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– Ahí… Ésa es la columna que te interesará, me imagino, y una traducción de Jonathan.

Partridge echó un vistazo al periódico y luego leyó la traducción, mecanografiada en un folio.

Nadie se creería, la verdad, que hay quien sale a comprar ataúdes como usted o yo podemos comprar queso en la tienda de la esquina. Y sin embargo, así es. Y si no, que se lo pregunten a Alberto Godoy, propietario de una casa de pompas fúnebres.

Al parecer, se presentó un hombre de la calle y le compró dos ataúdes como si tal cosa: uno mediano y otro pequeño. Dijo que eran para sus padres, el más pequeño para su mamá. Qué os parece… ¡menuda indirecta para sus pobres padres! «Vamos, rápido, papá, mamá, se acabó lo que se daba…»

Y no se vayan, que hay más. La semana pasada, es decir seis semanas después, vuelve el mismo tío, pidiéndole otro ataúd como los otros dos, de tamaño mediano. Se lo lleva puesto y lo paga al contado, igual que los anteriores. Esta vez no explicó para quién era. Me pregunto si su mujer le habrá puesto los cuernos.

Les diré quién está encantado: Alberto Godoy. Dice que no tiene inconveniente en seguir atendiendo negocios de esa clase.

– Una cosa más, Harry -dijo Cooper-. Hace unos minutos hemos telefoneado a la redacción de Semana. Hemos tenido suerte. El autor de la columna estaba allí.

– Me ha dicho -prosiguió Mony- que la escribió el viernes de hace dos semanas. Acababa de ver a Godoy en un bar y éste había vendido el tercer ataúd ese mismo día.

– Y eso -dijo Cooper- era justo al día siguiente del secuestro.

– Un momento -dijo Partridge-. No digáis nada más. Dejadme pensar.

Mientras los otros guardaban silencio, reflexionó.

Tranquilo, se dijo, no eches las campanas al vuelo. Pero la coincidencia era inconfundible: primero, dos ataúdes, comprados seis semanas antes del secuestro, poco antes de los treinta días -según habían calculado los miembros del equipo especial- de vigilancia de la familia Sloane, y dentro del plazo máximo de tres meses para el conjunto de la operación. Segundo, el tamaño de esos ataúdes: uno mediano y el otro pequeño; este último, al parecer, para una anciana, pero que también podía servir para un niño de once años.

Tercero, el tercer ataúd, según el artículo, de tamaño mediano. Hecho establecido: Angus Sloane, el padre de Crawf, se había presentado en casa de sus hijos casi sin avisar, después de telefonearles el día anterior. Por lo tanto, si la familia no le esperaba, los secuestradores tampoco. Luego le habían capturado y se lo habían llevado con Jessica y el niño. Y entonces tenían tres prisioneros en vez de dos.

Preguntas: ¿Tenían ya dos ataúdes los secuestradores? ¿Les había obligado a comprar otro la presencia del anciano? ¿Estaba destinado a él el ataúd suplementario comprado en las pompas fúnebres de Godoy al día siguiente del secuestro?

¿O era todo aquello una increíble coincidencia? Podía ser. O no.

Partridge levantó la vista hacia los otros dos, que le estaban mirando con mucha atención.

– El asunto plantea ciertos interrogantes, ¿no? -dijo Cooper.

– ¿Tú crees que…?

– Creo que tal vez hayamos descubierto cómo han sacado del país a la señora Sloane y compañía.

– ¿Metidos en un ataúd? ¿Crees que los han matado?

– Drogado -señaló Cooper, negando con la cabeza-. Se ha hecho otras veces.

Su afirmación confirmó los pensamientos de Partridge.

– ¿Qué hacemos ahora, señor Partridge? -preguntó Mony.

– En cuanto podamos, entrevistar a ese empresario de pompas fúnebres… -Partridge cogió el folio con la traducción del artículo, al que habían añadido la dirección del interesado-, ese Godoy. Lo haré personalmente.

– Me gustaría acompañarle.

– Creo que se lo ha ganado, Harry -le apremió Cooper.

