Tomó nota mental de todo, pensando instintivamente que cualquier información podía resultarle útil más adelante.
Poco después, al doblar una curva del sendero, apareció ante ellos un río.
Miguel recordó haber leído en sus primeros tiempos de nihilista que un terrorista que se preciara debía despojarse de sus sentimientos humanos convencionales para lograr sus fines infundiendo terror a quienes se oponían a sus deseos y su voluntad. El mismo sentimiento de odio, aun conveniente para infundir pasión psíquica a los terroristas, en exceso podía ser una desventaja que enturbiara su buen criterio.
En su carrera terrorista, Miguel había seguido escrupulosamente esos dictados, añadiéndoles uno más: la acción y el peligro eran estimulantes para los terroristas. Él los necesitaba como un adicto necesita la droga.
Y ésa era la razón de su desencanto respecto a lo que se les avecinaba.
Durante cuatro meses, desde su viaje a Londres y la adquisición del pasaporte que utilizó para penetrar en los Estados Unidos, le había alimentado una sensación permanente de peligro, la necesidad a vida o muerte de una planificación exquisita; más recientemente, el dulce sabor del éxito, y siempre, una vigilancia constante para asegurarse la supervivencia.
Pero allí, en aquel remoto rincón de la jungla peruana, los peligros eran menores. Aunque siempre existía la posibilidad de que aparecieran las fuerzas gubernamentales, que disparaban antes de preguntar, la mayor parte de las demás presiones eran reducidísimas o inexistentes. Pero Miguel se había comprometido a quedarse allí -o por lo menos en Nueva Esperanza, el pueblecito adonde se dirigían- durante un tiempo no especificado, ya que así lo había exigido Sendero Luminoso en su trato con el cártel de Medellín. ¿Por qué razón? Miguel la desconocía.
Tampoco sabía muy bien para qué habían cogido a aquellos rehenes, ni lo que sucedería ahora que ya los tenían. Sabía que debían vigilarles de cerca, lo cual sería probablemente el objeto de su permanencia, por su reputación de fiabilidad. En cuanto a todo lo demás, se suponía que estaba presumiblemente en manos de Abimael Guzmán -a quien Miguel consideraba un chiflado lunático-, el fundador de Sendero Luminoso, que se creía un inmaculado maoísta. En el supuesto de que Guzmán estuviera vivo. Los rumores acerca de su vida o su muerte corrían con la persistencia -y la inconstancia- de la lluvia en la selva.
Miguel odiaba la selva. Odiaba aquella humedad corrupta, la descomposición y el moho… la sensación de confinamiento, como si la maleza impenetrable, que crecía a increíble velocidad, se cerrara sobre él, el permanente zumbido de los insectos que hacía anhelar unos minutos de silencio y descanso, la repugnante legión de serpientes, silenciosas y resbaladizas. Y la selva inmensa, con una superficie que dobla la de California, representa las tres quintas partes de Perú, aunque sólo alberga al cinco por ciento de su población.
A los peruanos les gusta decir que hay tres Perúes: la bullente región costera, con quinientos kilómetros de ciudades, comercio y playas; la parte meridional de la cordillera de los Andes, con sus magníficas cumbres que rivalizan con el Himalaya, la zona que perpetúa la civilización incaica; y, por último, la selva amazónica india, salvaje y tribal. Bueno, Miguel estaba dispuesto a aceptar, a disfrutar incluso, de las otras dos. Y nada conseguiría quitarle su aversión por la tercera. La jungla era asquerosa*.
Sus pensamientos volvieron a Sendero Luminoso y su revolución. El nombre procedía de la obra de un filósofo marxista peruano, José Carlos Mariátegui. En 1980, Abimael Guzmán tomó ese camino, autodenominándose al poco tiempo «la cuarta espada de la revolución mundial» -sus predecesores eran, según él, Marx, Lenin y Mao Tsé-tung-. Todos los demás revolucionarios palidecían al lado de Guzmán, incluidos los soviets sucesores de Lenin y la Cuba de Castro.
