– En cuanto a esos ministros que has citado… ¿hay alguna garantía de que cumplan su palabra?
– Te contestaré yo -dijo Elliott-. Sí, hemos tomado precauciones. Aunque no creo que haga falta extenderse en más detalles.
Hubo sutiles sonrisas, porque su respuesta insinuaba la utilización de sobornos. En realidad, cuando el acuerdo estuviera firmado y cerrado, los tres ministros tendrían una cuenta a su nombre en un banco suizo, con un depósito de un millón y medio de dólares en cada una. También tendrían libre acceso, cuando quisieran, a lujosos condominios en Londres, París y Ginebra, con beneficios complementarios. Las multinacionales como Globanic Industries solían efectuar esa clase de arreglos para sus amigos políticos.
– Fossie -intervino Margot-, cuéntanos cómo está Perú. Últimamente ha aumentado la actividad revolucionaria, no sólo en las zonas habituales de los Andes, sino en Lima y en otras ciudades importantes. ¿Serán factibles los centros turísticos en esas circunstancias?
Sabía que se estaba aventurando por una cuerda floja. Por un lado, a causa de su situación de competencia, no podía permitir que Fossie Xenos saliera tan airoso de su presentación; y además, si luego surgía algún problema en torno al proyecto, quería que se recordasen sus objeciones. Y por otra parte, si Margot conseguía la presidencia de Globanic, necesitaría la amistad de Fossie y su impresionante contribución a los beneficios del holding. Sin perder eso de vista, intentó hacer preguntas racionales y concisas.
Si Fossie intuyó su maniobra, no lo demostró, y le contestó entusiasmado:
– Según mis informes, las perspectivas revolucionarias son a corto plazo, pero al final del trayecto Perú sobrevivirá, con una democracia sólida y respetuosa de la legalidad, que favorecerá la expansión del turismo. Existe una larga tradición democrática en el país.
Margot no añadió nada más, pero advirtió que Fossie había exhibido una debilidad que ella podría explotar en el futuro. Había observado el mismo detalle en otras personas, sobre todo en contratos inmobiliarios, cuyos objetivos deslumbrantes podían empañar la claridad de los juicios. Los psicólogos lo llaman suspensión de la realidad y, tal y como lo veía Margot, cualquiera que creyera que la insurrección armada de Perú estaba a punto de concluir, estaba cayendo en ese error.
Por supuesto, pensó, podían construir los centros turísticos, y tenerlos protegidos; al fin y al cabo, en el mundo había un número cada vez mayor de lugares de recreo con el peligro a la vuelta de la esquina. Pero en el caso de Perú, haría falta mucho tiempo y mucho desembolso para conseguir rentabilidad.
Theo Elliott no compartía, evidentemente, las dudas de Margot.
– Si no hay más preguntas -declaró-, os voy a decir una cosa: conozco desde hace bastante tiempo los planes que os acaba de comunicar Fossie. Os los hemos revelado ahora por dos razones. Primera: sé que todos vosotros sabéis guardar un secreto, y éste en concreto nos beneficiará a todos. Segunda: no quiero que se deterioren nuestras delicadas relaciones con el gobierno peruano, porque ello podría afectar a uno de los mayores negocios de este siglo. -Elliott se levantó-: Bueno, pues si ya está todo aclarado, vámonos a almorzar.
7
Jessica tardó varios minutos en aceptar la posibilidad de que lo que le había dicho Nicky -que estaban realmente en Perú- fuera concebiblemente cierto.
¡Era imposible! ¡No habían tenido tiempo!
Pero gradualmente fue descartando sus primeras suposiciones, recuperó parte de la memoria y la probabilidad le pareció mayor. Reflexionó que sí, que efectivamente cabía la posibilidad de que Nicky, Angus y ella hubieran estado inconscientes mucho más tiempo de lo que ella creía, incluso cuando pensaba que se hallaban en un estado del sur.
Aunque, si aquello era Perú, ¿cómo habían llegado allí? No debía de ser tan fácil sacar a tres personas inconscientes.
Y de repente, ¡un destello de memoria! Una imagen clara y nítida, totalmente olvidada hasta ese preciso instante.
