Lo cual dejó a Partridge en libertad para reanudar sus conferencias telefónicas. Así que se instaló en su despacho privado con su libreta azul.
Esa vez, Partridge dejó de lado sus contactos en los Estados Unidos y se centró en Colombia y los países limítrofes: Venezuela, Brasil, Ecuador, Panamá y Perú, además de Nicaragua. En todos esos países, donde había estado con frecuencia, enviado por la CBA-News, había gente que le había ayudado, y a la que también él había hecho favores.
Ese día disponía de una pista concreta, la de Rodríguez, lo cual centraba el tema en una doble pregunta: ¿Conocías la existencia de un terrorista llamado Ulises Rodríguez? Y en tal caso, ¿tienes alguna idea de dónde está o dónde se cree que está?
Aunque Karl Owens había hablado el viernes con sus contactos en América Latina, por lo que Partridge sabía no coincidían con los suyos, hecho poco sorprendente, puesto que tanto los realizadores como los corresponsales cultivaban sus propias fuentes y cuando las tenían, las conservaban.
Ese día, las respuestas a la primera pregunta fueron casi todas afirmativas y a la segunda, negativas. Confirmando los primeros informes de Owens, Rodríguez parecía haber desaparecido del mapa hacía tres meses y no había vuelto a dar señales de vida. Sin embargo, su conversación con un antiguo amigo colombiano, periodista radiofónico de Bogotá, sacó a la luz un punto interesante.
– No sé dónde estará -le dijo su colega-, pero casi podría garantizarte que no está en Colombia. Al fin y al cabo es colombiano, y aunque viva al margen de la ley es demasiado famoso para estar en su tierra una temporada sin que corra la voz. O sea que yo diría que está en el extranjero.
Su conclusión tenía sentido.
Partridge tenía sus sospechas sobre Nicaragua, donde los sandinistas, a pesar de su derrota electoral, todavía tenían una gran influencia y mantenían vivo su antagonismo con los Estados Unidos. ¿Estarían involucrados de alguna manera en el secuestro, con la esperanza de sacarle algún beneficio todavía sin dilucidar? La pregunta no tenía demasiado sentido, pero tampoco lo tenía todo lo demás. No obstante, la media docena de conferencias con Managua, la capital, desembocó en el consenso de que Ulises Rodríguez no estaba en Nicaragua, ni había pasado por allí.
Luego le tocó el turno a Perú. Partridge hizo varias llamadas, y una de ellas en particular le dejó pensativo.
Habló con un antiguo conocido suyo, Manuel León Seminario, editor y propietario de una revista semanal, Escena, publicada en Lima.
Cuando Partridge dio su nombre, Seminario se puso inmediatamente al teléfono. Le atendió en un inglés impecable, y Partridge se lo imaginó con claridad: menudo y atildado, y elegantemente vestido a la última moda.
– Pero hombre, querido Harry… ¡Qué alegría oírte! ¿Dónde estás…? En Lima, espero.
Al enterarse de que le llamaba desde Nueva York, el editor expresó su disgusto.
– Ah… Tenía ganas de almorzar mañana contigo en La Pizzeria. La cocina, te lo aseguro, es tan exquisita como siempre. Así que ¿por qué no coges un avión y te vienes?
– Me encantaría, Manuel. Por desgracia, estoy metido hasta el cuello en un trabajo importante.
Partridge le explicó su función en el equipo especial para el secuestro de los Sloane.
– ¡Dios santo! Debí figurarme que era algo así. Ha sido una cosa horrible. Aquí hemos seguido el asunto de cerca y vamos a sacar un artículo a una página en el número de esta semana. ¿Hay alguna novedad?
– Sí -contestó Partridge-, por eso te llamo. Pero de momento es un secreto, así que te agradecería que todo esto sea off the record.
– Bien. -La respuesta era precavida-. Siempre y cuando no tengamos la información.
– Vamos a fiarnos uno de otro, Manuel. Sobre la base de lo que acabas de decir… ¿te parece bien?
– En ese caso, de acuerdo.
