Era muy difícil ingresar en el club; había una larga lista de espera y los aspirantes debían armarse de paciencia durante mucho tiempo, y a veces en vano. Theodore Elliott era un miembro reciente, aunque había tardado dos años en conseguir su ingreso.
El día anterior, cuando llegaron todos, Elliott había actuado de anfitrión, recibiendo con todos los honores a las esposas de los altos cargos, que sólo asistirían a las actividades sociales como el tenis, el golf o las regatas. La reunión de ese primer día se desarrolló en la biblioteca, una sala acogedora y cómoda, enmoquetada y con butacas de bambú tapizadas de cuero beige. Intercaladas entre las estanterías de libros había unas vitrinas tenuemente iluminadas, con los trofeos de plata del club. Encima de la chimenea -que rara vez se encendía-, un retrato del fundador del club dominaba la pequeña y selecta reunión.
Elliott se había vestido con unos pantalones blancos y una camisa de polo azul celeste, que ostentaba el emblema del club: un escudo cuartelado con una palmera rampante, dos raquetas de tenis angreladas, cruzadas, unos palos de golf y un yate, todo ello sobre las olas del mar. Con aquella indumentaria o sin ella, Theo Elliott tenía buena planta: era alto y delgado, ancho de espaldas, con la mandíbula cuadrada y una buena mata de pelo, ya totalmente blanca. Las canas significaban que, dentro de unos dos años, el director general se retiraría y sería sustituido, casi con absoluta seguridad, por alguno de los asistentes a la reunión.
Debido que algunos de los presidentes de las compañías filiales eran demasiado mayores para ser elegidos, sólo quedaban tres firmes candidatos, y Margot Lloyd-Mason era uno de ellos.
Margot era perfectamente consciente de ello mientras daba su informe sobre el estado de la CBA al principio de la reunión.
Expresándose con precisión, explicó que, desde la adquisición de la emisora de radio y televisión por Globanic Industries, se habían introducido restrictivas medidas económicas, se había recortado el presupuesto y se había prescindido del personal superfluo. En consecuencia, los beneficios del tercer trimestre subirían un veintidós por ciento con respecto al mismo período del año anterior, antes de la intervención de Globanic.
– Es un buen principio -comentó Theodore Elliott-, aunque esperemos que todavía mejore en el futuro.
El resto de la concurrencia intercambió asentimientos de aprobación.
Margot se había vestido cuidadosamente esa mañana, pues no quería parecer demasiado femenina, pero al mismo tiempo tampoco deseaba desperdiciar las ventajas de su sexo. Al principio pensó en ponerse un traje de chaqueta, como solía hacer en su despacho de Stonehenge, pero luego decidió que en esta región subtropical no era lo más apropiado. Al final eligió unos pantalones beige claro de hilo y un suéter de algodón de un suave tono albaricoque. Su atuendo realzaba sus bien proporcionadas formas, como le confirmaron las prolongadas miradas de algunos de sus colegas.
Prosiguiendo su informe, Margot mencionó el reciente secuestro de la familia de Crawford Sloane.
El presidente de International Forest Products, un duro empresario de Oregón llamado DeWitt, exclamó:
– Ha sido una canallada y todos esperamos que cojan a esos tipos. Pero de todos modos, la emisora ha logrado un gran beneficio con ello.
– Tanto beneficio -le informó Margot Lloyd-Mason-, que el índice de audiencia de nuestro boletín nacional Últimas Noticias ha subido del 9,2 al 12,1 en los últimos cinco días, lo cual significa seis millones más de telespectadores, y nos sitúa rotundamente en cabeza. También ha aumentado la audiencia de nuestro concurso diario, que realizan cinco de nuestras emisoras filiales justo después del noticiario. Y lo mismo ocurre en nuestros programas de máxima audiencia, sobre todo el Ben Largo Show de los viernes, que ha pasado del 22,5 al 25,9. Los patrocinadores están encantados, y, en consecuencia, estamos pujando fuerte con la publicidad de la próxima campaña.
