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– Y una vez a esos niveles -preguntó una pelirroja muy menuda-, ¿habrá cámaras por allí?

– ¿Quieres decir si saldrás tú en la filmación?

– Pues sí, más o menos -contestó la joven sonriendo.

– Bueno, eso no depende de mí. Pero yo diría que probablemente sí.

Cuando concluyeron las preguntas. Cooper añadió varias reflexiones que todavía no había discutido con nadie, pero que había considerado atentamente la noche anterior.

– Además de revisar los anuncios inmobiliarios que os he descrito, quiero que os fijéis bien en cualquier cosa que os parezca extraordinaria en esos periódicos de los últimos tres meses. Y no me preguntéis qué clase de cosa, porque no tengo ni idea, pero recordad esto: los secuestradores que estamos buscando han estado viviendo en esta zona por lo menos durante un mes o dos, según nuestros cálculos. En todo ese tiempo, por mucho cuidado que hayan tenido, es posible que hayan hecho alguna cosa que haya dejado rastro. La otra posibilidad es que esa pequeña cosa haya salido en la prensa, por el motivo que sea.

– Parece una probabilidad muy pequeña -dijo alguien.

Teddy Cooper asintió.

– Desde luego, una posibilidad entre diez mil de que se haya publicado algún suceso, y otra por el estilo de que uno de vosotros lo encuentre. De acuerdo, lo tenemos muy negro. Pero no olvidéis que para ganar a la lotería hay que jugar un número contra cien mil.

»Lo único que os puedo decir es: Pensad, pensad y pensad. Buscad a fondo y con inteligencia. Usad la imaginación. Os han contratado porque nos habéis parecido listos, así que demostradlo. O sea, investigad nuestro primer objetivo, los anuncios inmobiliarios, pero sin cerrar ninguna puerta.

Cuando terminó, Cooper se quedó sorprendido de que los jóvenes que tenía ante él se levantaran a aplaudirle.

Esa misma mañana, en cuanto la hora le pareció prudente, Harry Partridge había telefoneado a su contacto, el abogado con clientes en el mundo del hampa. Su respuesta fue poco cordiaclass="underline"

– Ah, es usted… Bueno, ya le dije el viernes que haría alguna indagación discreta. Lo he intentado dos veces sin resultado. Pero desde luego, si no me deja respirar…

– Lo siento, yo… -empezó Partridge, pero el otro no le escuchaba.

– Ustedes los cazadores de noticias no se dan cuenta de que en estas cosas somos nosotros quienes nos jugamos el pellejo. Mis clientes, la gente que me contrata, confían en mí y pretendo que siga siendo así. Y le aseguro que les importan un carajo los problemas ajenos, incluidos los suyos y los de Crawford Sloane, por graves que a usted le parezcan.

– Sí, claro, lo comprendo -protestó Partridge-, pero se trata de un secuestro y…

– ¡Cállese y escúcheme! Cuando hablamos le dije que estaba seguro de que las personas a quienes yo represento no tenían nada que ver con el secuestro ni nada parecido. Y lo mantengo. También reconocí la deuda que tengo con usted, y le dije que haría todo lo posible. Pero he de andarme con pies de plomo y, además, convencer a mis interlocutores de que su colaboración les beneficiará para que me comuniquen lo que saben o los rumores que hayan oído.

– Mire, le he dicho que lo sentía…

– O sea que -insistió el abogado- no es cosa de machacarlos con una apisonadora, ni de salir disparado como un cohete. ¿Entiende?

– Sí -repuso Partridge suspirando por dentro.

– Deme unos cuantos días más -prosiguió el abogado, moderando el tono-. Y no me llame por teléfono, ya le llamaré yo.

Cuando colgó, Partridge pensó que por más útiles que resultaran los contactos, uno no tenía por qué tenerles simpatía.

Antes de ir a la oficina esa mañana, Partridge había tomado una determinación respecto a si incluirían o no en el boletín nacional la noticia de la relación de un conocido terrorista internacional, Ulises Rodríguez, con el secuestro de la familia Sloane. Había decidido no darla de momento.

