Выбрать главу

– Por favor, tengo mucha hambre -repitió Nicky-. Mamá, tengo miedo.

Jessica le abrazó.

– Yo también, cariño -reconoció.

Socorro, que había oído la conversación, pareció dudar un momento. Luego sacó de su mochila una tableta grande de chocolate Cadburys. Sin decir palabra, rasgó el papel, partió media docena de onzas y las repartió entre los prisioneros. Angus, que era el último, sacudió la cabeza, diciendo:

– Las mías, dáselas al niño.

Socorro cloqueó fastidiada y después, impulsivamente, tiró toda la tableta de chocolate al fondo de la barca, que cayó a los pies de Jessica. Al momento, Socorro se dirigió al otro bote, donde embarcó.

Varios de los hombres armados que iban en el camión y les acompañaron por el sendero de la selva embarcaron con los prisioneros, y las dos barcas iniciaron la travesía. Jessica advirtió que los hombres que les estaban esperando en el embarcadero también iban armados. Hasta los que llevaban el timón, sentados delante de los motores fuera borda, tenían un fusil atravesado sobre las piernas y parecían dispuestos a utilizarlos. Las posibilidades de escapar, suponiendo que tuvieran adónde ir, parecían nulas.

Mientras las dos barcas ponían rumbo río arriba, contra la corriente, Socorro se reprochó su gesto. Esperaba que nadie la hubiera visto, porque dar a los prisioneros aquel chocolate, imposible de obtener en Perú, había sido un signo de debilidad, de estúpida compasión; un sentimiento despreciable para un revolucionario.

El problema era que tenía momentos de vacilación, una lucha psicológica.

Hacía menos de una semana, Socorro se había aleccionado sobre la necesidad de prevenir las emociones banales. Fue la noche siguiente al secuestro, mientras la mujer, el niño y el abuelo estaban inconscientes, en la habitación del segundo piso de la casa de Hackensack. En aquel momento, Socorro hacía todo lo posible por odiar a sus cautivos -escoria burguesa, les había etiquetado mentalmente-. Y seguía haciéndolo. Pero en aquella ocasión había tenido que obligarse a odiarlos y aun entonces, pensó desconsolada, le seguía pasando lo mismo.

Esa mañana, en la choza, cuando la mujer le había hecho una pregunta después de que Miguel les hubiera ordenado silencio, Socorro la había abofeteado muy fuerte, a propósito, haciéndola tambalearse. En ese momento, creyendo que Miguel la estaba observando, Socorro sólo había intentado respaldarlo. Pero poco después se sintió avergonzada de lo que había hecho. ¡Avergonzada! No debía sentirse así.

Socorro se dijo que debía empeñarse en borrar de una vez por todas el recuerdo de las cosas que había apreciado: corrección: algo que, engañada, había acabado por valorar durante sus tres años de estancia en los Estados Unidos. Debía odiar, odiar, odiar esa nación. Y a sus prisioneros también.

Poco después, mientras el río y sus orillas verdísimas iban desfilando, se quedó adormilada. A las tres horas, las barcas aminoraron su marcha, dejaron el río y tomaron por un afluente, cuyos márgenes se estrechaban y se cerraban sobre sus cabezas a medida que avanzaban. Socorro supuso que se estaban acercando a Nueva Esperanza. Una vez allí, se dijo, fortalecería y reavivaría su fervor radical.

Baudelio, calculando que la barca de delante se dirigía hacia un valle paralelo al río Huallaga, comprendió que el viaje estaba llegando a su fin, y se alegró. También estaba a punto de concluir su participación en el proyecto, y esperaba llegar muy pronto a Lima. Era lo que se había pactado, en cuanto entregara a los cautivos en buen estado de salud.

Bueno, pues estaban sanos, aun en aquel calor húmedo espantoso.

Como si su pensamiento sobre la humedad hubiera atraído al agua, el cielo se oscureció de repente y se desplomó en una cortina de lluvia, encharcándolo todo. Algo más adelante se divisaba un embarcadero, con otros botes amarrados y algunos más varados en la orilla. Tardaron todavía unos minutos en llegar, y tanto los cautivos como sus apresadores no tuvieron más remedio que continuar sentados mojándose.