Las guerrillas de Sendero Luminoso creían que derrocarían el gobierno institucional y se harían cargo del país entero. Pero no en seguida. El movimiento afirmaba medir el tiempo en décadas en lugar de años. No obstante, Sendero Luminoso era ya muy fuerte, estaba muy extendido, su poder era cada vez mayor, sus líderes más numerosos, y Miguel esperaba llegar a ver el derrocamiento con sus propios ojos. Pero no desde aquella odiosa selva.
De momento, Miguel estaba a la espera de instrucciones sobre sus prisioneros, instrucciones que probablemente procederían de Ayacucho, la histórica ciudad del altiplano andino donde Sendero ejercía un control casi absoluto. A Miguel no le importaba quién le daba las órdenes siempre que hubiera alguna actividad cuanto antes.
Pero por el momento tenía delante el río Huallaga, un tajo abierto en el agobiante paisaje de la selva. Se detuvo a contemplarlo.
Ancho, de un turbio color anaranjado por el légamo andino, el Huallaga discurría inexorablemente hacia su confluencia con el río Marañón, a ciento cincuenta kilómetros de distancia, que poco más abajo desembocaba en el gigantesco Amazonas. Siglos atrás, los exploradores portugueses bautizaron la cuenca del Amazonas O Rio Mar.
Al aproximarse, Miguel advirtió dos lanchas de madera, de unos diez metros de eslora, con sendos motores fuera borda, amarradas a la orilla. Gustavo, el jefe del pequeño grupo que les había recibido en la pista de aterrizaje, estaba dando órdenes para que cargaran los bultos que traían los recién llegados. También distribuyó a los pasajeros de cada barca; los prisioneros embarcarían en la primera. Miguel observó con aprobación que Gustavo ordenaba apostar dos guardias armados mientras procedían a la carga, como precaución contra la súbita aparición de las fuerzas gubernamentales.
Satisfecho con lo que veía, Miguel no consideró oportuno intervenir. Ya recuperaría el mando en Nueva Esperanza.
Para Jessica, el río incrementó la sensación de aislamiento que sentía. Le pareció la puerta a un mundo desconocido, desconectado del que dejaban atrás. Empujados por los cañones, Nicky, Angus y ella se metieron en el agua hasta las rodillas para embarcar en una de las lanchas; una vez allí, les ordenaron que se sentaran en el húmedo fondo de la barca, una superficie plana formada por unas tablas longitudinales de proa a popa, por encima de la quilla. Si lo preferían, podían apoyar la espalda contra el borde de una tabla transversal, pero ambas posturas eran incomodísimas y no las aguantarían durante mucho tiempo.
Entonces Jessica se dio cuenta de que Nicky estaba muy pálido y empezaba a tener arcadas, aunque no vomitó más que babas. Jessica se le acercó para sujetarle, buscando desesperadamente ayuda.
En seguida vio a Caracortada, que estaba junto al bote, en el agua. Antes de que Jessica tuviera ocasión de decir nada, apareció la mujer y Caracortada le ordenó:
– Dales más agua. Al niño primero.
Socorro llenó una taza de estaño de agua y se la tendió a Nicholas, que bebió con avidez; el agua calmó sus espasmos.
– Tengo hambre -dijo en voz baja.
– Aquí no tenemos comida -dijo Baudelio-. Tendrás que esperar.
– Algo tiene que haber -protestó Jessica.
Él no le contestó, pero la forma en que había dado la orden acerca del agua le había delatado y Jessica le reprochó:
– ¡Es usted médico!
– Eso no es asunto suyo.
– Y además, americano -añadió Angus-. No hay más que oírle.
El agua parecía haber reanimado a Angus, que se volvió hacia Baudelio:
– Es cierto, ¿no? Traidor, ¿no te da vergüenza?
Baudelio dio media vuelta y se fue a la otra barca.