Después de ir a saludar a los nuevos reclutas de Cooper, Partridge fue a buscar a los miembros del equipo especial para informarles del asunto. Encontró a Karl Owens e Iris Everly en la sala de juntas y les explicó sus motivos.

– Yo lo veo así: ahora mismo, Rodríguez representa la única pista que tenemos y él no lo sabe. Pero si difundimos la noticia, hay muchas posibilidades de que Rodríguez se entere y nos pillemos los dedos.

– ¿Y qué más da? -preguntó Owens dubitativo.

– Hombre, sí tiene importancia. Todo indica que Rodríguez ha estado escondido, y eso le haría ocultarse aún mejor. Y no hace falta que os diga que ello reduciría notablemente nuestras probabilidades de descubrir dónde está… él y los Sloane, claro.

– Lo entiendo perfectamente -reconoció Iris-, pero ¿crees de veras, Harry, que un bombazo como éste, conocido por una docena de personas como mínimo, permanecerá en secreto hasta que estemos listos? No olvides que todos los medios de comunicación, agencias, audiovisuales y prensa, tienen a sus mejores dotaciones trabajando en esta historia. Lo sabrá todo el mundo en menos de veinticuatro horas.

Rita Abrams y Norman Jaeger acababan de llegar y les estaban escuchando.

– Puede que tengas razón, Iris -le contestó Partridge-, pero creo que debemos correr ese riesgo. No me gustan los sermones, pero pienso que debemos recordar de una vez por todas que nuestro trabajo no es el Santo Grial. Cuando la información pone en peligro la vida y la libertad, las noticias deben pasar a un segundo plano.

– Yo tampoco quiero ponerme pesado -dijo Jaeger-, pero en esto, coincido con Harry.

– Hay una cosa más -añadió Owens-, el FBI. Podemos meternos en un buen lío si lo callamos.

– Ya lo he meditado -dijo Partridge-, y he decidido correr el riesgo. Si ello os plantea algún problema personal, os recuerdo que soy el único responsable. Si se lo decimos al FBI, sabemos por experiencia que pueden contárselo o no a los demás medios de comunicación, según les dé, y por lo tanto perdemos la exclusiva.

– Volviendo a lo de antes -intervino Rita-, existen precedentes. Recuerdo uno en la ABC.

– Cuéntanoslo -le instó Iris.

– ¿Os acordáis del secuestro de un avión de la TWA en Beirut, en 1985?

Los demás asintieron. Rita había trabajado en los años ochenta en la ABC-News. Recordaron que el secuestro aéreo fue un atentado terrorista que mantuvo en vilo a la opinión pública durante dos semanas, y que uno de los pasajeros del 847 de la TWA, un buceador de la marina de los Estados Unidos, fue asesinado.

– Casi desde el principio del secuestro -dijo Rita- supimos que a bordo del avión iban tres militares americanos, vestidos de paisano, y en la ABC creíamos que teníamos esa información en exclusiva. La pregunta era: ¿Debíamos difundirla? Bueno, no lo hicimos; creímos que si lo hacíamos, los terroristas se enterarían y matarían a los militares. Al final, lo averiguaron por su cuenta, pero nosotros siempre creímos que con nuestro silencio habíamos ayudado a sobrevivir a dos de aquellos hombres.

– Muy bien -dijo Iris-. De acuerdo. Aunque sugiero que si mañana todavía nadie ha sacado la historia, lo reconsideremos.

– Conforme -accedió Owens, dando por terminada la discusión.

Sin embargo, la importancia de la cuestión aconsejó a Partridge consultárselo a Les Chippingham y Chuck Insen.

El director de los servicios informativos, que recibió a Partridge en su despacho acristalado, apenas se encogió de hombros cuando estuvo al corriente, y comentó:

– Tú eres el responsable de las decisiones del equipo especial, Harry. Si no confiáramos en tu criterio no estarías aquí. De todos modos, gracias por consultármelo.

El director de realización del boletín nacional Últimas Noticias estaba en la presidencia de la Herradura. Mientras escuchaba a Partridge, a Insen le brillaban los ojos.

– Muy interesante, Harry -le dijo, al final-. Buen descubrimiento. Cuando nos lo cedas, lo sacaremos en cabecera. Pero sólo cuando tú digas.