Durante aquel breve episodio, cuando había forcejeado y había logrado agredir a Caracortada, en aquellos momentos de desesperación, había visto dos ataúdes vacíos, uno más grande que otro. Aquella visión horripilante le había hecho creer que Nicky y ella estaban a punto de ser asesinados.
Pero entonces, con un estremecimiento, Jessica asumió que les habían trasladado encerrados dentro de aquellos ataúdes… ¡como si estuvieran muertos! La idea era tan espantosa que no quiso pensar en ella. En cambio, se obligó a ocuparse del presente, por más doloroso y lamentable que fuese.
Jessica, Nicky y Angus seguían caminando a trompicones, con las manos atadas a la espalda, por el estrecho sendero que zigzagueaba entre la densa vegetación y los árboles. Les precedían unos cuantos hombres armados y otros les seguían. Al menor signo de aminorar la marcha, los de detrás gritaban:
– ¡Ándale! ¡Apúrense!* -empujándoles con sus fusiles para darles prisa.
Y hacía calor. Un calor increíble. Todos sudaban a mares.
Jessica se preocupaba por los otros dos. Ella padecía un intenso dolor de cabeza, náuseas y el acoso de una miríada de insectos zumbones que era incapaz de repeler. ¿Cuánto duraría todo aquello? Nicky les había dicho que se dirigían a un río. Seguramente no tardarían en llegar.
Sí, decidió Jessica, el confidente de Nicky decía la verdad. Aquello era Perú. Al comprender lo lejos que se hallaban de casa, y lo remotas que eran las posibilidades de que les rescataran, tuvo ganas de echarse a llorar.
El suelo que pisaban se volvió fangoso, dificultando cada vez más el avance. De pronto, Jessica oyó un grito a su espalda, una conmoción y un ruido sordo. Al volverse, vio que Angus se había caído. Tenía la cara metida en el barro.
El anciano intentó resueltamente levantarse, pero las manos atadas no se lo permitieron. Los pistoleros que le seguían soltaron una carcajada. Uno de ellos le apuntó con su fusil, dispuesto a clavárselo en las costillas.
– ¡No, no, no! -gritó Jessica.
Su exclamación desconcertó momentáneamente al hombre y, antes de que éste reaccionara, Jessica corrió junto a Angus y se tiró de rodillas a su lado. Consiguió mantener la posición vertical aunque, con las manos atadas, no podía ayudarle a levantarse. El pistolero se dirigió furioso hacia ella, pero le detuvo la voz de Miguel. Procedente de la cabeza de la columna, Miguel apareció, seguido de Socorro y Baudelio.
Antes de que nadie abriera la boca, Jessica levantó la voz, temblorosa de emoción:
– Sí, somos vuestros prisioneros. No sabemos por qué, pero sabemos que no podemos escaparnos. Y vosotros también lo sabéis. Entonces, ¿por qué nos lleváis atados? Necesitamos las manos para no caernos. ¡Mirad lo que ha pasado! Por favor, por favor, tened un poco de compasión. ¡Os lo suplico, desatadnos las manos!
Por primera vez, Miguel vaciló, en especial cuando Socorro le susurró algo al oído:
– Si uno de ellos se rompe un brazo o una pierna, o se hace una herida, puede coger una infección, y en Nueva Esperanza no tenemos medios para curarles.
– Tiene razón -dijo Baudelio.
Miguel, con una mueca de impaciencia, dio una orden en español. Uno de los pistoleros -el hombre que había socorrido a Nicky en el camión- se adelantó. Sacó una navaja de una funda que llevaba al cinto y se acercó a Jessica. Ella notó cómo se le aflojaban las ataduras de las muñecas y luego se le caían. Nicky fue el siguiente. Angus se incorporó mientras le segaban las suyas, y luego Jessica y Nicky le ayudaron a ponerse en pie.
Entre nuevas voces y órdenes, volvieron a ponerse en marcha.
En los últimos minutos, Jessica había averiguado varias cosas. Primera, su destino era Nueva Esperanza, aunque ese nombre no le decía nada. Segunda, el hombre que había hablado con Nicky se llamaba Vicente: había oído cómo le llamaban mientras les cortaba las cuerdas. Tercera, la mujer que había intercedido por ellos, la que había abofeteado a Jessica en la choza, tenía ciertos conocimientos médicos. Y Caracortada también. Posiblemente, uno de los dos era médico, o tal vez los dos.