Baudelio era indiferente a la lluvia, como le resultaba indiferente casi todo lo que encontraba en su camino, como el insulto que le habían dirigido el prisionero viejo o la mujer. Hacía mucho tiempo que no le importaban esas cosas y cualquier sentimiento humano que pudiera tener respecto a sus pacientes se había extinguido desde hacía muchos años.

Lo que más deseaba en ese momento era una copa… bueno, de hecho, varias; en realidad, necesitaba emborracharse lo antes posible. Aunque había estado tomando las tabletas de Antabuse, que le hubieran puesto malísimo en caso de ingerir alcohol -Miguel seguía insistiendo en que el ex médico, alcohólico, se tragara su pastilla en su presencia todos los días-, Baudelio pensaba dejar de tomarlas en cuanto se separara de Miguel, y le parecía que nunca llegaría ese anhelado momento.

Otra de las cosas que necesitaba Baudelio era su mujer, que estaba en Lima. Sabía que era una mujerzuela, que había sido prostituta y era una alcohólica como él, pero en la pocilga de su miserable hundimiento, ella era todo lo que tenía y la echaba de menos. Su vacía soledad le había impulsado, hacía una semana, a utilizar furtivamente uno de los teléfonos portátiles para llamar a su mujer desde la casa de Hackensack. Después de telefonearla contraviniendo las órdenes de Miguel, Baudelio se había preocupado muchísimo, temiendo que Miguel se enterara. Pero, al parecer, su llamada había pasado inadvertida, lo cual era un alivio. ¡Oh, cuánto necesitaba esa copa…!

El chocolate, a pesar de no ser un sustituto demasiado duradero para una buena comida, había hecho su efecto.

Jessica no quiso entretenerse demasiado preguntándose por qué la mujer de la cara agria les había arrojado tan impetuosamente la tableta de chocolate, aparte de advertir que era una persona de humor impredecible. Jessica guardó el chocolate en el bolsillo para que no lo vieran los guardas que iban a bordo.

Mientras subieron por el río, Jessica fue dando la mayor parte del chocolate a Nicky, aunque ella también comió un poco e insistió en que Angus lo compartiera con ellos. Les señaló en un susurro que era importante reservar las fuerzas, que estaban disminuyendo claramente después del trayecto en la caja del camión, la marcha agotadora por la selva y las horas que llevaban en la barca.

En cuanto al tiempo que habían pasado inconscientes, Jessica se dio cuenta de que podían medirlo por la barba de Angus. No lo había advertido hasta entonces y le sorprendió la longitud de los pelos grises de la mandíbula de Angus. Cuando ella se lo comentó, Angus se pasó la mano por la cara y calculó que llevaba cuatro o cinco días sin afeitarse.

Tal vez aquello no tuviera importancia en aquel momento, pero Jessica seguía recabando toda la información que podía, razón por la cual procuró permanecer alerta durante toda la travesía.

No había mucho que ver, excepto los apretados árboles y la densa vegetación de las dos orillas, y el sinuoso trazado del río. Varias veces vio unas canoas a lo lejos, pero no llegaron a acercarse a ellas.

A lo largo de todo el viaje, Jessica padeció continuos picores. En la choza, cuando recobró el conocimiento, había advertido que le corrían unos insectos por el cuerpo. Comprendió que tenía pulgas y que la estaban picando sin parar. Pero, a menos que se desnudara, no podría desembarazarse de ellas. Esperó que, dondequiera que los llevaran, hubiera agua suficiente para bañarse y quitárselas.

Como todos los demás, Jessica, Nicky y Angus se quedaron empapados con el diluvio que les cayó encima poco antes de desembarcar en Nueva Esperanza. Pero mientras llegaban a un tosco embarcadero de troncos, la lluvia cesó tan repentinamente como había empezado y en ese mismo momento se les cayó el alma a los pies cuando vieron el horrendo lugar al que se dirigían.