Teddy Cooper.
– Dejemos clara una cosa -respondió-. Puede que sea un pez, pero de gordo nada. -Más risas-. Ahora bien, os prometo una cosa; dentro de lo posible, participaréis en el asunto, sobre todo los que hayáis intervenido activamente. Por la sencilla razón de que os necesitamos. No nos sobra gente para este trabajo y, si damos en el blanco, es muy posible que os mandemos acudir personalmente.