– Yo también. -Partridge sonrió a Mony-. Buen trabajo, Jonathan.

El joven investigador estaba resplandeciente.

Partridge decidió que irían inmediatamente, con un cámara.

– Teddy, me parece que Minh Van Canh está en la sala de juntas. Dile que coja su equipo y nos acompañe.

En cuanto salió Cooper, Partridge descolgó el teléfono y pidió un coche de la compañía.

Al salir, Partridge y Mony pasaron por la sala de redacción, donde coincidieron con Don Kettering, el comentarista de temas económicos. Cuando llegó la noticia del secuestro de los Sloane, Kettering había dado el boletín especial desde el estudio de avances.

– ¿Alguna novedad, Harry? -le preguntó.

Impecable mente vestido con un traje marrón, el fino bigote bien arreglado, Kettering, como siempre, parecía un próspero hombre de negocios.

Partridge estuvo a punto de soltarle una evasiva para no perder tiempo, pero luego recapacitó. Respetaba a Kettering, no sólo como especialista, sino como periodista de primera clase. Con su experiencia, cabía la posibilidad de que Kettering se encontrara más en su salsa que Partridge con el asunto que iban a tratar.

– Ha surgido algo, Don. ¿Qué estabas haciendo?

– Poca cosa. Wall Street está muy tranquilo hoy. ¿Quieres ayuda?

– Tal vez. Vente con nosotros. Te lo explicaré por el camino.

– Deja que lo comunique a la Herradura -le dijo Kettering, cogiendo el teléfono de la mesa más próxima-, ahora mismo voy.

Un Jeep Wagoneer de la CBA se detuvo ante la entrada principal de la emisora un minuto después de que Partridge, Mony y Minh Van Canh salieran a la calle. El cámara subió por la parte trasera con el equipo, asistido por Mony. Partridge se sentó delante, al lado del conductor. Cuando estaba cerrando la portezuela apareció Don Kettering, que se fue a la parte de atrás.

– Vamos a Queens -instruyó Partridge al chófer.

Había cogido el número de Semana y la traducción de Mony, y le leyó la dirección de la empresa de pompas fúnebres.

El automóvil giró en redondo y puso rumbo hacia el este, hacia el puente Queensboro.

– Don -dijo Partridge, volviéndose en su asiento-, mira lo que hemos descubierto. Nos preguntamos si…

Veinte minutos más tarde, en el apestoso y desordenado despachito de Alberto Godoy, Harry Partridge, Don Kettering y Jonathan Mony observaban al obeso y calvo empresario de pompas fúnebres al otro lado de su mesa. El trío había penetrado en la oficina haciendo caso omiso de las preguntas de la recepcionista.

Siguiendo las órdenes de Partridge, Minh Van Canh se había quedado fuera, en el Jeep. Si necesitaban imágenes, ya le llamarían más tarde. Mientras, Van Canh estaba filmando discretamente el edificio de la oficina de Godoy desde el interior del automóvil.

Con su habitual cigarrillo entre los labios, el enterrador observaba con suspicacia a sus visitantes. Ellos, por su parte, ya habían advertido la sordidez del establecimiento, los rasgos abotargados de Godoy que sugerían su adicción al alcohol y las manchas de comida en su chaqueta negra y sus pantalones de rayas grises. Aquél era un establecimiento de tres al cuarto y probablemente funcionaría con pocos escrúpulos.

– Señor Godoy -dijo Partridge-, como ya he dicho a la señorita, somos todos de la CBA-News.

Godoy adquirió una expresión de interés.

– ¿No le he visto yo en la tele? ¿Hablando desde la Casa Blanca?

– Ése es John Cochran. A veces, la gente nos confunde. No, él trabaja en la NBC. Yo soy Harry Partridge.

Godoy se dio una palmada en la rodilla:

– Usted es el que habla del secuestro.

– Sí, y por eso hemos venido a verle. ¿Podemos sentarnos?

Godoy señaló las sillas. Partridge y sus acompañantes se sentaron frente a él.