– ¿Significa toda esa lista de índices -preguntó alguien- que la gente no cambia de canal?
La cuestión recordó a Margot que, hasta en ese grupo de privilegiados, existía una inherente fascinación por las minucias de la radiodifusión.
– Las emisoras saben por experiencia que cuando los telespectadores ven el espacio de noticias de la noche, lo más probable es que sigan sintonizando ese canal durante los noventa minutos siguientes, y a veces más. Y al mismo tiempo, otros se suman a la audiencia.
– Entonces, no hay mal que por bien no venga, como reza el viejo dicho -añadió el presidente de Forest Products, sonriendo. Margot le devolvió la sonrisa:
– Bueno, como estamos solos, le doy la razón, pero por favor, que no trascienda.
– No trascenderá nada -dijo Theo Elliott-. El motivo de estas sesiones a puerta cerrada es que podamos hablar con sinceridad.
– Hablando de publicidad, Margot…
El californiano Leon Ironwood, de la West World Aviation, era otro de los tres contendientes al puesto de Elliott. La boyante compañía que dirigía Ironwood fabricaba aviones de guerra para el Pentágono.
– …¿cómo está la cuestión de los aparatos de vídeo? ¿Están teniendo buenas ventas?
– Lo tiene el cincuenta por ciento de los hogares -reconoció Margot-, y coincido en que es un problema. La mayor parte de la gente que graba los programas de televisión, pasa rápidamente los anuncios, sin verlos, y, por lo tanto, disminuye el impacto de la publicidad.
– Sí -asintió Ironwood-. Y sobre todo desde que los propietarios de aparatos de vídeo forman un grupo cada vez más amplio de la población. Yo siempre veo así la televisión.
– Y no os olvidéis del botón para anular el sonido. Yo siempre lo uso cuando empiezan los anuncios.
– La verdad es que -dijo Margot- el tema de los vídeos y la anulación del sonido es como una borrasca permanente sobre nuestras cabezas. Por eso las emisoras no acaban de decidirse a investigar sus efectos. Se podían haber realizado análisis exploratorios desde hace bastante tiempo, pero lo malo es que nadie quiere conocer las malas noticias. En esto tenemos un buen aliado: las agencias de publicidad, que temen que esos datos asusten a los anunciantes, privando a las agencias de grandes negocios.
– Supongo -intervino Elliott- que tu planificación económica ha tenido todo eso en cuenta.
– Por supuesto, Theo. De cara al futuro, aceptando que los ingresos por publicidad van a disminuir, estamos buscando nuevas fuentes de financiación. Por eso, la CBA y otras emisoras están invirtiendo en equipos de televisión por cable y lo seguirán haciendo. Las emisoras tienen capital y muy pronto toda la televisión por cable dependerá de las actuales emisoras de radiodifusión. Al mismo tiempo, estamos tanteando la colaboración con las compañías telefónicas.
– ¿La colaboración? -inquirió Ironwood.
– Os lo explicaré. En primer lugar, asumamos el hecho de que la difusión por ondas está llegando al final de su vida útil. Dentro de diez o quince años, el único sitio donde se podrá ver una antigua antena de televisión será el Smithsonian. Para entonces, las estaciones de televisión habrán abandonado sus transmisores convencionales por su escasa rentabilidad.
– ¿Sustituidas por los satélites y la transmisión por cable?
– En parte, pero no del todo.
Margot sonreía. A la vez que hablaba de un tema que dominaba, esperaba estar demostrando sus dotes de previsión y perspicacia.
– El punto siguiente a tener en cuenta -continuó- es que la televisión por cable por sí sola no tiene demasiado futuro en este campo. Para sobrevivir, tendrá que aunar esfuerzos, como nosotros, con las compañías telefónicas cuyas líneas ya están instaladas en todos los hogares.