– Tenemos varias razones para creer que Ulises Rodríguez está en el ajo.
Se produjo una pausa, y después el periodista peruano dijo bajando la voz:
– Estás hablando de un indeseable, Harry. Por aquí ese nombre es temido y desagradable.
– ¿Por qué temido?
– Es un hombre sospechoso de organizar secuestros, que entra y sale furtivamente de Perú, contratado en Colombia por gente de aquí. Es el método de nuestros elementos revolucionarios y criminales. Como sabes, en los últimos tiempos, en Perú los secuestros están a la orden del día. Los empresarios ricos y sus familias son el blanco favorito. Muchos de nosotros llevamos guardaespaldas y conducimos coches blindados para prevenirlo.
– Lo sabía -dijo Partridge-, pero no había vuelto a acordarme.
Seminario suspiró de forma audible.
– No eres el único, amigo mío. El interés de la prensa occidental por Perú es localizado, por decirlo de modo suave. Y en cuanto a vuestras emisoras de televisión, es como si no existiéramos.
Partridge sabía que su afirmación tenía parte de verdad. No sabía muy bien por qué, pero los norteamericanos se preocupaban bastante menos de Perú que de otras naciones.
– ¿Tienes alguna noticia de si Rodríguez está en Perú, o ha estado ahí recientemente, trabajando para alguien?
– Pues… no.
– Me ha parecido que dudabas un momento.
– No, de Rodríguez no sé nada, Harry. Te lo diría si así fuera.
– ¿Y entonces?
– El llamado frente revolucionario criminal lleva varias semanas extrañamente tranquilo. Apenas ocurre nada, nada significativo.
– ¿Y qué?
– Ya ha sucedido otras veces y creo que el síntoma es inconfundible, aquí en Perú. Cuando las cosas están tan tranquilas suele significar que se está cociendo algo gordo. En general desagradable y de naturaleza inesperada.
La voz de Seminario cambió de ritmo y adoptó un tono profesional.
– Querido Harry, ha sido un placer charlar contigo. Me alegro mucho de que me hayas llamado. Pero Escena no se edita sola y tengo que dejarte. Ven a verme en cuanto puedas y recuerda: almuerzo en La Pizzeria, mantengo la invitación.
Durante el resto del día, Partridge no dejó de recordar sus palabras: Cuando las cosas están tan tranquilas suele significar que se está cociendo algo gordo.
6
Por pura coincidencia, el mismo día que Harry Partridge habló con el editor de Escena se estaba hablando de Perú en una reunión ultra-secreta de la cúpula de los socios mayoritarios de la CBA, Globanic Industries Inc. Se trataba de una reunión semestral de tres días, donde se discutía la «política de la empresa», presidida por el director general del holding, Theodore Elliott. Asistían exclusivamente los presidentes de las nueve empresas de Globanic, todas ellas compañías muy importantes, con sus propias filiales.
En tales reuniones se intercambiaban confidencias y se revelaban planes secretos, algunos de los cuales serían capaces de hundir a sus competidores, los inversores y los mercados del mundo entero. Sin embargo, nunca había orden del día ni actas escritas de las conferencias bianuales a alto nivel. Las medidas de seguridad eran muy estrictas y todos los días, antes de iniciar las sesiones, se registraba con medios electrónicos la sala de juntas en busca de micrófonos.
Fuera de la sala permanecía el personal auxiliar de los altos cargos -media docena aproximadamente de cada compañía- dispuesto a presentar los datos o los informes que pudieran necesitar sus respectivos jefes.
El escenario de esas reuniones rara vez variaba. En esa ocasión, como en casi todas las demás, era el Fordly Cay Club, a las afueras de Nassau, en las Bahamas.
El Fordly Cay, uno de los clubes más selectivos del mundo, cuyas instalaciones incluían un puerto deportivo, un campo de golf, varias pistas de tenis y una playa de arena blanquísima, algunas veces cedía a algunos grupos especiales de financieros o empresarios el uso exclusivo de sus locales sociales. Las convenciones masivas estaban verboten; los congresos de ventas no existían en Fordly Cay.